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7 DICIEMBRE 2019
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El cuadro que deja el 10-N

Miguel García García-Revillo | 0 comentarios valoración: 3  18 votos
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Salvo las de Tezanos, las encuestas han acertado estos meses de atrás en averiguar las tendencias en el voto de los españoles. También han acertado en el resultado electoral, en líneas generales. Hace unos dos meses marcaban una tendencia distinta, según la cual, en unas nuevas elecciones, el PSOE engulliría a Podemos y el PP se comería a Vox y a parte de Ciudadanos, que ya había certificado su suicidio político con tanto bandazo. Ese era el panorama real entonces. No se equivocaban Sánchez y Casado cuando veían en unas nuevas elecciones un retorno al bipartidismo. Se equivocaron después, al poner en marcha sus maquinarias electorales para conseguir el poder, lo único que parece interesarles desde hace décadas. Su desconexión con la sociedad es muy grande y, por la lectura que han hecho de los resultados, parece que va a más.

Sánchez ha fracasado fundamentalmente por sacar a pasear el cadáver de Franco mientras dejaba a los violentos hacerse con las calles de Cataluña en la peor crisis institucional sufrida por España desde el golpe separatista del 1 de octubre. Desenterrar a Franco, humillando a su familia, no le ha dado ni un voto por la izquierda y le ha dado muchos votos a Vox sin descontárselos al PP, como pretendía. El votante de izquierdas está harto de que le quieran azuzar contra la derecha sacando a pasear los odios generados en una guerra del siglo pasado y una dictadura terminada hace más de 40 años. La izquierda social quiere política, valores, protección social a los enfermos, a los viejos, a los marginados, quiere trabajo, y la izquierda política sólo le habla de Franco. La izquierda social, como la derecha social, quiere también a España, sufriendo como cualquier español la humillación de ver que los violentos se hacen con Cataluña mientras su Gobierno no hace nada, que se insulta y se calumnia a nuestro país y a sus soldados y policías, entregándoles para que los linchen, mientras se afirma cínicamente que se puede dar un paseo con toda normalidad por el centro de Barcelona. Para esto, mejor quedarse en casa y que la casta política se las apañe por sí sola en su lucha por el poder y los privilegios que conlleva. Eso, en mi opinión, es lo que han pensado miles de votantes de izquierda y centro-izquierda en España.

El PP, por su parte, ha fracasado en su intento de recuperar el voto perdido a izquierda y derecha. Ha recogido algunos votos (no muchos) del derrumbe de C’s, pero está lejísimos de sus resultados electorales de hace apenas unos años. Mucho de este claro fracaso (a pesar de las apariencias) se debe a su disparatada lectura de los resultados electorales del pasado abril. Sus complejos ante la autoproclamada superioridad ideológica de los autodenominados “progresistas”, unida a su paulatina desideologización, ya desde los tiempos de Aznar, le llevó a asumir con docilidad las conclusiones de muchos medios y tertulianos de izquierdas, según los cuales el partido de Pablo Casado habría perdido las elecciones y a gran parte de su electorado porque había abandonado el centro y la moderación, cuando lo que había perdido era la derecha y la credibilidad. Esa lectura, completamente apartada de la realidad, le llevó a dar un nuevo bandazo y abandonar la firmeza en la defensa de la unidad española y de la Constitución para dar una imagen de buen progresista, al gusto de su adversario político y de los muchos medios que apoyan a éste. Hace dos meses, las encuestas indicaban que el voto liberal-conservador se concentraría en el PP en detrimento de Vox, que perdería una parte importante de su electorado a causa del voto útil. Dos meses después, su bandazo ideológico y su debilidad frente a la coherencia en el discurso de Vox han provocado que, como sucede con el PSOE, miles de votantes dejen de creerles y opten por una formación que transmite ilusión y fe en lo que hace. Aunque se diga poco, PSOE y PP son también los derrotados en estas elecciones. No se han dado el histórico batacazo de C's, pero han fracasado en la recuperación de un bipartidismo en el que se movían habitualmente entre 140 y 180 escaños.

El gran triunfador de estas elecciones ha sido Vox sencillamente porque cree en lo que dice y, aunque hace afirmaciones conflictivas, también dice otras cosas que conectan con millones de españoles, de izquierdas y de derechas. Y no es un partido de ultraderecha, aunque los medios de la “progresía” y gran parte de los medios extranjeros (bastante mal informados) se empeñen en ello. Todo eso lo dejó ver inteligentemente Abascal el día del debate electoral (que ganó) y eso le dio un importante empujón hacia arriba en la semana decisiva. Vox no es un partido de extrema derecha (salvo para la extrema izquierda). Es un partido conservador, muy conservador si se quiere (de la “derechona”, que diría Alfonso Guerra) pero no va más lejos. Que se hayan alojado en esa formación algunos votantes de extrema derecha (que tenía ya muy pocos votos en España) y muchos votantes de derechas sin más, sin extremos, no cambia su vocación de juego democrático dentro del sistema. En el Reino Unido gobiernan con frecuencia (y sin complejos) los conservadores desde hace muchos años y, como no cambien las cosas, en España lo harán un día los conservadores de Vox si se desprenden de algunos aspectos conflictivos de su discurso y el PP sigue en su ruta suicida hacia la pérdida de valores la lucha por el poder (y sus privilegios) como un fin en sí mismo.

El que ha pasado del cielo al infierno de la política es Ciudadanos, dimisión de su líder incluida, tras un monumental batacazo electoral a la altura del histórico batacazo de la UCD en los años 80. C's fue la ilusión de miles de españoles por su perfil de formación de personas independientes, con carrera y trabajo fuera de la política, unidos a políticos de prestigio de izquierda y derecha, en torno a un proyecto de centro, una tercera vía a medio camino entre la socialdemocracia moderna y el liberalismo social. Y además, con una plataforma inmejorable, al proceder de Cataluña, donde llegaron a triunfar con un discurso coherente, de valiente defensa de los derechos de los ciudadanos catalanes frente al atropello permanente del supremacismo separatista. Hace dos o tres elecciones (son tantas ya...) eran los favoritos en las encuestas electorales, que indicaban un cuádruple empate con Podemos (entonces también en la cresta de la ola mediática y política), PSOE y PP. Ese discurso y trayectoria triunfante duró poco tras los bandazos y ocurrencias preelectorales de sus líderes y, sobre todo, tras el contacto con el poder real que dan los muchos diputados autonómicos y nacionales conseguidos. Los valores ideológicos del centro y la ausencia de manchas de corrupción fueron remplazados hace tiempo por el marketing político y la lucha por el poder en sí mismo, por una sucesión de eslóganes ("la nueva y vieja política", los aforamientos, las diputaciones...), giros bruscos de timón (ahora voto a Sánchez, ahora lo rechazo, ahora reniego de Rajoy, ahora le apoyo) y “gatillazos” (no presentarse a la investidura en Cataluña, a pesar de haber ganado las elecciones, después de haber puesto a "caldo" a Rajoy por dar su célebre "paso atrás") que lo han convertido en una oferta muy poco fiable. Más de lo mismo, pero con menos estructura y mucho adanismo. Para eso, mejor retornar al PP o al PSOE, o incluso quedarse en casa a rumiar la decepción, han pensado sus votantes. Hace años UPyD se hundió tras rechazar la oferta de C's de ir unidos a las elecciones. Hoy C's se hunde tras rechazar la oferta del PP de ir juntos a esta convocatoria electoral. ¿Casualidad? No lo creo.

El cuarto jinete de este apocalipsis ético-político es Podemos. En muy pocos años ha pasado de ser la esperanza de la izquierda española y del movimiento "indignado" a ser casi irrelevante. Muchos de sus votantes han vuelto al PSOE como mal menor y muchos otros, decepcionados, se han quedado en casa. Las peleas internas, el apoyo al discurso-borroka de los separatistas, poniendo en cuestión la democracia española y la defensa de la ley en Cataluña y, sobre todo, la incoherencia de sus líderes, simbolizada en el chalet de lujo de Pablo Iglesias e Irene Montero en una zona exclusiva de alto standing de Madrid, ha provocado una profunda desilusión en quienes ingenuamente habían creído en Pablo Iglesias como un nuevo mesías de la política española. Ambos, C's y Podemos, se apoyaron para su ascenso en líderes con tirón mediático y un discurso ilusionante. Los bandazos e incoherencias de uno y otro les han arrastrado en una caída hacia el abismo del fracaso político.

Los separatistas catalanes (y en parte el nacionalismo vasco) se han quedado más o menos como estaban, trasvasándose algunos votos entre ellos. Sin embargo, están en un callejón sin salida, donde se metieron solos al apoyar-protagonizar un golpe de Estado contra un Estado democrático. Nadie fuera de España les apoya ni les hace caso. Ahora, por primera vez, es muy probable que tampoco se necesite su apoyo en el Congreso de los Diputados en la propia España.

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