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1 OCTUBRE 2020
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Abolido el secreto pontificio. La verdad se ama, no se teme

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
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Las denuncias, los procedimientos y las decisiones internas de la Iglesia inherentes a las causas relacionadas con el abuso de menores ya no estarán cubiertas por el secreto pontificio. La histórica decisión del papa Francisco ha llegado el día de su 83 cumpleaños y marca otro punto de no retorno en la política de la transparencia emprendida por el pontífice sobre un tema que ha marcado profundamente la percepción de la Iglesia entre la gente en estos primeros veinte años del siglo XXI.

Pero detrás de la noticia hay algo más. No mera conspiración, como pretenden ciertos comentaristas incapaces de leer en profundidad las decisiones del Papa, sino –una vez más– una tensión educativa, un deseo de indicar un camino para la experiencia de fe de cada uno.

Para entender el nivel en que se sitúa esta decisión del Papa hay que dar un paso atrás y preguntarse por qué la Iglesia se “inventó” el secreto pontificio. Este nace de la convicción de que existen cosas que solo deben tratar aquellos que viven un juicio que brota de la fe. La Iglesia no puede permitir a cualquiera acercarse a cuestiones delicadas que merecen una mirada que no es merca empatía humana sino el deseo de reconocer –hasta en el caso más oscuro– la impronta del Espíritu. La Iglesia pide silencio para proteger, respectar y dar dignidad a cosas que, de otro modo, podrían abordarse como si se tratara de cotilleos cuando en cambio hablan de grandes dramas y heridas.

Pues bien, este secreto pontificio –que nació para custodiar la mirada de Cristo hacia la realidad– se ha utilizado bastante en el pasado reciente como instrumento de poder y de obstrucción a la justicia humana en cuestiones consideradas propias de una casta que se autojuzga y autoprocesa.

Esta es la revolución –la enésima– que el Papa lleva a cabo: suprimir una medida que nació para perseguir una forma de caridad desde la esfera del poder, del abuso y la violencia. Es como si el Papa nos obligara a preguntarnos si los usos y costumbres con que abordamos cuestiones delicadas e importantes en nuestras comunidades son usos y costumbres al servicio de la verdad, a beneficio de la caridad, o no son más que formas ostentosas de preservar el poder y de obstinada dilación de un juicio claro sobre lo que ha sucedido –y sigue sucediendo– dentro de la vida de la Iglesia.

Francisco nos invita a no tener nada que esconder, nada que defender, nada que considerar superior a la justicia de los hombres, devolviendo la confianza en la humanidad y confiando a esa misma humanidad que los abusos han herido la responsabilidad de emitir un juicio justo y aclarar cómo ni siquiera dentro de la Iglesia se ha escuchado su propio grito.

De hecho, con el secreto pontificio muchísimas víctimas no sabían siquiera los procedimientos –a veces más graves y duros que los civiles– que la Iglesia había aplicado a sus verdugos. Todo quedaba envuelto en un silencio que no animaba a pedir el amor de Cristo sino que abría paso a los malos pensamientos, a las insinuaciones y a una percepción de la Iglesia como casa y fortín inaccesible.

De este modo, pocos días antes de Navidad, Bergoglio ha querido hacernos otro regalo, el regalo de ser un poco más libres incluso de aquello que nos protege, de los procedimientos que hemos establecido, preguntando a cada uno de nosotros si nuestro modo de vivir las dinámicas de la comunidad nos abre al encuentro con Cristo o si –más bien– no se dirigirá simplemente a perpetrar lo que ya hemos decidido como verdadero y justo. Nuestro poder, nuestra posesión, nuestra manera de sustraernos al seguimiento sencillo de Alguien que nace para nosotros y que nos quiere totalmente libres. Todos auténticamente disponibles para mirar cara a cara a la Verdad.

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