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4 ABRIL 2020
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De Jerusalén a Belén

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  36 votos
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Se levantan mucho antes de que amanezca, antes de que el sol en amanecida tiña de rojo las piedras blancas con que todo está construido en Tierra Santa. Comienzan a llegar estos días los peregrinos, sobre todo de Asia, a la explanada de la Basílica de la Natividad antes de las cinco de la mañana. Ya hay alguien vendiéndoles té o café. Vienen, como dice Francisco, a “sentir, a tocar, la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación”. Son los nuevos pastores que corren a Belén, muchos de ellos llegados de un Oriente lejano, “contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales”. Paradojas del momento, a los que vienen de lejos, de mundos diversos, se les deja pasar a ver el lugar en el que ese “modo de actuar de Dios que casi aturde (...) porque duerme, toma leche de su madre, llora y juega como todos los niños”. Los que están cerca, a una hora y media de coche, tendrán que mirar las figuritas de los belenes que se han instalado en la parroquia católica de la Sagrada Familia y la parroquia ortodoxa de San Porfirio en el centro histórico de Gaza. Quedan ya menos de 1.000 cristianos en la Franja y algunos de ellos habían pedido esta Navidad salir por el paso de Erez pero no podrán hacerlo.

Los peregrinos hacen largas colas antes de la Basílica de la Natividad. Ha habido que ampliar el horario, hasta las ocho de la tarde. El año se cerrará con más de tres millones de peregrinos, lo que supone un crecimiento del 17 por ciento respecto al año pasado. Hay ya 12.000 camas disponibles para pasar la noche en ese pequeño pueblo en el que nació Jesús, aislado del resto del mundo por un muro vergonzoso que se sigue extendiendo por Cisjordania para construir la Gran Jerusalén. No hace muchos años solo había 2.000 camas. Se ha seguido trabajando en este tiempo junto al pesebre de María para recibir a los peregrinos. Una buena noticia cuando los datos de emigración de cristianos siguen siendo altísimos, cuando la expresión un territorio-dos Estados es ya retórica, cuando no hay –ni se le espera– proceso de paz y cuando las terceras elecciones en Israel seguirán dándole la llave de la gobernabilidad a Liberman, defensor de una política durísima no solo con los asentamientos, también con los árabes-israelíes. La noticia de los peregrinos es una noticia importante cuando la presión de los grupos judíos como Ateret Cohanim sigue trabajando para limitar la presencia cristiana en Jerusalén.

Las cifras son conocidas. En Israel viven alrededor de 130.000 cristianos y en los Territorios Palestinos unos 47.000. Desde hace un siglo las diferentes olas migratorias han convertido a los bautizados en una minoría dentro de la minoría. La sangría continúa. Uno de cada cuatro cristianos tiene algún miembro de la familia que se fue el año pasado. Un reciente estudio de la oficina de la Konrad Adenauer Foundation en Ramala muestra que el motivo para abandonar Tierra Santa es el conflicto con Israel (65 por ciento de los casos) y el problema económico (16 por ciento). El conflicto no es un problema teórico, el 65 por ciento de los cristianos palestinos declara que tiene restringida su libertad de movimientos. Y precisamente la que es percibida como mayor limitación es el muro que separa la Basílica de la Natividad de la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. De hecho, muchos de los cristianos de Cisjordania, que viven en Belén, Bet Jala y Bet Sahur, tienen dificultades para atravesar con normalidad (sin imprevistos) el check point más utilizado que es el de la Tumba de Raquel.

Otros estudios como el elaborado por la Dar al-Kalima University College of Arts, le dan un mayor peso al factor económico. Hasta un 72 por ciento de los que se fueron, según esta investigación, lo hicieron por falta de oportunidades.

Por eso son tan importantes los peregrinos. El conflicto territorial y de soberanía no tiene, de momento, solución. Si hay pacto tras las terceras elecciones será con Liberman y seguirán llegando ayudas a los colonos. Lo que hizo Netanyahu en Hebrón hace unas semanas, revindicando como judía la ciudad donde está enterrado Abrahán, es muy significativo. Por eso los obispos católicos el pasado mes de mayo, en un documento conjunto, dijeron que había que dejar de hablar de la solución de los dos Estados prevista en los Acuerdos de Oslo. Es necesario garantizar la igualdad efectiva, dicen los obispos, en la Tierra de Israel y Palestina, comprendida entre el Río Jordán y el Mar Mediterráneo. Dicho de otro modo, ciertas retóricas sobre unos acuerdos de paz muertos y sepultados no sirven para nada. Hay que ir a lo concreto, a la libertad de movimientos, a las oportunidades de empleo, a limitar los ataques de los extremistas judíos, a frenar el avance del islamismo en la sociedad palestina.

En esta tierra donde los conflictos son más viejos que las piedras blancas, los nuevos cristianos que vienen de un Oriente Lejano, buscando “sentir y tocar”, se han convertido en la buena noticia.  

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