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1 OCTUBRE 2020
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Identarismos tóxicos

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  28 votos
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El debate de investidura de Sánchez ha dado protagonismo a varios identarismos de signo tóxico. Son estos identarismos los que van a marcar lo que dure la legislatura que se inicia. El empeño del candidato socialista de gobernar no buscando el apoyo del centroderecha del PP y del centro liberal de Ciudadanos supone pagar un alto precio. El coste más caro, no suficientemente indicado en el marasmo de los últimos días, es que aquellas formaciones que basan su discurso en una identidad excluyente acceden a importantes cuotas de poder. La socialdemocracia del PSOE, caracterizada desde la transición a la democracia por un proyecto modernizador y europeísta para toda España, se diluye en beneficio de la posición independentista catalana y vasca, en beneficio del populismo de izquierda de Podemos.

Sánchez ha estado obligado a normalizar las posiciones de ERC. A cambio de la abstención del independentismo, el socialismo ha asumido como propias tres posiciones de una concepción de la identidad catalana excluyente: la definición de lo que sucede en Cataluña como un conflicto político, la necesidad de que no intervengan las autoridades judiciales y la creación de una mesa de negociación bilateral que desvirtúa a los organismos de representación de la soberanía (el Congreso y el Parlamento de Cataluña). Solo si acepta que el modo normal de ser de los catalanes es semejante al de los irlandeses del norte, que han sufrido la “ocupación británica”, tiene sentido utilizar el término conflicto. Solo si se entiende que ser catalán significa tener una identidad que excluye la española, se reivindica y se asume la necesidad de que los jueces suspendan la aplicación de las leyes que garantizan la soberanía de todos los españoles (la aplicación de las leyes se llama ahora “judicialización"). Solo así se entiende, en fin, la creación de una mesa bilateral de negociación entre el Gobierno de España y el Gobierno de Cataluña con una agenda de asuntos de los que constitucionalmente no se puede disponer.

Sánchez, sin haber firmado un acuerdo con Bildu, a cambio de su abstención ha tenido que normalizar el identarismo excluyente de un independentismo vasco que justificó la violencia. El blanqueo de Bildu es pasivo. A cambio de su abstención, el socialismo español no combate el discurso de una forma de concebir la identidad vasca que no ha abjurado del terrorismo. Bildu, al no haber pedido perdón por los 900 asesinatos de ETA, formación de la que es heredera, asume que para ser vasco, para liberarse del yugo que suponía y supone España, hubo un tiempo cercano en el que era necesario recurrir a la violencia. El identarismo en este caso es tan excluyente que contempla la aniquilación del otro. Aceptar este discurso supone dar un paso atrás en la tarea de construir un relato preciso de lo que pasó en el País Vasco durante décadas. Bildu nunca permitirá que se cuente la verdadera historia de ETA, lo que supone condenar a los vascos a vivir en la mentira.

El tercer identarismo, el de Podemos, es el más determinante para lo que dure el próximo Gobierno. Sánchez a cambio de los votos afirmativos de la formación de Pablo Iglesias dejará entrar en su Gobierno a ministros populistas de izquierdas. Lo que ha se ha visto en los debates de investidura es que Podemos ha fagocitado todo el discurso del socialismo. Sánchez, que tiene muy poca consistencia política y que cambia de posición según los apoyos que necesite, ha asumido ya como propio el discurso de Iglesias. Podemos ha definido cuál será la política económica (reforma laboral, subida de impuestos, incremento considerable del gasto), cuál será la política educativa (reforma para quitar fuerza a los colegios católicos y contenidos altamente ideologizados), cuál será la política de memoria (insistencia obsesiva en las víctimas de la Guerra Civil dejando al lado la reconciliación de la transición). Detrás de todas estas políticas hay, como ha quedado claro en las intervenciones de Iglesias en el Congreso, un modo de entender la identidad española excluyente. Hay una antiespaña que está formada por los ricos, por la derecha, por los que no identifican lo público con lo estatal… Hay una larga lista de miembros de la antiespaña y un verdadero Gobierno progresista será el que aplique políticas de identidad. Lo social ya no es concebido como lo que beneficia al conjunto de país sino a los jóvenes que se enfrentan a las oligarquías del dinero, a las mujeres contra el patriarcado, a los pobres contra los ricos, a la España despoblada contra la España. Tanto identarismo excluyente requiere de una sociedad civil más madura, más dispuesta a no dejarse atrapar por este modo de entender España basado en la exclusión del otro.

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