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17 OCTUBRE 2019
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>Entrevista a Joseba Arregi

'Ni la derecha se fia de la lealtad de la izquierda ni la izquierda de la legitimidad de la derecha'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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En el espacio público de la democracia, dentro de la Constitución, todos los actores son igualmente legítimos. La falta de compresión de esta norma básica es lo quiebra continuamente la democracia en España, afirma Joseba Arregi.

La situación de bloqueo político ha mostrado unos líderes alejados de la realidad y ha desvelado una clara falta de confianza que no permite poder construir nada en común. ¿Es esta la primera tarea, recobrar la confianza hacia el otro?

Estoy convencido de que la democracia española tienen un mal de raíz. Su origen igual no está en la transición pero de tanto celebrar lo bien que fue se nos olvidó una cosa muy importante. Y es que la democracia no sobrevive si no se hace pedagogía democrática día a día. Franco nos dejó una herencia mortal en ese sentido y es que nos hizo creer que por estar contra él éramos demócratas. Y no sabíamos lo que era la democracia realmente. Hemos acertado con la transición pero luego hemos creído que como ya somos demócratas ya no tenemos que hacer pedagogía y no tenemos nada que aprender. Y yo creo que ese es uno de los grandes agujeros de la democracia española la falta de pedagogía democrática y el ir continuamente a menos.

“La democracia es el espacio público de las verdades penúltimas”

Dentro de la pedagogía democrática hay un punto que me parece esencial y que no se ha terminado de aprender. La democracia es el espacio público de las verdades penúltimas. Ese principio de la aconfesionalidad del Estado algunos creen que se refiere solo al cristianismo (hay que quitar las cruces, no hay que ir a los funerales, no hay que celebrar las fiestas religiosas…). No, la aconfesionalidad del Estado, tomado con toda seriedad, dice mucho más y es que en el espacio público de la democracia no hay ninguna verdad última ni legitimidad última y nadie es, por tanto, poseedor ni de la verdad última ni de la legitimidad última. Y eso no se ha predicado en el sentido literal de la palabra. No se ha hecho pedagogía de que eso es lo que constituye el espacio público de la democracia y donde todos los que actúan dentro del marco que nos hemos dado, que es la Constitución, son igualmente legítimos. Pero ni la derecha se termina de fiar de la lealtad al Estado de la izquierda ni la izquierda admite la legitimidad democrática de la derecha. Y esto es lo que quiebra una y otra vez la democracia en España. Y cuando se llega a situaciones donde hay que pactar no es que no quieran o no sepan, es que no han interiorizado los principios que constituyen el espacio público de la democracia.

Por tanto no es algo coyuntural sino que existe un problema mucho más profundo.

Ha aparecido con aquello que los periodistas predicaban como la llegada del paraíso democrático con finiquitar el bipartidismo. Esto simplemente ha creado la oportunidad para poner de manifiesto nuestra incapacidad democrática de interiorizar los principios básicos de lo que es y constituye el espacio público de la democracia.

Como cualquier bien moral la democracia no es un bien que una vez alcanzado ya es eterno sino que debe ser cultivado constantemente.

Efectivamente, yo he reflexionado muchas veces sobre la herencia que nos dejó Franco, que fue una herencia venenosa, de hacernos creer que éramos demócratas porque estábamos contra Franco. Sin embargo, estar contra Franco se puede hacer desde una posición mimética, siendo exactamente igual de dictador que él. La democracia es otra cosa y hay que aprenderla diariamente.

“La secularización no ha acabado con la necesidad de la fe en la sociedad”

Esta situación podría ser el caldo de cultivo para un aumento del voto protesta, para generar un desencanto con la democracia… ¿Qué repercusiones podría tener este bloqueo político a nivel social?

Me llama mucho la atención estos días y me tiene aturdido cómo aumenta, según las estadísticas, la secularización de la sociedad española. Se observa un descenso de las prácticas religiosas, del número de creyentes, de la pérdida de poder social de la Iglesia que se celebra por determinados medios… Sin embargo, eso no ha acabado con la necesidad de la fe en la sociedad. Sino que hoy en día se cree en la ciencia, se cree automáticamente como verdad lo que pone en un panel que dice que dentro de ochenta años el mar va a crecer tantos metros. ¿Y en ochenta años no va a aparecer ninguna otra variable? ¿Controlan los científicos todas las variables que influyen en el cambio climático? Probablemente no, porque eso sería ser como dioses. Estamos creyendo en la omnipotencia de la ciencia.

Hay una fe ciega en todas estas cosas y hay una opinión pública que obliga a entrar por ahí, me refiero al cambio climático, ya sé que estoy hablando como un hereje, lo mismo pasa con el feminismo. Hoy en día hay nuevas ortodoxias y existimos nuevos herejes que no queremos tragar con todo lo que la opinión pública nos presenta como dogma de fe permanente. El vacío dejado por Dios, desde los tiempos de Hegel, en la cultura moderna se está llenado de nuevos dioses que son pretendidamente tan omnipotentes o más que el anterior.

“No hay convivencia si no se piensa desde el otro”

Václav Havel decía que nuestro modo de vivir el día a día es la primera forma de hacer política. Si vivimos con dignidad allí donde estamos contribuimos al bien común. En el contexto en el que nos encontramos muchos ciudadanos están muy enfadados y se plantean no ir a votar o votar en blanco. Pero esto no construye. ¿Cuál es el camino para construir?

En primer lugar, preguntar a todos esos que están enfadados cuál es su comportamiento en la familia. Si es un comportamiento de pacto, de ayuda al otro, de crear espacios comunes… Segundo, cuál es su comportamiento en las reuniones de la comunidad de vecinos. Es decir, la convivencia parte de cosas muy básicas y fundamentales que hay que construirlas, como dice Havel, en ese yo de la vida cotidiana… en la empresa. Hace poco he leído en un periódico que al regreso de vacaciones un porcentaje alto no se presentaba al trabajo, ¿somos responsables en el día a día? Reclamamos que otros arreglen todo pero nosotros no aportamos. Es decir, habría que hacer un examen de conciencia de todo lo que está pasando.

Se escucha a muchos comentaristas en tertulias serias y en tertulias no tan serias y casi todas las frases empiezan: “Yo, en mi opinión”. En realidad no es su opinión porque es su sentimiento o su percepción porque luego no se argumenta. La libertad de expresión está por encima de cualquier cosa, así no hay convivencia, no se piensa desde el otro. En la construcción de la cultura y de la economía moderna hemos hecho cosas que han tenido efectos colaterales, unos previsibles, otros no. Hemos cometido fallos y ha habido efectos colaterales que se dice son responsables del cambio climático. Vale, y las acciones que vamos a hacer ahora, ¿no van a tener efectos colaterales? De repente nos hemos convertido en dioses y de ahora en adelante todo lo que hagamos va a ser según queremos que se haga y solo con los efectos que nosotros queremos que se produzcan. Como si fuéramos Dios omnipotente, ¿vamos a eliminar de repente la idea misma de efecto colateral? No, lo que hagamos hoy dentro de cien años también tendrá efectos colaterales que no prevemos ahora. Porque seguiremos siendo humanos y meteremos la pata y un poco de humildad no nos vendría mal, incluida Greta Thunberg.

“El vacío dejado por Dios en la cultura moderna se está llenado de nuevos dioses”

Una vez eliminado Dios necesariamente aparecen otros dioses como afirmaba antes pero da la sensación de que también renace hoy en día un deseo de autenticidad, un deseo de belleza, de que las relaciones sean un bien… Incluso un movimiento como el 15M, con todas sus limitaciones y confusiones, podría haber sido expresión de esto.

Recuerdo una frase que me hizo dudar desde el principio de lo que pudiera aportar el movimiento del 15M. Era “Democracia ya”, el grito “democracia ya”. Esta instantaneidad, este “presentismo”, no hay pasado ni futuro, la democracia ahora… es un regreso a la infancia, es de un infantilismo increíble. Es la maduración lo que nos hace retrasar la satisfacción de las necesidades y de los deseos. “Democracia ya” indica que no están dispuestos a trabajar ni a sufrir ni a dar tiempo a que se madure lo que se quiere conseguir. Es negar la diferencia radical con respecto al mundo instintivo. Claro que hay un vacío pero lo quieren rellenar ya. Es la cultura de “lo quiero ahora”. Quiero un piso ahora, quiero una satisfacción ahora. Para conseguir un piso las generaciones anteriores han tenido que vivir durante mucho tiempo de alquiler. Un mundo que sí tiene vacíos pero quiere la satisfacción inmediata de ese vacío. Hace falta distancia, hace falta maduración, hace falta trabajo y esfuerzo… términos que quizá no son los habituales hoy en día.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

Indio americano o cachorro dálmata

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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