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10 ABRIL 2020
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Hovsep, muerto por amar hasta al último terrorista del Daesh

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
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La semana pasada murieron, en un atentado del Isis, el padre Hovsep Petoyan, sacerdote armenio, y su padre Abraham. Estaban de paso por Siria para inspeccionar los trabajos de restauración de la iglesia de Deir ez-Zor cuando su coche fue acribillado en una emboscada que acabó con la vida de ambos e hirió a un tercero, el diácono Fati Sano. Tras el suceso, el Daesh difundió un comunicado señalando ese homicidio como una victoria para el cada vez más débil califato islámico.

¿Pero por qué es una victoria asesinar a un sacerdote? El sacerdote es la encarnación del hecho de que –en medio de todas las calamidades y tormentos de la naturaleza humana– verdaderamente se puede vivir de Cristo, que realmente solo Él basta para saciar al corazón humano. Ridiculizar a los sacerdotes, humillarlos, no es más que un modo de decir que el cristianismo, en el fondo, es una mentira. El sacerdote es el signo más potente de la novedad de vida que Cristo ha traído al mundo. Como un casado, vive en el tiempo; como un consagrado, no pertenece al tiempo; como célibe, vive el amor preferencial de Dios dentro de mil contradicciones; como pastor, profeta y rey, está llamado a ejercer el poder como servicio para la felicidad del prójimo y de la comunidad entera.

El Daesh intuye que, matando a un sacerdote, hiere mortalmente a una parte del corazón del cristianismo. Sobre todo en una tierra donde la Iglesia ha aprendido a no constituirse como parte política en el seno del debate interno de la nación y de la guerra civil, sino a ser signo de misericordia y preferencia para todos, más allá de las estrategias y los bandos internacionales.

Matar al padre Hovsep significaba matar la posibilidad misma de una paz que no naciera de la victoria de alguien sino del encuentro entre todos.

Por tanto, nos llegan importantes lecciones de la periferia del mundo, de un contexto de conflictos y ambigüedades que devuelve, como suele suceder, a los creyentes a lo que es esencial. Es decir, a conservar el potente signo del sacerdocio, sin perseguir mundanización alguna, como mensaje y profecía para todo hombre, casado o en búsqueda, ordenado o desordenado, tanto en el bien como en el afecto. Preservar el sacerdocio es volver a anunciar en la carne la victoria de Cristo sobre el mundo. Y concebir a la Iglesia como madre de los hombres y no como lobby que defiende algunos de sus principales intereses, conscientes de que su tarea no es gobernar o afirmar mediante la ley lo que es fruto de la fe, sino contribuir a hacer más humano el mundo y al último terrorista de esta tierra.

En definitiva, la Iglesia nunca está con alguien o contra alguien, sino al lado de todos, en un reclamo incesante a aceptar la victoria de la cruz, que es una aparente derrota en nombre del amor. El padre Hovsep testimoniaba todo esto, toda esa irreductibilidad de la fe y del cristianismo. Y por eso lo mataron.

Pero ni siquiera en la muerte, estos bárbaros asesinos han podido sustraerse al juego de Dios, que ha permitido que Hovsep viviera este horror con su propio padre, muriendo como un hijo. Un padre con un nombre impresionante: Abraham. Como ese Abrahán que, padre de las tres grandes religiones monoteístas que hoy habitan Oriente Medio, parece llamarnos a todos a una pertenencia común que nos haga decir que, creyendo matar a un enemigo, los señores del califato han acabado matando a un hermano. Presente en esas tierras para dar su vida por muchos. Exactamente igual que sucede desde siempre, exactamente igual que sucede en una vieja historia. De hace mucho tiempo, o de la semana pasada.

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