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8 JULIO 2020
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Europa a pedazos

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
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La falta de preparación y el cinismo de la administración Trump han mostrado su rostro de manera plástica, por enésima vez, como ya sucedió en las relaciones con Corea del Norte, Arabia Saudí y Venezuela. Esas dos caras no son más que el eco de la desastrosa política exterior americana desde hace más de treinta años, más la "mala gestión" de Bush jr y Obama, implicados en puntos calientes, estratégicos y muy delicados como Iraq, Libia, Afganistán o las Primaveras árabes. El hilo rojo que recorre estos treinta años es la amarga constatación de que América ni siquiera se preocupa por fingir que cumple su papel, muchas veces controvertido, de paladín de la libertad.

Se revela así un dato evidente aunque solo nos afecte indirectamente. Más allá de la pérdida de credibilidad internacional de los Estados Unidos, el problema más grave, que se pone de manifiesto con una evidencia dramática estos días dejando solo al pueblo kurdo tras la decisión de Erdogan de invadir militarmente el noreste de Siria, es la total irrelevancia diplomática de una Europa sin voz, dividida y débil.

Claro que no han faltado, siendo necesarias y justas, las críticas, aunque dando explicaciones, contra los soberanistas de todas latitudes, desde la Liga italiana hasta el premier húngaro Orbán y la ultraderecha de los hermanos Kaczinsky en Polonia. Como tampoco han faltado críticas a los ataques contra el euro o las tendencias centrífugas de muchos nacionalismos en varios países.

Pero la política exterior se está mostrando como el talón de Aquiles en la UE, la carcoma que, con más profundidad que las cuestiones monetarias o económicas, ha ido vaciando poco a poco pero totalmente a Europa. La escandalosa indiferencia y oportunismo con que no se ha tenido el valor de condenar la vergonzosa invasión turca contra los kurdos, con una total incapacidad política para proponer sanciones o la suspensión de la venta de armas al régimen de Erdogan, representa en este caso el último y más sofocante eslabón de una larguísima cadena de silencios y falta de incidencia en la escena internacional.

El indigno acuerdo de Blair y Aznar con el presidente Bush para la intervención armada en Iraq a principios de los 90 y la negociación secreta, que luego tuvo nefastas consecuencias en todo el Mediterráneo, entre Sarkozy y Clinton en 2011 para la invasión de Libia comparten dos rasgos preocupantes. Por un lado, basarse, casi ciegamente, en informaciones falsas y manipuladas; por otro, el intento de desplazar a los aliados europeos, obligados a enfrentarse a hechos consumados, decisiones ya tomadas y operaciones a muy corto plazo sin consulta previa.

Lo peor es que se pueden recordar infinitud de momentos en que se ha desatendido la unidad de intentos, objetivos y estrategias. Cómo no volver con la memoria a la reacción dispersa ante las Primaveras árabes, la confusa posición asumida frente al conflicto en Ucrania, el continuo vaivén en las relaciones con Rusia y China, las tergiversaciones con Venezuela para defender los propios intereses o el neocolonialismo demostrado en tantas ocasiones con los países africanos.

Todo ello ha puesto de manifiesto un hecho innegable: en política los grandes países nunca han querido renunciar al propio interés nacionalista, hasta el punto de que el Alto representante, más allá de la figura que supone su cargo, se ha mostrado poco más que como una cortina de humo, contando con un poder y un marco de acción poco menos que nulo.

Llegados a este punto, sobre todo después del caso kurdo en Siria y en vísperas de un deseable proceso de nueva gobermanza en las instituciones europeas, ha llegado la hora de ser realistas. Hay que abordar de raíz el nudo de la política exterior común, hay que agarrar el toro por los cuernos si no queremos que, en un futuro no muy lejano, la UE acabe convertida en una vasija de barro cada vez más frágil y menos creíble. Hay que dar dos pasos irrenunciables.

Primero, cada país debe afrontar una decisión radical, y hay que hacerlo de manera solemne, incluso mediante una consulta referendaria: ¿se acepta o no una mayor compartición de estrategias y objetivos para garantizar una política exterior común más eficaz y cohesionada, en defensa de toda Europa y de sus países miembros? Los países que no aceptasen deberían, por coherencia, abandonar la UE.

Desde este punto di vista, para los que permanecen en la Unión, la salida de Gran Bretaña, país euroescéptico desde siempre y en búsqueda constante de una mayor independencia, sobre todo en política exterior, es una oportunidad en ese sentido, más que un problema.

En segundo lugar, respecto de la política exterior, la UE así planteada debería potenciar el papel del Parlamento europeo y la Comisión frente al Consejo de Estados, más dividido. Mientras que un primer ministro o un ministro de Exteriores de cada país pueda vetar u obstaculizar las decisiones mayoritarias, más allá de las intenciones nunca se superará la ineficacia de la diplomacia europea.

Si los paladines de las rígidas –y estúpidas, como decía Prodi ya en 2002– reglas económicas emplearan una décima parte de sus energías en este intento de unidad de acción en un ámbito tan fundamental, la UE podría elevar el vuelo, con grandes ventajas no solo para los gobiernos sino sobre todo para los ciudadanos.

Sí, la política exterior europea puede y debe tener tanto valor al menos como la Champions League.

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