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26 SEPTIEMBRE 2020
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Incomprensible

L.M. | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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Este martes hemos escuchado el testimonio de Ana Julia Quezada, la presunta asesina del niño Gabriel Cruz, el pescaíto. Quezada ha declarado en el juicio de la Audiencia Provincial de Almería. En su relato la acusada ha reconocido que mató al pescaíto, pero que se ve inocente. Con su testimonio Quezada ha querido convencer al jurado de que la muerte del niño no fue premeditada sino accidental. Quezada ha reconocido que el niño era muy educado pero ha contado que le llamó negra fea. Después de eso le tapó la boca y que no recuerda más. El pescaíto habría muerto asfixiado como consecuencia del arrebato de Quezada.

Este testimonio contrasta con el relato de los abogados de los padres de Gabriel que sostuvieron que el niño agonizó entre 45 y 90 minutos. ¿Cuál es más creíble, la versión de Quezada o la de los abogados de los padres? Al final un juicio así es un caso práctico de conocimiento indirecto. Hay muchas cosas que no conocemos de forma directa, hay muchas personas que no han estado en América, pero que creen que existe América porque se fían de testigos fiables que dicen que América existe. ¿Es fiable la declaración de Quezada? El fiscal dio un golpe severo a la fiabilidad que le pudiera quedar porque le ha preguntado si había insultado a Patricia, la madre del pescaíto. Quezada lo ha negado y el fiscal, a continuación, ha hecho que se escuchara una grabación en la que se podía escuchar a Quezada insultando a Patricia.

“Yo nunca le haría daño a un niño”, dijo Quezada. Esto es lo que nos estremece de este juicio. Estamos ante el incomprensible sufrimiento de un inocente al que se le ha arrebatado la vida. El sufrimiento de los inocentes nos deja sin aliento, ¿Por qué alguien puede causar conscientemente dolor a un inocente? Conoceremos el veredicto y la sentencia. Quezada cumplirá condena y seguiremos haciéndonos la misma pregunta. Nos explicarán que el niño le estorbaba y quizás nos expliquen que lo hizo por dinero. Pero seguirán siendo respuestas insuficientes. El mal voluntariamente causado a un inocente es como un vértice, como un enigma irresoluble que desafía nuestra razón. No hay respuesta. No es un mal banal, causado porque se ha ejercido en un sistema totalitario. No es la enfermedad, no es la debilidad, no es el descuido, es la voluntad firme y decidida de hacer daño. Los actos de Quezada desafían nuestra inocencia de creer poder explicarlo todo teniendo en cuenta las causas antecedentes. Aquí hay algo sombríamente más grande y más perverso que todos los análisis.  

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