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28 ENERO 2020
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Oriente Medio se queda sin agua

Martino Diez | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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¿A Oriente Medio llegará antes la reforma teológica o la política? ¿Importa más el paradigma de la modernización autoritaria o el cambio social desde abajo? ¿Los movimientos islamistas se pueden integrar plenamente en el juego democrático? La primera vez que oí estas preguntas estaba empezando a estudiar árabe, hace veinte años, y las sigo escuchando, tal cual. Pero hay un fenómeno que podría transformarlas hasta el punto de hacerlas obsoletas, al menos en su formulación actual. Ese fenómeno se llama crisis ecológica.

La crisis ecológica es un concepto más amplio que el fenómeno del calentamiento global que hoy ocupa los puestos de honor en los informativos. Designa la destrucción del ambiente natural a causa de la explotación excesiva, mala gestión, comportamientos irresponsables, guerras y conflictos. Reducción de los recursos hídricos, desertificación, construcción salvaje, incapacidad para eliminar residuos, son algunas de las formas más habituales de presentarse.

El calentamiento global es un aspecto de la crisis ecológica. Es un hecho observado con certeza científica. Engloba un componente natural ligado a las oscilaciones climáticas y otro debido a la actividad humana, que parece haberse hecho predominante. Lo que todavía parece complicado es avanzar previsiones sobre sus efectos a largo plazo. ¿Cuánto crecerá la temperatura global y qué consecuencias tendrá? ¿Cuánto se elevarán los mares? Separar el calentamiento global de la crisis ecológica en que se inserta implica el riesgo de producir paradójicamente efectos distorsionadores, por ejemplo concentrando todos los recursos –necesariamente finitos– en la modernización del aparato industrial de las economías avanzadas y olvidándose de los demás problemas, típicos de los países más atrasados.

Pues bien, la primera tesis que quisiera avanzar es muy sencilla. Aunque el calentamiento global se frenara de repente desmintiendo todos los modelos de previsión, Oriente Medio ya está al borde del colapso ecológico, lo que implica graves consecuencias en las sociedades europeas.

Personalmente, empecé a tomar conciencia del alcance de este fenómeno en 2008, durante un verano en Damasco. Ya había estado en Siria en 1999, pero en una breve visita invernal. En cambio, aquella vez me quedé más de un mes para trabajar sobre un texto del pensador literato Al-Maʿarri (973-1057). Llevaba en mi cabeza las palabras del viajero medieval Ibn Jubayr (1145-1217): “Sí, Damasco es el paraíso oriental, la fuente de su espléndida luz. Los jardines la rodean como el halo que rodea la luna, como pétalos en torno a una flor. Hacia Oriente se extiende, hasta que se pierde la vista, el verdor de Guta y allí donde se mire queda uno imantado por el esplendor de sus frutos maduros. Oh, sí, conozco muy bien la verdad de lo que de ella se decía: ‘Si el paraíso está aquí en la tierra, sin duda se encuentra en Damasco, pero si no puede estar más que en el cielo, en belleza Damasco lo desafía desde aquí abajo’”.

Pero lo que encontré fue bien distinto. Un río, el Barada, del que Naamán el sirio decía que eran las “mejores de todas las aguas de Israel”, reducido a un riachuelo maloliente, un oasis completamente tragado por el cemento y constantes problemas de provisión hídrica. No es difícil imaginar que ocho años de guerra habrán agravado aún más la emergencia.

Quedaban en Damasco los monumentos, sobre todo los mosaicos de la mezquita omeya, pero descontextualizados del paisaje en que fueron concebidos. La misma dolorosa sensación que tuve en Isfahán. En pleno invierno, el río Zayandeh estaba casi totalmente seco. Solo un resto de agua permanecía inmóvil a la altura del puente Khaju. Flores, plantas, jardines decoraban la mayólica de las mezquitas, pero como un universo manierista, su referente natural había desaparecido. Solo quedaba el simulacro simbólico.

Estas dos experiencias traumáticas me llevaron a unir los muchos puntos de un dibujo único. Volví a ver las pendientes del Líbano cada vez más urbanizadas, un Jordán inexistente a la altura del lugar del Bautismo de Jesús en Jordania, el Mar Muerto dividido en dos, los pozos secos en Palmira, las palmas de Erbil que durante el verano se cubren con sombrillas para que resistan al resplandor del sol y la sequía siria, una de las causas de las revueltas de 2011, la crisis de los residuos en Beirut, alimentada por el flujo de refugiados, los incendios en los campos de Túnez y, más allá de Oriente Medio, el lago Chad que desde 1963 hasta hoy ha perdido tres cuartas partes de su superficie… Cuando hace un año volví a El Cairo, digamos que recibí el golpe de gracia. Mi meta era el monasterio de San Antonio en el Mar Rojo, adonde había ido 17 años antes a bordo de una furgoneta de conducción bastante deportiva. Ahora las calles estaban mejor –a la entrada de la autopista había un peaje imponente de estilo faraónico– y yo también iba mejor preparado, después de leer la prensa, para las nuevas ciudades-satélite que se pierden en el horizonte de El Cairo hacia Suez. Pero superaron mi imaginación los 70 kilómetros de costa desde Ain Sujna hasta Zafarana que, de ser un desierto, se habían convertido en una hilera ininterrumpida de villas: casas adosadas construidas para la burguesía de El Cairo en busca de un (ilusorio) refugio del calor estival. La mayoría de las villas estaban incompletas y muchas nunca llegaron a venderse porque el proyecto estaba sobredimensionado. El desastre ambiental era total.

Por si mis impresiones sonaran un tanto extemporáneas, aunque de primera mano, hay casos que se han estudiado a fondo. Peter Harling, fundador de Synaps Network, dedicó por ejemplo un amplio reportaje a la crisis hídrica en Iraq, cuyo símbolo es Basora, la ciudad de más de dos millones de habitantes situada cerca de la confluencia entre el Tigris y el Eufrates. Lo que fue el puerto de Simbad en marino hoy es un infierno donde las temperaturas en los meses de verano rozan los 50 grados (el record está en 53,9 en 2016). En esta situación, poder disponer de agua potable resulta vital, pero –según un experto iraquí en contaminación de aguas– “en Basora ya no hay ríos, sino fosas biológicas en movimiento”. El gobierno echa la culpa de la crisis a su vecino Irán que, afectado por la sequía, ha bloqueado los afluentes del Tigris. Sin embargo, según Harling, la mayor responsabilidad es local. “Diariamente, el iraquí medio consume 392 litros de agua solo para uso doméstico, casi el doble de la media internacional, situada en 200. Según un funcionario de Unicef en Bagdad, esta cantidad exorbitante cuesta a los residentes la ridícula cifra de 1,4 dólares al año, con la hipótesis, poco común, de que paguen las facturas”. Solo 14 de los 252 centros urbanos iraquíes disponen de sistemas de alcantarillado, pero en esta situación “la clase dirigente solo se interesa por la búsqueda de un chivo expiatorio o por un pensamiento mágico” que se concreta, por ejemplo, en la propuesta de remolcar un iceberg del Polo Sur.

En el verano de 2018 estalló en Basora una epidemia de cólera que llegó a más de cien mil personas al hospital. Al mismo tiempo, Irán cortó el suministro de energía eléctrica por razones económicas y como forma de presión política. Así se llegó a la paradoja de dos millones de personas asentadas sobre uno de los mayores yacimientos de petróleo del mundo y presas de una epidemia de cólera, sin agua, sin electricidad y por tanto sin aire acondicionado, con una temperatura ambiente de 50 grados. Lo sorprendente no es que estallara una revuelta sino que fuera posible dominarla. Pensando en casos límite como este, se puede entender mejor lo dicho al principio. Para el habitante medio de Basora, categorías como nueva constitución iraquí, reforma del discurso religioso, etc. resultan totalmente irrelevantes. En realidad, no lo son porque la posibilidad de poner remedio al desastre depende también de la capacidad de invertir políticas erráticas y contrastar una corrupción rampante. Pero cuesta mantener la lucidez necesaria para darse cuenta.

No todos los estados de Oriente Medio experimentan crisis al mismo nivel que Iraq o Yemen, que ya antes de la guerra alcanzó el poco deseable puesto de primer país del mundo en quedarse sin agua. Pero allí donde las cosas van mejor, como en Marruecos, gran parte de los recursos se utilizan para la agricultura industrial, orientada a la exportación, como indican las protestas recientes en Zagora; y no necesariamente las nuevas maxicentrales solares resolverán todos los problemas ambientales.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  282 votos
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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore | 0 comentarios valoración: 1  325 votos
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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  346 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 166 comentarios valoración: 2  4002 votos

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