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15 NOVIEMBRE 2019
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>Entrevista a Valentí Puig

'El independentismo solo asume la ruptura con España, sin alternativas ni matices'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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El articulista y escritor acaba de publicar el ensayo "Memoria o caos" (Ed. Destino), una interesantísima reflexión sobre cómo la aceleración del tiempo acorta nuestra memoria y, en consecuencia, nos desliga irremediablemente de las formas del pasado. Según Puig, “sería necesario un acuerdo constitucionalista de mínimos que pueda ser dique de contención. Pero no hay lideratos constitucionalistas surgidos de la sociedad y es un momento de poca estrategia general en el constitucionalismo”.

La sentencia del procés ha sido criticada duramente tanto por los constitucionalistas como por los independentistas. En todo caso, es la sentencia que se ha emitido y hay que acatarla. Pero, a largo plazo, ¿podría ser esta sentencia la que mejor puede ayudar a afrontar los desafíos del secesionismo desde el punto de vista de los constitucionalistas?

Lo cierto es que cualquier sentencia salvo la absolución sería considerada injusta por el secesionismo. No creo que sea el mismo caso con los constitucionalistas. En realidad, el constitucionalismo consiste en acatar cualquier decisión judicial, aunque todas sean criticables. Eso es lo que requiere este momento. ¿Qué otra sentencia sería más positiva? Pues la que dictasen los jueces en cada momento. Hay que tener siempre “in mente” que el independentismo solo asume la ruptura con España, sin alternativas ni matices. Suponer otra cosa es el error de lo que llamamos “tercera vía”.

¿Podría la sentencia tener un efecto beneficioso, a largo plazo, en el sentido de frenar la tentación a la ilegalidad en los dirigentes independentistas catalanes actuales? ¿Puede la sentencia ayudar a devolverles a la realidad?

Por el momento, no. Quizás atemorice a los menos belicosos pero en el independentismo radical la desconexión con España se da ya por hecha. Durante años el Estado prefirió ignorar que un buen número de pequeños municipios ya estaban desconectados. No hubo sanciones. Mientras tanto, hasta un punto que muchos no nos creíamos, estaba incubando la idea de secesión en pleno pujolismo de transacción. Dada la voluntad integradora de la Constitución de 1978 esa es, sin ambages, la historia de una deslealtad.  

No se puede afrontar un desafío de tal calibre desde la posición de un solo partido aunque fuera el partido del gobierno. Es absolutamente necesario que los partidos constitucionalistas hagan frente común. Sin embargo, ni la derecha ni la izquierda consideran legítimos al otro.  ¿Cómo superar estas diferencias?

De momento, siendo cierto que las luchas internas en el seno del separatismo son brutales, el constitucionalismo también anda dividido. Algunos apostamos por un constitucionalismo “mainstream”, un acuerdo constitucionalista de mínimos que pueda ser dique de contención. Por ahora, las elecciones generales obstaculizan ese empeño en lugar de darle fuerza. No hay lideratos constitucionalistas surgidos de la sociedad. Es un momento de poca estrategia general en el constitucionalismo y, al mismo tiempo, en el independentismo incluso elementos radicales como el “Tsunami democràtic” y los CDR están enfrentados. Compiten en capacidad destructiva. Vamos hacia la anomia.

No todo el independentismo es necesariamente violento y estoy hablando a nivel de sociedad civil y esta violencia daña la convivencia también entre los partidarios de la independencia. ¿El fanatismo que hemos visto estos días en las calles puede ser contraproducente desde el punto de vista del independentismo?

Hay que ver, si uno tiene suficiente estómago, TV3 para comprobar que la versión más adicta a la secesión lo justifica todo. No hay contraste de pareceres. El independentismo ignora el nexo autocrítico que es propio del pluralismo. En este caso no hay respuestas con valor ejemplar sino a lo sumo disuasorio. Eso hace que lo que urge sea desentrañar la capacidad logística de “Tsunami democràtic” –su “app” tan potente– y descabezar la formación de los CDR. Así, tal vez, cesen las llamas en el centro de Barcelona.

En un reciente artículo suyo en El País hablaba de la Cataluña real como una sociedad plural. ¿Si no se parte de esta hipótesis es imposible construir algo positivo que favorezca la convivencia a largo plazo?

En tal caso, la sociedad catalana tardará mucho en recuperar los vínculos de confianza que permiten convivir de modo productivo. Véase cómo los núcleos dirigentes de esa sociedad hurtan definirse ante la gravedad de la crisis, poniéndose de perfil, desde el empresariado a los rectores de universidad. Las tensiones paralizantes son muchas: la Cataluña vieja y la nueva, Barcelona y la Cataluña profunda, el secesionismo y el autonomismo, el monolingüismo y la realidad bilingüe, el respeto a la autoridad y su negación, la información libre y el periodismo subvencionado.

También afirmaba que “la norma constitucional da unos márgenes de maniobra todavía no explorados”. ¿Qué encaje constitucional se podría buscar?

En primer lugar, asumir por parte de todos que la Constitución es el campo de juego natural. Eso, por ahora, es una entelequia. Pero a la larga no hay otra vía, salvo la autodestrucción. Personajes como Mas, Puigdemont o Torra son “kamikazes”. Y es una incógnita excesiva confiar ahora mismo en que una nueva generación quiera cambiar de pauta. Haría falta una regeneración mediática e intelectual. Pero en el marco constitucional hay margen para todo, salvo la secesión. Es decir: sistemas de financiación, por ejemplo, o la consideración prioritaria del Corredor Mediterráneo. Sin embargo, lo que tenemos es que esos objetivos no tienen el menor interés si uno quiere independizar una república catalana.  Es decir: estamos ante una batalla cultural, de opinión pero sin margen de libertad dado el bloqueo que viene pagándose con dinero público desde ya hace tiempo.

¿El catalanismo de Tarradellas ya no existe en Cataluña?

No, desgraciadamente. Lo que Tarradellas había reflexionado en el exilio ahora es papel mojado. ¿Quién se acuerda de Tarradellas? Eso fue obra del pujolismo, negar el tarradellismo. Algunos socialistas creyeron que era una senda deseable pero acabaron siendo, con Maragall y Montilla, parte de gobiernos tripartitos que reclamaron un segundo “estatut” que casi nadie echaba en falta. Es más: aquel “Ciutadans de Catalunya” que Tarradellas dijo al llegar está siendo contrastado de forma aciaga por la división interna de la sociedad catalana. Ahora vuelve a haber catalanes buenos y catalanes malos, puerta por puerta, familia por familia.

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