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1 OCTUBRE 2020
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Cuando la moderación no es suficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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El nuevo Gobierno de España va a ser el tercero de la Unión Europea con populistas de izquierda en su seno. Los dos precedentes provocan que la situación sea bastante inédita. Hasta el pasado mes de julio, gobernó la Syriza de Tsipras en Grecia. Pero el populismo griego se había convertido en los últimos años en un centroizquierda convencional. De hecho, Tsipras ha recurrido a fórmulas económicas ortodoxas. El país ha vuelto a un sistema político bipartidista. El caso de Italia con el Gobierno de 5 Estrellas y de Salvini tampoco se puede tomar como referente. Sería demasiado simplista calificar a 5 Estrellas como un movimiento populista de izquierdas y su “convivencia” con Salvini lo convirtió en un experimento particular.

En España Podemos llega al Gobierno equipado de un contundente aparato ideológico y un pacto con el PSOE que, de aplicarse, supondrá una importante expansión del gasto, una contrarreforma del mercado laboral y una subida de impuestos. El errático Sánchez, desde los primeros pasos, se ha mostrado obsesionado en no perder terreno frente a Podemos, ha nombrado varios ministros económicos de “pura raza” socialdemócrata que bien podrían haber estado en un gabinete de centro-derecha. El líder socialista parece querer recuperar la buena consideración que tenía entre los líderes europeos (en especial de Macron) antes de aliarse con Iglesias.

La mala experiencia del socialista-pre-populista Zapatero está muy viva. El anterior presidente socialista, en plena crisis, se vio obligado a reformar de urgencia la Constitución para evitar una crisis del euro después de haber disparado el déficit. En materia económica, es previsible que haya muchas escaramuzas, que el mercado laboral se haga más rígido, que el desequilibrio de las cuentas públicas vuelva a aumentar de forma significativa, que ciertas subidas de impuestos provoquen miedo entre los inversores. El tiempo que Podemos y PSOE estén en el Gobierno retrasará las reformas educativas y estructurales que permitirían caminar hacia una mayor modernización. Reformas que el PP tampoco acometió con decisión, en parte porque la crisis le comió la agenda. Pero no es difícil imaginar, como ha sucedido en Grecia y en Italia, que Bruselas actuará como salvaguarda contra grandes desmanes.

Otra cosa distinta es el ámbito de las políticas ideológicas, identitarias y antropológicas. El apoyo del independentismo catalán de ERC segmentará, como ya lo está haciendo, al Gobierno hacia unas políticas de identidad territorial que rozarán los límites constitucionales. Quizás los sobrepasen. Pero el identitarismo no se acaba en la cuestión catalana.

Iglesias, el líder de Podemos, que es el hombre ideológicamente fuerte, lo dejó claro en el debate de investidura: “nos atacarán no por lo que hagamos sino por lo que somos”. Una frase así es toda una declaración de intenciones porque sitúa la cuestión política no en el campo contingente de la gestión, de la solución de problemas, sino en el terreno de la ontología. Iglesias viene a decir que son las víctimas las que han llegado al poder, las víctimas del capital, del patriarcado, de la casta, del clericalismo, de las oligarquías. Hay una enemistad invencible (que se expresa en categorías ideológicas), una reparación que solo se produce con la derrota del otro. Podemos está convencido de que ha llegado al Gobierno no para hacer políticas para todos, sino políticas identitarias (mujeres, jóvenes, etc) que están legitimadas de antemano. Cuando la política se convierte en antropología no puede ser juzgada, no se refiere al hacer sino al ser. Y es esto lo que explica un programa de Gobierno que incluye cierto tipo de educación afectivo sexual, ciertas políticas de memoria histórica.

El experimento del socialista pre-populista Zapatero funciona ya como un antídoto. Entre los analistas más avispados se recuerda el error cometido al reaccionar contra los nuevos derechos que aprobó el Gobierno entre 2003 y 2010. Ciertamente esos nuevos derechos no habían sido consensuados con toda la sociedad española. Pero las manifestaciones en las calles y ciertas formas de respuesta no sirvieron más que para alimentar la acción-reacción. Quedan ya pocos nuevos derechos que proclamar y sus críticos, salvo algunos sectores minoritarios, reconocen con más facilidad que el sustrato que hacía posibles muchas evidencias sobre la vida y la convivencia han desaparecido. No se le puede pedir al derecho que mantenga en pie lo que la cultura ha derrumbado.

El recuerdo de la acción-reacción, que alimentaba la polarización en la época Zapatero, ha llevado a algunos a invocar la moderación en la oposición al nuevo Gobierno. Y es conveniente y saludable invitar a que se use la razón frente a la exaltación sentimental, es necesario hacer una crítica que no deslegitime una opción tan democrática como otras. La defensa de la libertad es siempre necesaria y, llegada una situación extrema, sería necesario invocar la objeción de conciencia.

Pero la llamada a la moderación, siempre conveniente, no es suficiente. El reto de fondo es mostrar, con discursos y con hechos (y en este campo la sociedad civil tiene un trabajo inmenso por hacer) que la enemistad ideológica no es invencible, que la función principal de la política no es la reparación del daño por medio de la derrota de los “culpables del agravio”. Y para esto es paradigmático hacer algo, resolver una necesidad común, junto a los que son ideológicamente distintos. Más que nunca es necesario mostrar que la diferencia nunca es absoluta, que la diferencia puede ser una oportunidad.

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