Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
23 OCTUBRE 2020
Búsqueda en los contenidos de la web

Los "dos" Papas y la crisis de autoridad en la Iglesia

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
Vota 1 2 3 4 5
Resultado 2  29 votos

El eco mundial provocado por la noticia de la publicación, por parte de Fayard, del libro “a cuatro manos” ‘Des profondeurs des nos coeurs’ (Desde lo más profundo de nuestros corazones) por parte del Papa emérito y el cardenal Sarah no solo se debe a su contenido –la confirmación del celibato de los curas como condición inderogable del sacerdocio– sino a su uso mediático pretendido por la parte eclesial contraria al papa Francisco. En estos años esa parte intenta utilizar por todos los modos posibles la figura de Benedicto XVI con el fin de contraponerlo al Papa actual. Sueñan con dividir a la Iglesia a nivel mundial de modo que puedan deslegitimar a Francisco y obligarlo a dimitir. Con su furor, no se dan cuenta de la tragedia, la desorientación y el escándalo que provocan, sembrando división, sospecha y acusaciones de herejía.

Una patología religiosa recorre la Iglesia y las víctimas son, sobre todo, los fieles sencillos a los que suelen pillar desprevenidos y se ven implicados en las oscuras tramas de poder que mueven los hilos tras motivaciones de aparente celo religioso. A la derecha del mundo no le gusta el Papa “argentino”, latinoamericano. A nivel social, lo considera demasiado situado a la izquierda, y por tanto no operativo ante los ejes de poder que modifican sensiblemente la realidad actual.

Pero para deslegitimar a un Papa no basta con atacarlo en el terreno político. Hace falta insinuar la duda religiosa, y ahí es donde entran en juego las diatribas teológicas, los grupos de presión, el activismo de los medios que lanzan obsesivamente acusaciones de herejía. Un Papa avanzado socialmente no puede dejar de ser progresista-modernista en el terreno doctrinal. Y así se crea la leyenda: el Papa buenista es una criatura de Soros, del “amo del mundo” vaticinado por Robert Hugh Benson, cuyo objetivo oculto es la disolución de la Iglesia desde dentro.

Delirios apocalípticos y profecías místicas se confunden en un imaginario según el cual la Iglesia y el mundo se acercan a su fin. La apocalíptica es la otra cara de un mundo oscuro que pide, con prepotencia, orden y seguridad, desorientado e iracundo ante un Papa que pide derribar bastiones y no tener miedo.

Así, la anti-Iglesia que se mueve contra Bergoglio busca sin cesar líderes que, tanto en el ámbito político como eclesial, puedan asumir la imagen del anti-Francisco. Desde Trump hasta Putin, de Orbán a Salvini, o los cardenales Burke, Müller, Sarah, el obispo Viganò, todo es un intento continuo de deslegitimar la obra del pontífice. Hasta el punto de que el pontificado de Bergoglio aparecerá ante los historiadores futuros como una constelación ininterrumpida de fases de retirada.

Esta estrategia de desgaste no tendría que la potencia que tiene si, durante estos años, no hubiera intentado por todos los medios involucrar inútilmente a la figura de Benedicto XVI. Para una parte del catolicismo conservador, la gran renuncia del papa Ratzinger fue un gesto “revolucionario”, imperdonable. “De la cruz no se baja”, decía violentamente el cardenal de Cracovia Stanisław Dziwisz. Ese mundo nunca perdonó a Benedicto su decisión.

Aunque no todo. Una parte ha confiado y confía en que el Papa emérito, saliendo del silencio o actuando entre bastidores, pueda obstaculizar la deriva “modernista” del Papa “oficial”. En este contexto, la decisión de Ratzinger de participar en el libro de Fayard junto al cardenal Sarah, no precisamente en sintonía con Francisco, adquiere un significado peculiar. Sin duda no en las intenciones de Benedicto, que escribió expresamente que se somete totalmente la autoridad de su sucesor, sino en los hechos. Ni la comunicación de monseñor Georg Gänswein, secretario del Papa emérito, según el cual no hubo un entendimiento total entre Benedicto y el cardenal y el titular del libro era solo Sarah, bastó para aclarar y atenuar la discusión.

Pero estropeó los planes y como resultado atrajo sobre monseñor Gänswein las iras de aquellos que, hasta el día anterior, le honraban como punto firme de su estrategia. Como tronó monseñor Viganò desde las columnas de diario de derechas La Verità, “el padre Georg ha aislado al pontífice emérito” (16 enero 2020). Los anti-Francisco no tienen escrúpulos. Cuando los peones ya no sirven, hay que sustituirlos. Para Viganò, “es hora de revelar el control abusiva y sistemáticamente ejercido por monseñor Georg Gänswein sobre el sumo pontífice Benedicto XVI desde el inicio de su pontificado. Gänswein filtraba habitualmente informaciones, arrogándose el derecho a juzgar él mismo lo que era oportuno o no hacer llegar al santo padre”.

Así la guerra infinita muele a sus víctimas y puede proseguir. Si los combatientes se pierden por el camino y son sacrificados, queda el general, el inocente Benedicto cuya intención no era en absoluto contradecir a Francisco ni servir de peón a la anti-Iglesia. Quien dude de esto muestra desconocer toda la producción teológica de Joseph Ratzinger así como su concepción del pontificado. Aquellos que recitan, como en una jaculatoria, “Benedicto es nuestro Papa” muestran una concepción eclesial que Benedicto aborrece por completo. Una concepción ajena a la “católica”. Sus demostraciones de fidelidad y obediencia al papa Francisco no pueden ser puestas en duda por ningún libro de teología-ficción, que tanto apasiona a los apocalípticos del séptimo día.

Dicho esto, queda el hecho de que la decisión de Ratzinger de participar en la iniciativa editorial del cardenal Sarah sigue siendo discutible, aparte de sus buenas intenciones. Discutible no porque no tenga derecho a hablar o publicar sino por el título que, en el momento de la abdicación, decidió conservar, el de Papa “emérito”. Un título sin precedentes en toda la historia de la Iglesia y sobre cuya validez eminentes estudiosos, como el jesuita Gianfranco Girlanda en su “Cese del oficio de romano pontífice” (La Civiltà Cattolica, 02 marzo 2013), han presentado serias dudas.

Ese título, que el derecho canónico no sabe cómo reglamentar, es lo que ha dado espacio a la teología-ficción y a las maniobras palaciegas. Si además la cuestión del celibato sacerdotal, un tema tratado por el Sínodo de los obispos sobre el cual el Papa reinante aún debe pronunciarse, la hubiera abordado el “cardenal” Ratzinger, su discurso, con toda su autoridad, no habría generado todo el problema sobre el que seguimos discutiendo.

La controversia se enciende cuando se presenta como una disputa entre “dos papas”. En esa presunta dialéctica entre el emérito y el reinante se inserta la fronda anti-Francisco reivindicando su fuerza y su legitimidad. Estamos así en un impasse que marca el momento presente, dramático, de la Iglesia. Si Ratzinger quiere ser coherente con el compromiso asumido en el momento en que decidió conservar el nombre de Benedicto XVI, Papa emérito, entonces debe observar la regla del silencio en las materias que son objeto de discusión por parte de los obispos y el Papa. Solo podría intervenir en el caso en que su palabra resultara de apoyo a la acción papal. Allí donde quedan márgenes de duda, sus observaciones, autorizadas y muy valiosas, deberían ofrecerse de manera personal y directa al Papa, a quien compete el juicio sobre su utilidad o no. De otro modo, la posibilidad de expresar públicamente su opinión sobre temas sensibles para la Iglesia implica la dimisión del hábito blanco y del apelativo de Papa emérito.

Nos enfrentamos pues ante una opción que, probablemente, no tiene razón de ser en la medida en que la cordialidad y estima que une a los dos pontífices, pasado y presente, es un unicum en toda la h historia de la Iglesia. Francisco ha recibido las decisiones de Benedicto sin presentar objeciones. Los dos tienen acentos distintos, tomar decisiones distintas, pero les une el mismo amor a la Iglesia, la Iglesia del Concilio, una perspectiva misionera común. Por eso, también Benedicto resulta impopular para muchos tradicionalistas. Si el problema de la comunicación se plantea hoy por las publicaciones de Ratzinger, no se debe a los dos protagonistas directos sino a la oposición militante de una parte, minoritaria, de la Iglesia, que intenta, cada vez, instrumentalizar las palabras del Papa emérito para desacreditar la autoridad del pontífice. Allí donde se pide a Ratzinger la necesaria discreción; una discreción que, en condiciones normales, no habría que pedirla.

>Comentar

Sólo los usuarios registrados pueden insertar comentarios. Identifíquese.

0Comentarios

<< volver

>SÍGUENOS EN

>Entrevistas

El otro es un bien, también en política

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja