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20 SEPTIEMBRE 2020
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El filósofo del pueblo

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
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Han pasado diez años desde que murió Alberto Methol Ferré (1929-2009), uruguayo de Montevideo, uno de los mayores, si no el mayor, de los intelectuales católicos latinoamericanos contemporáneos. Fundador de revistas como «Nexo» (1955) o «Víspera» (1967), consultor del Celam, la Conferencia Episcopal Latinoamericana, fue autor de numerosos libros y ensayos.

En 2006, el periodista Alver Metalli publicó una entrevista que le hizo en un volumen titulado “El Papa y el filósofo”, con un subtítulos que sentaba una premisa: “Jorge Mario Bergoglio y Alberto Methol Ferré: afinidades electivas de un Papa y de un filósofo del Río de la Plata”. Allí el entrevistador reconstruye de manera precisa las etapas de una relación personal e ideal entre el joven Jorge Mario Bergoglio, responsable de los jesuitas argentinos y luego arzobispo de Buenos Aires, y el intelectual católico uruguayo. Ambos compartían la estima por el jesuita francés Gaston Fessard, por una visión del catolicismo entendido como ‘coincidentia oppositorum’.

Por un lado, a Bergoglio le llamaba la atención la mirada “histórica” de Methol, su capacidad para delinear grandes escenarios geopolíticos y espirituales, y por otro, su pasión por la Iglesia encarnada en los pliegues de la historia, una Iglesia “popular”, no subalterna a los designios hegemónicos de las potencias mundiales y las élites secularizadas. La cercanía, suya y de Methol Ferré, a la “teología del pueblo” de la Escuela del Río de la Plata, la versión argentina, no marxista, de la teología de la liberación de Lucio Gera, Gerardo Farrel, Juan Carlos Scannone, autores sensibles a los temas de la religiosidad popular los pobres, la cultura y la historia latinoamericana. Temas también muy queridos para Bergoglio, que encontraba en Methol a un autor que “nos ayudaba a pensar”. En la entrevista todo eso emerge con gran evidencia. Su mirada a la realidad, su atención a las respuestas que el momento actual exige a la fe, la relación entre la posición cristiana y la modernidad, son otros puntos que documentan un pensamiento “católico” raro. Raro en América Latina y en Europa.

El primer punto es que el pensamiento cristiano, si quiere serlo, arraigado por tanto en la Encarnación, no puede ser sino histórico. En esto, Methol aceptaba totalmente el desafío del pensamiento laico según el cual, frente a la pérdida de la propia historia del pensamiento católico moderno, la superioridad de una perspectiva se demuestra en su capacidad para interpretar la historia. Sus modelos eran tres politólogos americanos y un filósofo italiano: Francis Fukuyama, Samuel Huntington, Zbigniew Brzeziński y Augusto Del Noce.

Pensar la historia es pensarla “católicamente” como totalidad, como sinergia de pueblos y Estados, como dislocación mundial de la Iglesia. Este horizonte global, y este es el segundo punto, se comprende en la óptica de un realismo histórico al que sería más oportuno llamar ideal-realismo. El factor ideal se inserta en los movimientos reales, tiene en cuenta poderes reales. Eso significa que tanto la política como la Iglesia deben medir no solo ideales, o ideologías, sino también el equilibrio entre las potencias. De ahí su compromiso, siempre, por la unidad, también económica (Mercosur), de América Latina para frenar el exceso de poder de los EE.UU. Una confederación de Estados de América del Sur fundada en el equilibrio entre los países hispanos, guiados por Argentina, y el gigante de lengua portuguesa, Brasil. Algo que también beneficiaría a la Iglesia católico.

El ideal-realismo, tercer punto del pensamiento de Methol, se mueve en la tensión entre lo particular y lo universal, entre las naciones y las confederaciones entre Estados, entre los Estados y los pueblos. Eso le lleva a privilegiar a los gobiernos nacional-populares pero no al populismo nacionalista. El popularismo, cuarto punto, debe encontrarse con el liberalismo, no con el de la derecha económico-política sino el auténtico, el de los derechos y las libertades. Methol, que perdió su empleo por oponerse a la dictadura militar en Uruguay, sabía esto muy bien. El modelo que proponía era el de la democracia cristiana, un paradigma que encontraba a su autor de referencia en Maritain, quien permitió a los católicos latinoamericanos comprender el valor de la democracia moderna liberándoles de sugestiones integristas y reaccionarias.

La reflexión de Methol convergía así, llegamos al quinto punto, teológicamente el más relevante, en puntualizar la importancia del Vaticano II como el que resolvió el contraste entre cristianismo y modernidad. Las páginas de la entrevista con Metalli dedicadas al Concilio son de las más luminosas de todo el texto. En ellas emerge claramente la original postura de Methol Ferré, el espesor de un pensador católico que comprende muy bien que el Concilio permitió a los católicos habitar en la modernidad, valorando las “verdades locas”, como decía uno de sus autores preferidos, Chesterton, sin ceder a las ideologías modernistas. Él decía que “con el Concilio, la Iglesia trasciende tanto la reforma protestante como la Ilustración secular. Las supera, en el sentido que asume lo mejor de una y de otra. Podemos también decirlo así: recrea una nueva reforma y una nueva Ilustración, que eran además las dos grandes cuestiones que habían quedado sin resolver, con las que nunca se habían cerrado verdaderamente las cuentas. Con el Concilio, la reforma y la Ilustración se vuelven, finalmente, algo del pasado, pierden sustancia y razón de ser, y realizan lo mejor de sí mismas en la intimidad católica de la Iglesia. La Iglesia, al asimilarlas, las anula como adversarias y recoge su potencia constructiva”. Es la misma perspectiva que sostiene la lectura de la relación entre cristianismo y modernidad realizada por Joseph Ratzinger, como teólogo y como papa, en diversas ocasiones. Una perspectiva que explica la sintonía de Methol Ferrè con Benedicto XVI. Methol, que se nos fue en 2009, no podía prever que su amigo Bergoglio llegaría a Papa. En él habría encontrado, sin duda y con gran alegría, la realización, en el corazón de la Iglesia, de esos ideales que le guiaron durante toda su vida.

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