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6 DICIEMBRE 2019
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Frente a polarización, amistad cívica

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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Incertidumbre: ésa sería la nota que caracterizaría la realidad política, económica y social de nuestro país desde que en el año 2015 se celebraron las elecciones generales que dieron la mayoría al Partido Popular. No puede hablarse ya de mayorías suficientes que proporcionen estabilidad, como tampoco puede hablarse de estabilidad económica –con una crisis que se nos viene encima–, ni mucho menos social –crisis en Cataluña, polarización social también en el resto de España–. No está escrito, ni mucho menos, que pueda haber un Gobierno investido en diciembre. Polarización en lo político.

Polarización también en lo social; también es un hecho. Un ejemplo significativo ha sido la polémica derivada de las declaraciones de la ministra de Educación y Formación Profesional, en la que venía a afirmar que no existía, stricto sensu, un derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos e invocaba algunos pronunciamientos del Tribunal Constitucional acerca de una ley que no llegó a aplicarse. Sectores de la enseñanza concertada parecen haber desenterrado el hacha de guerra y la Conferencia Episcopal ha entrado en el ruedo del debate. Parece haber comenzado una batalla por ver quién gana, qué relato es el que va a prevalecer.

En su libro La promesa de la política, Hannah Arendt señala que la política viene a ser el mundo realmente propio del hombre, entendida como el conjunto de condiciones con arreglo a las cuales hombres y mujeres –en su pluralidad y en su distinción unos de otros– viven juntos y se acercan para conversar con una libertad que solamente ellos pueden otorgar y garantizarse mutuamente. Según la pensadora, sólo en la libertad de nuestro conversar unos con otros es como emerge el mundo, como realidad objetiva y poliédrica. La experiencia del mundo y la conversación son componentes inseparables; es la libertad para interactuar, mediante el discurso, y su confrontación con otros donde experimentamos, al tiempo, la pluralidad del hombre y nuestro ser únicos

¿Cómo articular esta dinámica? Para Hannah Arendt, es la amistad política la que hace posible el diálogo veraz y entender la verdad inherente a la opinión del otro. Porque el amigo comprende cómo y en qué condiciones el mundo común se aparece al otro. En suma, hace posible la simpatía, ver el mundo desde el punto de vista del otro (o, como actualmente se dice, ponerse en el punto de vista del otro) es lo que constituye el conocimiento político por excelencia. Por eso, la virtud más quintaesencial de un verdadero hombre de Estado es comprender el mayor número posible de realidades (no tanto puntos de vista subjetivos, que también), tal y como ellas se muestran en las opiniones de los ciudadanos y, a la vez, ser capaz de conectar a sus propios ciudadanos con sus opiniones, de forma que se haga evidente lo común. Porque sólo al hablar con los otros sobre el mundo tal como se me muestra es como surge lo común a nosotros.

Esta amistad, pues, que consiste, en gran medida, en hablar de aquello que se tiene en común con el otro y que, precisamente, hace que sea más común, si parte de la estima por el otro, se desarrolla a través del tiempo y de la vida, y comienza a generar un mundo compartido, que resulta ser un descanso en estos tiempos en los que muchos de los que hablan de libertad, en realidad quieren un mundo de competición intensa y sin descanso del todos contra todos, que subyace en muchos de los postulados de la cacareada cultura de la excelencia.

No hay que indagar mucho para constatar la parálisis en la que estamos. Las relaciones de hoy se han convertido en una respuesta de seguridad ante la inseguridad –más bien, el miedo– de estar solos (olvidamos que en la soledad también es posible el diálogo conmigo mismo, la amistad que se articula en el dos-en-uno –el yo y el mí mismo–), la unión de conjuntos se ha desgajado y las identidades se han vuelto autorreferenciales. Por eso, los debates políticos televisados y los del día a día parecen haberse convertido en diálogos de sordos, porque no existe el más mínimo esfuerzo por hacer explícitas las razones propias ni por entender las del otro. Es como si fueran dos mundos distintos los que colisionasen entre sí. El resultado es la nada.

Ahora es el relato de la lucha por la libertad de educación frente al Estado, el que vuelve a ser esgrimido en un debate mal resuelto porque falta conversación y falta responsabilidad. Por eso, toda esta polémica, generada por contraposición de visiones ideológicas torpes –y la de tantas otras– no hace sino volver a reflejar el miedo y el agotamiento cultural que tenemos en nuestro país desde hace años, del que nadie (sea educación pública, privada, concertada o el mundo universitario) es capaz de sustraerse. Para entender una cuestión como ésta, y tantas otras, habría que empezar a despojarnos, de una vez por todas, de relatos interesados, y de descubrir qué significa, por ejemplo, la libertad de educar, su contenido existencial, político y jurídico. Porque todo derecho conlleva una contrapartida, la responsabilidad ante la sociedad.

Quizá si prestamos la misma atención a los grandes desafíos de la cuestión social, puestos de nuevo sobre el tapete en el Informe España 2019, elaborado por la Universidad de Comillas, podamos encontrarnos y poder volver a recuperar la conversación necesaria para poder construir. Y es que lo que nos ha sucedido es que hemos huido al desierto, nos hemos enajenado respecto del mundo. Cabe preguntarse qué quiere decirse exactamente cuando se pide al Estado que no interfiera en la iniciativa social: ¿que apoye realmente o que me deje hacer lo que quiera? Mucho de lo que hay detrás de la tan manida palabra de subsidiariedad, en el fondo, esconde esta enajenación creciente de la cuestión social; es decir de la polis.

En esto creo que los católicos estamos en posición idónea para caer en estos riesgos del vacío indeterminado, en el que nada nos rodea ni nos identifica en nuestra individualidad. Y, sin embargo, nuestro principal activo es la contribución que hagamos para la mejora de la vida social, como punto de partida para una vida buena. Tendremos que grabarnos a fuego que la libertas Ecclesiae que exigimos debe ser un hecho previamente vivido y celebrado, lo que implica abandonar la pretensión de identificar exclusivamente las consecuencias del contenido de la fe con la opción política liberal, precisamente, hoy en día, en un contexto en que el liberalismo ha de ser repensado-. Tal libertad implica el pluralismo en el compromiso social y político del cristiano. Y aquí estamos aún a años luz, porque seguimos haciendo de la cuestión identitaria un elemento férreo. La Iglesia en salida significa este vivir la amistad cívica con nuestros conciudadanos, lo que implica tomarse en serio urgentemente la cuestión social y abandonar ciertos discursos y relatos que, al no confrontarse con la realidad, alimentan la polarización. Por la cuenta que nos tiene.

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