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17 OCTUBRE 2019
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Formar cabezas, no gendarmes

Michele Brignone | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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Sucedió después de 2001, y volvió a suceder después de 2014. En cada oleada de terrorismo islamista, las instituciones educativas islámicas acaban bajo los focos de los medios de comunicación, citadas como terreno de cultivo del fundamentalismo o identificadas como su antídoto más eficaz. En tiempos de los talibanes y de Al Qaeda le tocó sobre todo a las madrasas paquistanís y a los manuales utilizados en las escuelas saudís. Algunos estudios sugirieron más tarde que, aunque ciertamente la educación impartida en las aulas escolares influye en la forma mentis de las generaciones jóvenes, la asociación entre libros de texto y radicalización corre el riesgo de ser demasiado expeditiva. Este vínculo es aún más discutible en la época del Isis, donde resulta determinante el papel que juegan en su ascenso las redes sociales, internet y los reclutadores digitales.

Sin embargo, en los últimos años tampoco han faltado los debates sobre la responsabilidad de los centros de enseñanza. El más significativo tuvo lugar en Egipto, donde la mezquita-universidad de Al-Azhar fue acusada de difundir a través de los manuales utilizados en sus institutos el germen del extremismo. Los líderes de la mezquita prepararon entonces un programa de revisión de los libros de texto acusados, de los que se eliminaron ciertos párrafos, como los relativos a la esclavitud, la yihad o el estatuto discriminatorio previsto para los no musulmanes, los más problemáticos para la sensibilidad moderna y sobre todo más en sintonía con la ideología y acciones de las organizaciones yihadistas.

Si Al-Azhar encarna, con su existencia milenaria, esa tradición islámica que el yihadismo ha contribuido a sentar en el banco de los acusados, el Instituto Mohammed VI para la formación de imanes en Rabat se creó específicamente para contrarrestar las lecturas extremistas del islam. El proyecto se remonta al año 2005, cuando para responder a los atentados terroristas de Casablanca la monarquía marroquí puso en marcha una profunda reforma de las estructuras religiosas del país, pero en 2015 se transformó en una institución estable, convertida en la flor en el ojal de un Estado que quiere presentarse como modelo de moderación y estabilidad.

En cambio, una lectura de los planes de estudio y de los manuales utilizados en ellos muestra también los límites y sobre todo la dimensión política de la iniciativa, que pretende integrar a los imanes en una burocracia religiosa al servicio de los objetivos del Estado y utiliza el islam como instrumento de soft power para incrementar su proyección internacional, y especialmente la africana, en Marruecos. También en el caso egipcio es lícito preguntarse hasta qué punto la polémica en torno a Al-Azhar está justificada efectivamente por la responsabilidad de la mezquita y qué parte responde más bien al deseo de poder poner bajo presión a las instituciones religiosas para limitar su autonomía. No es ninguna novedad. En sistemas políticos que integran la religión en el seno de sus estructuras, es normal que se utilice el islam para perseguir determinados intereses o vehicular ciertos mensajes. Es el caso de Jordania que, como Marruecos, está buscando un equilibrio entre fidelidad a sus raíces y apertura a la modernidad. Los manuales de enseñanza religiosa utilizados en las escuelas de este país muestran, de hecho, una tensión sin resolver entre una condena neta de las interpretaciones terroristas del islam y la insistencia en métodos que favorecen un aprendizaje acrítico e ideas que corren el riesgo de revelarse muy insidiosas.

Pero la cuestión educativa no se puede reducir a la prevención del extremismo ni a las medidas adoptadas por los Estados en esta dirección. En una religión que, como el islam, se funda en la centralidad del “saber”, la transmisión de este último es una cuestión de muy amplio alcance. De hecho, según un dicho falsamente atribuido a Mahoma pero muy citado por los musulmanes, el conocimiento se debe buscar durante todo el curso de la vida, “de la cuna a la tumba”. Por otra parte, no hay que olvidar que si hoy lo que parece que está en juego en la educación islámica resulta ser la inmunización de los jóvenes ante el virus del yihadismo, la reforma de las instituciones educativas se ha convertido en leitmotiv de la historia moderna y contemporánea de los países musulmanes.

Las controversias sobre la enseñanza impartida en Al-Azhar, por ejemplo, no nacen ahora sino hace 150 años. Y los debates sobre la reestructuración del principal centro de enseñanza religiosa marroquí, la Universidad Qarawiyyin de Fes, a la que está anexo actualmente el Instituto Mohammed VI para la formación de imanes, se remontan a la época del protectorado francés. El tema es tan relevante que, desde los años 60, se ha desarrollado una corriente de pensamiento según la cual el origen de los males que sufren las sociedades musulmanas está en la difusión dentro de ellas de los sistemas educativos seculares de Occidente. Para ponerles remedio, habrá pues que islamizar el conocimiento: un proyecto que, partiendo de las universidades, quiere transformar radicalmente el tipo de educación al que se someten los musulmanes.

A pesar de este énfasis en la reforma, en la reorganización de las estructuras educativas, en la revisión de los programas de enseñanza, persisten las madrasas tradicionales y los métodos ancestrales de aprendizaje que las caracterizan. Es más, no solo resisten sino que parecen conocer un renovado interés incluso entre muchos jóvenes musulmanes, incluidos los europeos, dispuestos a soportar condiciones ambientales y climáticas complicadas con tal de adquirir un saber ratificado por cadenas de transmisión que se remontan hasta el Profeta del islam.

Otra forma de educación tradicional es la que tiene lugar en los itinerarios sufís. Pero para el sufismo el verdadero conocimiento no se adquiere en la madraza sino que está escondido, a él se accede mediante un itinerario iniciático centrado en la relación con un maestro. La obediencia incondicional a este último le sirve al discípulo para someter su ego, recibiendo una formación que prevé reglas de conducta concretas en todos los ámbitos de la vida: la alimentación, el control de los instintos naturales, el protocolo que se debe observar durante los viajes.

También está fuertemente influenciada por una matriz sufí la educación de los miembros del movimiento marroquí Al-‘Adl wa-l-Ihsān, fundado en los años 80 por el jeque Abdeslam Yasin y dominado por la figura y las enseñanzas de este último. En su libro ‘El método profético’, Yasin traza un complejo recorrido pedagógico diseñado para alcanzar la perfección espiritual. Pero en este caso, la disciplina a la que se somete el militante tiene un doble objetivo: no solo el acceso a la realidad divina (un objetivo que caracteriza todo itinerario sufí) sino también la edificación de una sociedad y un Estado íntegra y auténticamente islámicos.

Todo lo dicho hasta ahora, con todos sus matices, vale para el mundo suní. En el chií, la transmisión del saber religioso asume, en la medida de lo posible, un relieve aún mayor. De hecho, afecta a una ciencia sagrada sobre la que se fundamenta la jerarquía de los diversos niveles de autoridad. El lugar en que tiene lugar tal transmisión es la hawza, cuya historia está marcada en la época moderna y contemporánea por un desarrollo paralelo. Por un lado, la rivalidad entre sus diversos centros, especialmente entre la escuela de Qom, en Irán, que se convirtió tras la revolución de Jomeini en el 79 en “capital intelectual y religiosa” de la República Islámica, y la de Najaf, en Iraq, que sigue siendo un punto de referencia del chiísmo no revolucionario; por otro lado, la tendencia a la internacionalización y a la integración con el mundo universitario.

¿Y Europa? También aquí la cuestión de la formación de los musulmanes se hizo más apremiante con la emergencia ligada al terrorismo yihadista. Pero hasta ahora no se han hallado respuestas del todo satisfactorias. No faltan iniciativas, pero tanto las diversas comunidades islámicas como los diversos estados del viejo continente se han movido desordenadamente. Allí donde ha sido posible, como en Alemania, se han creado centros de teología islámica dentro de las facultades estatales de teología; en otros lugares han sido las organizaciones islámicas las que han fundado institutos privados de enseñanza. Recientemente, en Bélgica, el islamólogo musulmán Michaël Privot anunció el nacimiento inminente de un Instituto Europeo de Estudios Islámicos. Pero, en general, en la formación de los musulmanes europeos todavía tienen un papel preponderante los países de origen de los inmigrantes de religión islámica o los centros de enseñanza situados fuera de las fronteras europeas.

Aunque podemos encontrar ciertas sugerencias en la historia de las facultades islámicas de los Balcanes. Se trata de una experiencia interesante al menos por dos motivos. En primer lugar, porque en este contexto los musulmanes han tenido que medirse con la existencia del Estado laico, y en las facultades locales de estudios islámicos, juristas y teólogos han reflexionado sobre esta cuestión. En segundo lugar, porque al mostrar el nexo que une a las comunidades musulmanas con las instituciones de enseñanza, el caso balcánico ofrece ciertas indicaciones que pueden ser válidas para la Europa occidental.

Como decía el editorial de la revista Oasis, lo que urge en Europa no es construir mezquitas sino formar cabezas. Para ello, hace falta ante todo tener claras cuáles son los diferentes tipos de educación religiosa islámica, sus métodos y sus objetivos. Una cosa es la preparación práctica impartida en un curso de formación para imanes y otra es el saber teológico de los ulemas, que se adquiere durante un largo itinerario de estudio. Tampoco se puede reducir la formación a una cuestión de orden público. Seguramente, es fundamental que quien ocupe puestos de responsabilidad en comunidades y organizaciones islámicas sepa interactuar adecuadamente con el contexto en que se encuentre, y pueda ofrecer garantías de seguridad y fiabilidad. Pero en el islam el conocimiento es fuente de autoridad, y convertir a un imán o líder religioso en gendarme o únicamente en formador cívico, que es lo que suelen intentar hacer tanto los Estados europeos como los países de mayoría musulmana, significa comprometer la credibilidad, dejando que los fieles busquen en otros lugares las figuras de referencia que necesitan. Por el contrario, a todos interesa que, aparte de impedir la difusión del extremismo, los líderes musulmanes del futuro puedan contribuir al bienestar espiritual y cultural de las sociedades en que viven.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  132 votos
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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore | 0 comentarios valoración: 1  173 votos
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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  184 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 115 comentarios valoración: 2  3852 votos

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