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17 OCTUBRE 2019
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>Entrevista a Antonio Rivera, catedrático de la Universidad del País Vasco

'No es demagógico ni populista acusar a la clase política'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  15 votos
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Antonio Rivera repasa con paginasdigital.es las causas que han provocado la repetición de elecciones. Reclama que los líderes y los partidos se adapten a las nuevas circunstancias.

¿Cuáles son las causas que han provocado esta repetición electoral?

Sin duda, la desconfianza de los socialistas, y a su frente Pedro Sánchez, con respecto a sus inevitables socios de Unidas Podemos a la vista de las decisiones que tendría que tomar en un hipotético gobierno, referidas en principio a la crisis catalana y a la crisis económica, sin olvidar los extremos de las reformas de las leyes tomadas por los gobiernos conservadores anteriores. A ello ha contribuido también un esquema de negociación entre esas dos formaciones que se ha mostrado ineficaz, tanto por las formas como posiblemente por las posibilidades de los negociadores de ambos lados.

En última instancia, los grupos ajenos a ese diálogo tampoco han proporcionado ningún atisbo de posibilidad razonable para ensayar una fórmula alternativa. Pero lo principal ha sido la percepción de Pedro Sánchez en cuanto a la confianza que le podía proporcionar su socio de Unidas Podemos e incluso la consideración de que unas nuevas elecciones moverían en su favor la situación en base a los nuevos resultados.

¿Pero va a ser posible la formación de mayorías estables en un futuro con un sistema de cinco partidos nacionales?

En puridad, eso no debería ser un problema. Los partidos tienen que adaptarse a los escenarios nuevos que marcan la cultura política de un país en un momento dado. La tradición de mayorías absolutas (o casi) con la fórmula de dos grandes partidos nacionales tampoco ha funcionado del todo porque demandaba finalmente depender de los grupos nacionalistas. Ahora se vuelve a una situación donde esas mayorías se fracturan en cada campo (izquierda-derecha) pero, al repetirse el equilibrio de bloques, posiblemente este se resuelve recurriendo de nuevo a los nacionalistas, cuando una parte de estos está en una posición poco colaborativa.

Por otro lado, la expectativa centrista de Ciudadanos se ha volatilizado por mor de la estrategia de su líder de solo jugar en el campo de la derecha, lo que ha reestablecido los dos grandes bloques que ya teníamos en el tiempo de los dos grandes partidos y de las mayorías absolutas (sumando a algún nacionalista). Los líderes y los partidos se tendrán que acostumbrar al nuevo escenario, quieran o no, salvo que se dispongan a someter al país a una crisis interminable, lo que redunda también gravemente en su legitimidad ante los ciudadanos.

¿Cómo ha afectado a la situación el intento de secesión de Cataluña?

Es claro que la crisis catalana afecta. Lo hace en lo inmediato porque ha producido vértigo la hipótesis de un gobierno afrontando la sentencia del procés con un socio receptivo a una parte del discurso secesionista (aunque sea por la base de la aceptación del argumento autodeterminista). Pero también lo hace de manera estructural porque las mayorías no se pueden componer ahora sumando a un grupo nacionalista catalán cuando estos se han apartado de la legalidad constitucional. Y esto ocurre cuando estos han incrementado notablemente el número de sus diputados y senadores. Esa suma anterior se hace ahora casi imposible. Es más, la sospecha de interacción con ese sector político redunda en perjuicio de los partidos nacionales fuera del espacio catalán, por lo que la vía inevitable de diálogo se complica aún más. El asunto queda en un impasse de difícil resolución, que afecta a la crisis catalana, pero que traslada a esta, como se ha visto, al escenario nacional.

¿Qué consecuencias tiene que en cuatro años hayamos tenido cuatro elecciones?

Evidentemente, muchas y ninguna buena. Gobiernos sin mayorías estables o en funciones no pueden tomar las decisiones estratégicas que necesita el país en un entorno exterior de amenaza, ni tampoco ante la crisis catalana, donde se hace imposible un acuerdo general en el marco español. La ciudadanía desconfía y recela de la clase política en su conjunto porque entiende que los procesos electorales obligan a que esta haga un esfuerzo por encontrar puntos de acuerdo y, a la postre, un gobierno más o menos estable. Incluso se ha transmitido una impresión de frivolidad o inconsistencia de los diversos líderes políticos, incapaces de encarar con seriedad lo que, al cabo, no constituye sino lo básico de su profesión. El resultado es totalmente negativo y desesperanzador, y la desafección ciudadana es el problema número uno de cualquier democracia.

¿La desconfianza entre los políticos se traslada a la sociedad?

Hay una parte de la ciudadanía que también interpreta la política en términos doctrinales y logro al completo de las demandas de su grupo. Pero no creo que sea la mayoría de la sociedad. También sería interesante que los políticos educaran a la ciudadanía por esa vía, haciendo demostración de que sin llegar al total de sus objetivos son capaces de pactar con otros grupos determinadas cuestiones y proporcionar estabilidad al país.

En este caso no es demagógico ni populista acusar claramente a la clase política –y más en concreto a las cúspides casi unipersonales de cada formación– de incapacidad y falta de responsabilidad, porque entiendo que la mayoría ciudadana, con mayor o menor agrado, habría acabado aceptando diversas fórmulas posibles que le proporcionaran esa deseada estabilidad y normalidad del país.

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