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16 DICIEMBRE 2019
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El medio ambiente no se puede quedar al margen

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  12 votos
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Se han llenado muchas páginas y muchas horas hablando de Greta Thunberg, pero conviene señalar cuánto nos cuesta entrar en materia en los temas ambientales que ella denuncia. Y cuánto oímos hablar de quién estaría detrás de esta joven sueca, más que de los problemas que señala. Se dedica mucha atención a valorar su figura sin que nada de eso sirva para profundizar en aquello de lo que habla.

No se puede negar que el tema ambiental es muy complejo. Resulta complicado, además de controvertido, comprender lo que los científicos, las instituciones, las empresas, los ciudadanos pueden hacer para frenar una situación tan alarmante, o para contener sus nefastas consecuencias.

Desde el deshielo que está causando la elevación del nivel del mar al aumento de la temperatura media de la Tierra, la devastación de grandes zonas de bosque provocando la desertificación, la contaminación del aire en las áreas urbanas e industriales, la reutilización de los residuos, la invasión del plástico en la cadena alimentaria, la aceleración de la extinción de especies vivas. Se piense lo que se piense sobre la responsabilidad de la acción humana, no se puede negar que existe un problema ambiental.

Si alguien no está convencido de que el calentamiento global dependa de la actividad humana, tampoco puede estar convencido de lo contrario. Fenómenos como el aumento de la temperatura y del CO2, ¿son cíclicos o indican un riesgo de colapso? No es poco lo que eso implica y los científicos llevan tiempo difundiendo mensajes alarmantes. Pero, como bloqueados en un eterno presente, la mayoría se desinteresa del futuro del planeta, como si el futuro fuera algo que no les afecta.

Sin embargo, hay una razón probablemente aún más profunda que, en esta época, pasa fácilmente a un segundo plano: la persona está hecha para la belleza y para la verdad, y nada lo atestigua como el arte y la naturaleza. Son tan importantes y esenciales como el pan y el agua. Pensemos en la consternación ante la destrucción de grandes obras como las Torres Gemelas (aparte de la tragedia que se cobró tres mil muertos), el escándalo ante el saqueo de una parte del patrimonio de la civilización como la Piedad de Miguel Ángel, el horror que causó a todos cuando el Isis empezó a destruir Palmira o cuando los talibanes destruyeron las estatuas de Buda en Afganistán.

Y si por cualquier motivo, esta conciencia se hiciera pasar por pagana, el magisterio de la Iglesia ya señaló hace tiempo que una “morada humana” es aquella en que se defiende a la naturaleza. Quien afirma el valor de la vida, desde su concepción hasta el último instante, por el mismo motivo no puede dejar de desear un mundo donde los bosques, los animales, el aire y el agua sean conservados como don del Creador. No puede dejar de considerar como barbarie cualquier ideología que lleve a no respetar el medio ambiente en nombre de un desarrollo económico, haciendo pagar el precio a los más pobres.

Esto no solo afecta a los países en vías de desarrollo. Por eso hay que tomar distancias de los extremismos, histerismos y modas, así como de las manipulaciones económicas y de poder, y ser, junto al papa Francisco, exponentes de un ambientalismo humanista.

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