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28 ENERO 2020
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Un proyecto común desde una historia común

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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Cuentan Anne Applebaum en su libro El telón de acero y Michael Burleigh en Causas sagradas, cómo la llegada de las tropas soviéticas a los países de Europa Oriental en 1944 no hizo sino poner en marcha un proceso más sistemático de creación de frentes populares con miras a conseguir la toma del poder por parte de los partidos comunistas y la formación de Estados-satélites de Moscú como medio para modelar la sociedad. Polonia, Alemania Oriental, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria…Con excepción de Yugoslavia y Albania –que impondrían un comunismo de corte propio–, todos y cada uno de ellos fueron cayendo en lo que el presidente Truman denominaría efecto dominó.

7 de mayo de 1945. Una Alemania que había sido galvanizada y organizada en un proyecto ideológico del Reich de los mil años se encuentra totalmente desarticulada y firma el armisticio que ponía fin a la II Guerra Mundial. El país se encontraba totalmente arruinado; y en los años posteriores se produce el éxodo de miles de personas al interior. Entretanto, en la Conferencia de Postdam, los aliados acuerdan la desnazificación de Alemania. El deseo de Roosevelt de congraciarse con Stalin –y que tanto exasperaba a Winston Churchill– resultó un error de consecuencias incalculables. Pronto toda la Europa del Este caería en manos soviéticas.

7 de octubre de 1949. Tras la crisis de Berlín –que obligó a los soviéticos a levantar el bloqueo– y el control de los partidos por parte del Partido Socialista Unificado (SED), la proclamación de la República Democrática Alemana (Deutsche Demokratischen Republik –DDR o RDA–) como nación soberana es el inicio de un proceso más amplio de división de Europa en dos bloques y del inicio de la Guerra Fría. Se consolida el proceso de totalitarismo de situar al Partido por encima del Estado, cuyos órganos se limitarán a aprobar y ejecutar las resoluciones del SED. En 1950, Walter Ulbricht será elegido secretario general y dirigirá los destinos del país hasta su sustitución por Erich Honecker en 1971. Parecía que la puesta en marcha del nuevo experimento político-ideológico de carácter utópico resultaría sencilla.

17 de junio de 1953. Tras la muerte de Stalin, parecía que Moscú emprendería un cierto cambio de rumbo. En la RDA se da un Nuevo Curso a la política económica, para dar más peso a los bienes de consumo. Sin embargo, el aumento de las cuotas de producción provoca un levantamiento en Berlín Este, aplastado por la Volkspolizei y los soviéticos. Sería el preludio de lo que iba a suceder en Hungría tres años después. La DDR crearía su propio Ejército Nacional y se integraría en el Pacto de Varsovia.

13 de agosto de 1961. La Guerra Fría se aproxima al momento más álgido –con la crisis de los misiles de Cuba– y Khruschev decide tensar la cuerda jugando la baza de Berlín. Walter Ulbricht, cuya doctrina de no aproximarse a Alemania Occidental encerraría a la DDR en sí misma, ordena la construcción en secreto de un Muro que partiría a Alemania en dos. Funcionarios y empleados de la Stasi y miembros del Nationale Volksarmee (Ejército Popular Nacional) acordonan el perímetro que dividía a Berlín Oriental de Berlín Occidental y comienzan a consumar la separación física, política y económica de Alemania.

La construcción de una sociedad férrea en base al control del pensamiento, la búsqueda de una legitimación mediante una identidad ideológica basada en la lucha de clases –en clara ruptura con la tradición histórica de Alemania–, la creación de un Ministerio para la Seguridad del Estado –Ministerium für Staatssicherheit– tristemente conocida como Stasi, no fueron capaces de ocultar la realidad de un país cuyos precios y salarios estaban establecidos por el Estado, y que era un hecho que cada vez más personas abandonaban la RDA en busca de un futuro mejor. Hacer como que la RFA no existiera no era sostenible, por eso el Acuerdo de los Cuatro Poderes sobre Berlín que se firmó en 1971 y el Tratado básico con Alemania Occidental, en 1972, era un reconocimiento mutuo del otro. Alemania Occidental, con sus libertades y su desarrollo, también comenzaba a entender que una política de bloques no conducía a nada.

Años de ideología y de control político y social no pudieron evitar que en los años 70 y 80 comenzase a crecer la disidencia en el interior, aunque el régimen se aferraba al alineamiento con la política soviética, la fuerza de los movimientos de Solidarnosç en Polonia, la Carta 77 de Checoslovaquia, el apoyo de Juan Pablo II,  la política de Reagan, la llegada de Gorbachov, y la crisis económica que aquejaba al país, comenzaba a ser un torbellino de realidad que iba a engullir a la RDA por dentro. Las protestas cada vez más numerosas y frecuentes en Dresde y Leipzig, la acción de los grupos de disidencia organizados –algunos en torno a las iglesias–, la entrada de miles de personas procedentes de la RDA a Occidente a través de Hungría y Checoslovaquia, llevaron al colapso inevitable del 9 de noviembre de 1989.

La historia de la división de Alemania –y de Europa– en dos bloques ha sido traumática, no sólo a nivel geopolítico, sino, fundamentalmente, en la vida de las personas. Pero también ha conllevado un proceso de reconstrucción. Hacía falta que despertase la sociedad y que avivase el deseo de libertad para que se tambaleasen los cimientos de un Estado construido sobre el miedo. Hacía falta también que surgieran sujetos a la altura de su humanidad como Juan Pablo II, Vaclav Havel o Lech Walesa, y la de miles de personas anónimas que no se conformaron con las promesas de un paraíso en la tierra ofrecido desde el poder para que Occidente se diera cuenta de lo que estaba en juego: Konrad Adenauer, Schumann, Monnet y todos los que participaron en la puesta en marcha de la Comunidad Europea.

Ciertamente, la caída del Muro fue entendida en Occidente en clave eufórica. Fukuyama habló de un fin de la historia, y era algo extendido que el capitalismo era el único sistema económico viable porque garantizaría la libertad y, por ende, el desarrollo económico. En Europa, la izquierda sufrió transformaciones ideológicas: el eurocomunismo se orientó más hacia el mundo occidental, la socialdemocracia aportó su grano de arena a la construcción europea; y la derecha se lanzó a la defensa a ultranza del libre mercado.

Nadie tuvo en cuenta lo que decían, proféticamente, Juan Pablo II, Vaclav Havel, Alexandr Solzhenitsyn, cuando alertaban sobre las consecuencias de una libertad entendida como ausencia de límites y de vínculos. En su encíclica Centessimus Annus, Wojtyla constataba los errores del llamado socialismo real y también alertaba de los fenómenos de marginación y explotación que se estaban dando en el Tercer Mundo, los desastres ecológicos, el consumismo desenfrenado, poniendo sobre el tapete la necesidad de tener en cuenta la dimensión social del ser humano y su carácter relacional.

Hoy en día, estamos en un contexto muy diferente, en el que ya han desaparecido los bloques de la Guerra Fría, y hemos visto las consecuencias de aquella euforia: a un poder visible, ejercido desde un aparato impersonal –aunque claramente identificado– le ha sustituido un poder igualmente, o más, impersonal de la mano invisible de gigantescas empresas que operan en el mercado (piénsese, por ejemplo, en Google, Apple, Microsoft, Facebook, Huawei…, que están directamente implicadas en el fenómeno del Big Data, por cuanto a que manejan un volumen de datos personales enormemente superior al que la Stasi, la KGB o la Securitate manejaban); un contexto geopolítico globalizado (el terrorismo islámico, el ISIS, la presencia de China como otro actor relevante…), una economía mundial que ha sufrido varias crisis económicas –la última, en 2008, ha sentido sus ecos en 2019–, un cansancio social y político; y un deterioro medioambiental, tan señalado por el Papa Francisco, en clara sintonía con la Centessimus Annus.

Debemos, pues, volver a reformularnos esta pregunta: libertad, ¿para qué?, y ver qué es lo que nuestra experiencia nos dice: si entender la libertad económica, social, política y, en primer término, personal, como pretexto para tomar decisiones según mi capricho, mis intereses, mis gustos, mis ideas…o como posibilidad de construirme al elegir el bien, al apostar por una medida más grande que mi propio horizonte, al contribuir a defender la libertad y el bien de todos, al encontrarme con otros que no piensan como yo, al no quedarme indiferente frente a las injusticias ajenas, y tantas otras implicaciones de mi ser social con otros. Debemos ser muy cuidadosos a la hora de interpretar que los tiempos del comunismo son iguales que los de ahora: ciertos enfoques sobre el género o la ecología son expresión de un liberalismo político-social –orientado más a la izquierda–, muy relacionado con identidades diseñadas por el mercado.

Por eso, la caída del Muro constituye un acontecimiento, una memoria viva no sólo del pueblo alemán, sino de la construcción europea. En los años en que imperó el régimen de las democracias populares en Europa del Este, también Europa Occidental miraba con el rabillo del ojo al otro lado. Porque nadie, con una mínima sensibilidad, podía aceptar la existencia de la división. La reunificación de Alemania en 1990, con todos sus problemas, fue fruto de un pueblo que habló con una sola voz e hizo más Europa; puso a toda Alemania en el corazón de Europa. Esto es memoria histórica: la de un pueblo que construye, que supera las divisiones, que perdona y pide perdón. Memoria de un proyecto común porque hubo una historia europea común.

Que, en España, los políticos no hayan hecho mención alguna a un acontecimiento de envergadura como éste no es de extrañar: nosotros, como sociedad, tampoco hemos estado a la altura de las circunstancias. Porque parece que hayamos abandonado el anhelo de una historia común. Construimos nuestro relato. Vivimos a nuestro aire.

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