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1 OCTUBRE 2020
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Ya veremos si los años 20 empiezan

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  34 votos
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Empiezan en estas horas los años 20 del siglo XXI. ¿Comienzan de verdad? A pesar de lo que diga el calendario, no es algo automático. En el ya lejano 1956 James Baldwin, el provocador activista y en muchos aspectos genial escritor estadounidense (que ha vuelto a recuperar cierto protagonismo con el documental ‘I am not your negro’), mantenía una sugerente polémica con William Faulkner. En 1954 el Tribunal Supremo de Estados Unidos había emitido su histórica sentencia contra la segregación en las escuelas de blancos y negros. Faulkner, que reconocía la tremenda injusticia de la separación, defendió la necesidad de “ir despacio” para desmontarla. En un vibrante artículo (titulado “Faulkner and desegregation”) Baldwin le responde y escribe una de sus mejores páginas refiriéndose al significado de la palabra cambio y a las reacciones que provoca. “Todo cambio -escribe el ensayista negro- verdadero lleva implícita la ruptura del mundo tal y como siempre lo hemos conocido, la pérdida de todo lo que nos ofrecía una identidad, el fin de la seguridad”. “En semejante momento -añade-, incapaces de ver y no atreviéndonos a imaginar lo que el futuro nos acarrea, nos aferramos a lo que ya sabíamos o creíamos saber, a lo que poseíamos o soñábamos poseer”.

La descripción de la perplejidad y de la inseguridad provocadas por el cambio que hace Baldwin es totalmente aplicable a las reacciones que vemos ante la globalización, ante la crisis de los fundamentos de la cultura y de la democracia occidental que ya “creíamos saber. La inflación de soluciones identitarias y soberanistas del 2019 que dejamos atrás tiene mucho que ver con el agarrarse a lo que soñábamos poseer”. Pero esta respuesta, apunta Baldwin, es una forma de esclavitud. “Solo cuando un hombre -apunta- es capaz de abandonar, sin amargura o autocompasión, un sueño que por largo tiempo ha acariciado, o un privilegio por largo tiempo poseído, es que se ha liberado, se ha liberado a sí mismo, para concebir sueños más elevados, para alcanzar privilegios mayores”. La liberación, indica con precisión el neoyorquino, no es mantener lo ya conquistado o poseído, sino lo nuevo, lo que permite elevarse a una nueva posesión. En este caso la mezcla de blancos y negros. Y remata Baldwin: “todos los hombres han pasado y pasan por esto, cada uno según su categoría, a lo largo de sus vidas”. No es solo un proceso histórico, es un proceso personal. O mejor, porque es un proceso personal es un proceso histórico.

A juzgar por todo lo que se ha escrito en los últimos días, por los balances del año que se despide, y por el año que viene, no acabamos de “concebir sueños más elevados”. Hay una época que lleva 20 o 30 años despidiéndose y seguimos aferrándonos a ella con “amargura y autocomplacencia”. Lo apunta la columnista de The Atlantic Amanda Mull en su artículo “The 2000s Never Ended” (Los 2.000 nunca acabados): los 50 fueron los años de la prosperidad después de la guerra; los 60 los años de la lucha por los derechos civiles, por la contracultura; los 80 los años del fin del comunismo en Europa, “pero los 2010 son la década que nunca comenzó”. Mull sostiene que el tiempo se ha detenido en Estados Unidos desde el atentado de las Torres Gemelas. Incluso la crisis de 2008 y las soluciones adoptadas son parte del mundo de hace 20 años. Es provocativa la hipótesis de que hay un hilo que aúna en la polarización las presidencias de Bush, Obama y Trump. Los opuestos serían la cara de la misma moneda mientras la xenofobia y el rechazo del extranjero se habrían mantenido durante este período como constantes. Período en el que en lo tecnológico y en lo cultural no se ha hecho sino desarrollar lo que supuso el nacimiento de las redes sociales.

Hayan o no nacido los “10 del siglo XXI”, lo cierto es que buena parte de los procesos políticos que vemos tienen que ver con la falta de disponibilidad para abandonar “un sueño por un largo tiempo acariciado”. En 2020 el Brexit se ejecutará en nombre de lo que los británicos siempre fueron, Italia previsiblemente votará de forma masiva a quien le prometa mantener la vieja identidad, España tendrá un Gobierno imposible porque la izquierda no quiere adentrarse en un mundo desconocido de pacto con la derecha, Rusia seguirá extendiendo su influencia por Oriente Próximo (después de Siria ahora llega Libia) porque Putin promete mantener una influencia como la soviética o la zarista, la India de Modi se ha atrevido a promulgar una ley claramente segregacionista contra la inmigración musulmana actuando en nombre de la pureza hindi, China puede seguir con su plan de expansión mundial porque el nacionalismo comunista habla en nombre del orgullo del Imperio del Centro perdido hace cien años. Y en las elecciones estadounidenses de noviembre volveremos a ver una campaña en la que trumpismo y antitrumpismo se enfrentarán en los términos generados por el enfrentamiento que comenzó en 2001.

La historia no es automáticamente lineal, puede ser, por la resistencia de la libertad a lo nuevo, circular. De hecho, 2020 puede parecerse mucho a 1820. A partir de esa fecha en el XIX cuajó un ambiente cultural dominado por el malestar y por un nihilismo que en no pocas ocasiones se volvió violento. Tras las invasiones napoleónicas de hace doscientos años creció, por ejemplo, entre los jóvenes nacionalistas la exaltación de la Kultur, florecieron nuevas ideologías y la instrumentalización de lo religioso que querían dar cauce al resentimiento que producía resentimiento. El cambio, el avance, dependen de la capacidad de abrirse a lo que Baldwin llamaba “privilegios mayores”. Está por ver si los 20 comienzan.

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