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11 DICIEMBRE 2019
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>Entrevista a Luis Argüello (2)

'Nos cuesta poner la confianza en la gracia y no en el poder' (2)

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
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paginasdigital.es publica la segunda parte de la entrevista al secretario de la Conferencia Episcopal Española y obispo auxiliar de Valladolid.

Decía Francisco en septiembre: “¡qué importante es sentirse interpelado por las preguntas de los hombres y mujeres de hoy!”. Lo decía en una reunión del Consejo de Promoción de la Nueva Evangelización. ¿Qué cree usted que significa en este momento ser interpelado por el corazón del hombre de hoy, por sus preguntas?

El hombre de hoy nos interpela fuertemente desde un deseo de libertad y de alegría, quiere ver cómo nuestra propia experiencia muestra que ser creyente y haber experimentado el encuentro con el Señor es un encuentro salvador, liberador, nos hace ser más libres. Y que esa libertad se pone de manifiesto en una capacidad de amor que se entrega, de amor que no lleva cuentas, de amor que perdona, como una propuesta de experiencias verdaderamente libres. Creo que la alegría tiene que entrar en diálogo con un escándalo de las mujeres y hombres de hoy.

¿Qué escándalo?

El escándalo del sufrimiento. Es una piedra de tropiezo ante la cual se viene a decir: es preferible no nacer a nacer para sufrir, y es preferible morir a seguir viviendo para sufrir y hacer sufrir a otros. Es necesario ofrecer un testimonio de alegría en el corazón aunque haya lágrimas en los ojos, alegría aunque haya sufrimiento, pues de alguna forma aquí la alegría va vinculada a la esperanza, y la esperanza va vinculada a la fe, a la conciencia de una presencia que además da la certeza de que el final del camino y el camino mismo tiene sentido, está sostenido y habitado. También hay una inquietud en los hombres y mujeres de hoy sobre las posibilidades de la razón. Libertad y razón, que han tenido tanto que ver en el desarrollo del tiempo moderno, hoy se encuentran bajo sospecha. Los creyentes, y dentro de los creyentes los católicos, tenemos la responsabilidad de hacer el elogio práctico de la razón y la libertad. Porque están puestas en duda. Este verano tuve un debate con Arcadi Espada en una Universidad de Verano y el diálogo, que fue tormentoso por la cuestión del nacionalismo, fue en cambio interesante por la cuestión de la libertad. Él me dijo: “usted es creyente y entiendo que crea en la libertad, pero yo ya no creo”. ¡En la libertad, no en Dios!

“La alegría tiene que entrar en diálogo con el escándalo de las mujeres y hombres de hoy por el sufrimiento”

Esa conversación con Arcadi Espada muestra que lo mejor de la cultura racionalista ilustrada duda de su fundamento. Me recuerda lo que decía Niebuhr cuando criticaba a los que él llamaba “anodinos fanáticos de la civilización occidental que consideraban que los logros conquistados eran la forma final de esa cultura”. ¿Se han acabado esos logros conquistados por la Edad de las Luces, el proyecto de Kant del que hablábamos antes?

De alguna forma se agota porque comienza viviendo de una espléndida renta, es la renta que la propia tradición cristiana había ofrecido. ¿Cómo podría haber sido posible sin el humus de la afirmación de la dignidad de la persona, del valor de la conciencia? Para comprender la Declaración de los Derechos Humanos tenemos que remontarnos al siglo XIII y ver que los primeros ensayos de vida democrática, y los primeros ensayos de alguna carta de lo que luego llamamos derechos humanos, aparecen en el seno de comunidades monásticas y luego en la comunidad de los frailes que funda santo Domingo. En ese humus aparecen afirmaciones que hacen posible el mundo ilustrado. Igual que al principio hablábamos de valores, hay que tener presente que el valor es el resplandor del bien. Las luces existen en un principio porque hay un resplandor que permite a las luces ponerse en marcha. Pero progresivamente las luces se van quedando sin aceite y tienen que pedir prestado al paradigma tecnocrático, es decir, a una razón solo instrumental, su fuerza.

Es el fin del proyecto que comienza a partir de las guerras de religión, después de la Paz de Westfalia…

Exactamente. Y que hoy tiene otras implicaciones. Porque la Paz de Westfalia también plantea unos acuerdos sobre el mundo europeo que ahora se resquebrajan. Lo estamos viviendo con el Brexit o con la situación interna española y con las tensiones de las nacionalidades dentro de nuestra nación. Esas tensiones expresan de alguna manera el predominio del sentimiento. La razón como capacidad de abrirse a la verdad y la razón que con paciencia se encuentra con la verdad en el tiempo –volvemos a la concepción del tiempo– se reduce a una razón tecnocrática que trata de ajustar los espacios. La razón, que intentaba hacerlo lo mejor posible para el bienestar al menos de algunos o de gran parte de la población, se quiebra por las crisis económicas y la globalización. Tampoco sirve el paradigma tecnocrático y empiezan a cobrar fuerza especialmente los sentimientos, las emociones.

Dice el Papa que no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época, ¿en qué consiste el cambio de época?

Hay algo permanente en esta misma concepción del tiempo. Ya desde el principio de la filosofía Heráclito y Parménides pelean entre sí. La concepción cristiana presenta un tiempo abierto pero al mismo tiempo habitado por lo eterno. Es abierto pero hay como unas constantes, ahí entraríamos en diálogo con la visión cíclica del mundo. ¿Cuáles son esas constantes? El ser, el amar, el hacer y la fiesta o descanso. ¿Por qué vivimos en un cambio de época? Porque la comprensión misma de la vida, la comprensión de la persona, la comprensión del amor, de la familia, de la amistad, la comprensión del trabajo con la visita de las nuevas tecnologías y la comprensión de la fiesta y del descanso, y del descanso eterno, en las nuevas perspectivas de mayor esperanza de vida, de propuestas transhumanistas, se ponen en juego. Por eso no solo estamos cambiando aspectos de la habitación en que vivimos sino que se ha puesto en movimiento aquello que constituye el fundamento de cómo va a ser luego nuestra propia organización social. ¿Cómo no va a estar complicada la convivencia desde el punto de vista social y político cuando la comprensión de lo humano, la comprensión de la familia y la comprensión del trabajo están sin suelo?

“La existencia personal está en una búsqueda permanente de la identidad que nos recuerda a los adolescentes”

En esta situación, hay una especie de búsqueda permanente de la identidad. La globalización provoca miedo y la identidad se busca en la afirmación de lo particular. También se busca la identidad criticando lo dado… ¿qué puede aportar el cristianismo a esa búsqueda?

La propia experiencia del encuentro con Dios, con el Dios revelado, con el Logos encarnado. Ese encuentro te hace experimentar que tu identidad es ser hijo y hermano en un tiempo abierto a lo eterno. Decir soy hijo es decir: soy un don. Esa experiencia es muy importante para identidades cerradas sobre sí mismas, identidades que solo buscan al otro como espejo. La categoría de don, recibida en la tradición judeo-cristiana, que tiene en la diferencia sexual una ayuda para comprender lo que somos, idénticos y recíprocos, con una capacidad esponsal de entrega y fecundidad, explica las relaciones y la constitución de un pueblo.

La cuestión de la identidad está relacionada con la concepción del tiempo, que en este momento es uno de los asuntos que más me preocupan o interesan. En este tiempo, a menudo, la existencia personal está en una búsqueda permanente de la identidad que nos recuerda a los adolescentes. Hay una categoría de psicología evolutiva dominante en los hombres y mujeres de hoy que es la adolescencia: estar constantemente lamentándose de lo que adolezco y lo que adolezco lo quiero aquí y ahora, ya, y para eso estamos dispuestos a veces a cualquier cosa. A cualquier cosa en la lucha por conseguirlo o a cualquier cosa cuando alguien me promete que me lo va a dar. Esta categoría de tiempo que supone crecimiento, proyecto, paciencia, caer en la cuenta de que muchos de los logros son germinales, que supone el coloquio entre generaciones, presenta una novedad.

Vamos a la situación histórica en que nos encontramos en España. En la Transición se produce un proceso de reconciliación entre los españoles después de un siglo y medio de enfrentamientos, quizás a partir de la Guerra de la Independencia. Parece que esa reconciliación no sé si intuitiva, no sé si suficientemente desarrollada desde el punto de vista crítico, no se transmite a las nuevas generaciones y hemos llegado otra vez a un estado de enemistad pública. ¿Por qué?

No lo sé. Creo que en el momento actual esa enemistad es bastante impostada, quizás ha sido provocada por intereses ideológicos. Se han despertado, a través de la llamada Ley de Memoria Histórica, unos determinados planteamientos de confrontación entre unos españoles y otros. También hemos tenidos los indignados. De un lado indignados ante las consecuencias de la crisis económica en el mundo global, que ponen en riesgo el Estado del Bienestar y hacen que las nuevas generaciones puedan estar en peores condiciones que la generación de sus padres. Por otro lado la indignación que provoca esta misma propuesta hace que hayan surgido, desde esa psicología predominantemente adolescente y con una manera de reaccionar más emotiva que racional, unos conflictos que se van exacerbando. La situación de crisis económica ha hecho que las llamadas clases medias también se encuentren en una situación de cierto riesgo. En una comprensión pagana del aquí y ahora, pagana del tiempo, se tiende a buscar cómo cada cual asegura de la mejor manera posible su espacio. Sin caer en la cuenta de la importancia, incluso para poder resolver estos conflictos, del diálogo, que supone razón y ‘dia’, una travesía, un camino racional. En este sentido, la propuesta que hoy hace la Iglesia a través del papa Francisco en principio es una propuesta intra-eclesial, pero creo que puede ser paradigmática. Es la propuesta de un camino sinodal. Sabemos que hacemos juntos el camino de la vida, la convivencia es innegociable, además convivimos en la historia. Porque convivimos en la historia precisamos hacer un camino de escucha, de reconocimiento de los acuerdos y desacuerdos, de interpretación, en principio desde un marco de referencia que hay que aceptar. En algunos de nuestros problemas actuales en España, el marco de referencia es nuestra Constitución. Aunque el diálogo incluye las posibilidades de modificar el marco.

¿No es una locura modificar el marco?

No, en absoluto. Es verdad que vivimos en un momento en que, ante infracciones graves de las leyes, hay que hacer una llamada al cumplimiento. Pero hacer una llamada al cumplimiento de las leyes en una época tan positivista como la que vivimos tiene un riesgo, que es entronizar a la ley consensuada como un verdadero ídolo, como algo intocable. Es verdad que en un diálogo de convivencia y desde perspectivas plurales, tenemos que aceptar un marco común, pero aceptando que desde el marco común es posible plantear incluso el cambio del propio marco.

“La Iglesia, el pueblo santo de Dios, es una Iglesia en el mundo, y está llamada a ofrecer la caridad en su forma política”

A veces da la sensación de que hay una dificultad para comprender que la propia existencia de la comunidad cristiana es la primera aportación a la vida política. Parece que si no se formulan unos criterios de voto o si no se llega a hacer política de partido la comunidad cristiana no está haciendo política. ¿Esto es por una mala comprensión de la comunidad cristiana o por una mala comprensión de la política? ¿Por qué esta minusvaloración de la comunidad cristiana como factor de la polis?

Como casi siempre, habrá que mirar a las dos orillas. Desde el punto de vista del mundo político, y del mundo político institucional, se pierde de vista, en la propia historia de la vida democrática, lo decisivo que es la amistad civil, de la que ya hablaba Aristóteles. Se pierden de vista las comprensiones o certezas prepolíticas desde las cuales se organiza el marco democrático común. Creo que las democracias modernas se han vuelto excesivamente positivistas y procedimentales. Es decir, viven de acuerdo con una razón instrumental, por una parte y por otra se han vuelto muy captadoras del poder a través de un sistema de opinión pública que teledirige las inquietudes, las emociones, los gustos, los intereses del propio pueblo de votantes potenciales hacia determinados fines. Por eso es tan importante, en el otro lado de la orilla, caer en la cuenta de que la Iglesia, el pueblo santo de Dios, es una Iglesia en el mundo, y que situada en el mundo está llamada a ofrecer la caridad en su forma política. Caridad social, como dicen los Papas, caridad política. ¿Qué significa caridad social o caridad política? Esto nace de la propia concepción de la persona. Nosotros no nos vemos a nosotros mismos como individuos aislados, individuos de una especie que más o menos conviven como erizos, que tratan de buscar la distancia adecuada. Nos consideramos personas y por tanto ontológicamente relacionales. Lo ambiental y lo institucional forman parte de la propia comprensión personal. Las relaciones generan ambiente y unas relaciones y ambientes situados en el tiempo generan instituciones, son instituciones. Esta comprensión de lo que somos, enriquecido por el amor que recibimos, ha de ser ofrecido al mundo en forma de presencia institucional y de presencia en el ambiente, de un pueblo que ofrece un ambiente a la hora del cultivo de relaciones, una amistad cívica. Hace unos años había una polémica entre el catolicismo europeo, especialmente del sur de Europa, en Italia y España, sobre si era mejor ser católicos de la mediación o católicos de la presencia. Unos decían que era mejor que, como personas, cada cual se debía apuntar a una institución de la vida civil. Y otros decían que no, que es preferible poner en marcha, como pueblo, instituciones propias.

¿Es un debate falso?

Yo creo que es un debate falso. Una vez más, la dialéctica de los contrarios del tiempo moderno, que nos ha hecho decir tantas veces “o… o…” hay que sustituirla por una propuesta de superación de los contrarios, que no solo es decir “y… y…” de los dos que están opuestos, sino decir “y… y…” en la perspectiva de un tercero. Es el tercero el que tiene que hacer que el debate entre contrarios pueda superarse e incluso fecundarse y sumar aspectos de uno y otro.

Es lo que decía Bergoglio, primero como arzobispo y luego como Papa. La superación de los contrarios por elevación.

Eso es.

A veces da la sensación de que si los católicos no consiguen garantizar ciertos valores y libertades en la vida política o en la vida pública, están derrotados. Ante esta forma de comprender la presencia pública, ¿cómo responde la invitación de Francisco para abrir procesos y no ocupar espacios?

Lo decisivo para el papa Francisco es anunciar lo esencial para el cristiano, lo que él llama, con la gran tradición del cristiano, el kerygma, que es Dios te ama, Jesucristo te salva, Cristo vive y el Espíritu Santo te da la posibilidad de hacer eso vida en ti. Por eso creo que al papa Francisco le interesa que cada persona pueda ser escuchada, acogida, acompañada y desde ahí poder testimoniar la propia propuesta. El asunto está en cómo aprender a vivir la catolicidad del corazón. Es decir, cómo ser fieles, como personas y como pueblo, en la vivencia y en el testimonio de habernos encontrado con Jesucristo, y luego vivir esta propuesta, este anuncio, esta apertura acogiendo y acompañando a las personas como son, donde están y desde donde se encuentran, tratando de escuchar estas preguntas que están en su corazón. Frente a la idea de mirar a los demás como por encima del hombro, partimos de la convicción de que todos hemos salido de las manos de Dios. De alguna forma todos formamos parte de la familia de los hijos de Dios. Hoy desde el punto de vista del mundo global y de la ecología global es fácil escuchar a unos y otros hablar de la familia humana. ¿Qué es lo que ofrecemos los católicos? Que, tomando conciencia de que formamos parte de esa familia humana, nos sabemos hijos adoptivos o hijos adoptados en el cuerpo del Hijo Jesús, para ser signo e instrumento, en medio de la familia humana, de que es verdad.

¿No hay una agenda católica particular?

La particularidad de la agenda es el anuncio de Jesucristo y del encuentro con Él. Evidentemente, eso es algo que no hemos de esconder. He empezado diciendo que algunas de las cosas que nos pasan nos suceden por decir que da igual Jesucristo si compartimos con otros hombres y mujeres valores, progreso. Hay algo propio que tenemos que ofrecer, que es fundamentalmente este encuentro.

En este momento de fractura, ¿qué puede ofrecer la Iglesia en una sociedad catalana que evidentemente, por encima de las cuestiones políticas, necesita reconstruirse?

En el seno de la propia comunidad católica, en la que sin duda también hay católicos catalanes de diversas sensibilidades, el ejercicio de escucha mutua, de diálogo, de reconciliación, de ver realmente qué es lo esencial. Es necesario ayudarnos todos a situarnos en el camino histórico común recorrido, teniendo en cuenta que es muy grande, teniendo en cuenta los grandes desafíos del mundo global y de la UE. Lo fundamental es que como propio pueblo cristiano demos testimonio de pueblo reconciliado.

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