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17 FEBRERO 2020
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"El poder de codecisión del Parlamento europeo es propio de un sistema federal"

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  25 votos
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Páginas Digital analiza a fondo la situación de la Unión Europea con Domènec Ruiz Devesa, eurodiputado por el PSOE en el Parlamento europeo, del Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo.

Es usted europarlamentario por el PSOE, uno de los partidos más europeístas de la Eurocámara. Ha sido asesor de Jáuregui y del ministro Josep Borrell, que fue además presidente del Parlamento europeo (PE) y actualmente es el Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Ahora es político activo tras tomar posesión de su acta como eurodiputado, ¿qué cambia en su día a día?

No es la misma labor, efectivamente, la de asesorar que la de representar. He estado trabajando desde 2011 en gabinetes con Jáuregui, después en el Parlamento Europeo (PE), con la delegación socialista española en el mismo y hasta hace poco en el gabinete del ministro Borrell. Supone una gran diferencia desde el punto de vista de la responsabilidad. Como asesor, uno tiene la oportunidad de defender un proyecto político, pero al final como parlamentario, senador, diputado, obviamente eres tú ahora la persona que recibe el apoyo de los ciudadanos. Es la principal diferencia, la responsabilidad y la toma de decisiones.

Dadas las actuales competencias del PE que le otorgan los tratados comunitarios, en su faceta de colegislador, si bien sin el derecho de iniciativa que descansa en la Comisión europea, ¿cuál diría que es el impacto real en la vida de los europeos que produce la actividad del parlamento europeo?

Hay que empezar diciendo que el PE tiene una perspectiva dinámica, no estática. Me explico. Hay que mirar de dónde viene. De ser una asamblea de parlamentarios nacionales, en los años 50, con pocos poderes, ninguno legislativo, salvo aprobar el presupuesto, a ya en el 69 que se elija por el pueblo, directamente. Después, con Maastricht y Lisboa alcanza un poder de codecisión con el Consejo europeo, prácticamente en todas las materias. Un poder de codecisión, quiero acentuar, propio de un sistema federal. Una cámara de los ciudadanos que codecide con una cámara de los estados. A partir de ahí, por supuesto que quedan materias como tributos, como es política exterior, fuera de su esfera directa, pero la actividad del PE tiene efectos sobrados sobre los ciudadanos de los países que conforman la Unión Europea.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, normas para acabar con el plástico, que tanto afecta a la vida cotidiana y al medioambiente, nuestros mares; es tópico, pero la supresión del roaming es una decisión del PE y del Consejo, pero sin el impulso del PE no hubiera salido; que Netflix tenga que incluir al menos un 30% de contenidos europeos en su catálogo; la política de tratados comerciales, puesto que cualquier tratado de la UE requiere la aprobación del PE; la política agraria común, tan relevante para el campo europeo, y en particular para el campo español, donde el PE tiene plena competencia codecisoria.

"Europa puede ser más democrática de lo que es, pero antes de hablar de un déficit democrático, hablaría de un déficit de conocimiento"

Joseph H. H. Weiler (Johannesburgo, Sudáfrica, 1951) constitucionalista y en la actualidad profesor de la New York University y del Colegio de Europa, a modo de crítica constructiva sobre la Unión Europea, habla de un defecto de diseño de la UE, refiriéndose al déficit democrático, esto es, a la elección de los miembros de la Comisión europea por los propios gobiernos de los países que conforman la Unión con escasa participación del PE. En el futuro, ¿podría reforzarse el papel del PE en cuestiones como la capacidad de elegir los gobiernos de la UE?

El déficit democrático hay que relativizarlo. Europa puede ser más democrática de lo que es, pero antes de hablar de un déficit democrático, hablaría de un déficit de conocimiento. El reto desde el punto de institucional de Europa es lograr que la ciudadanía entienda un poco más cómo funciona la UE. Nos haría falta posiblemente una educación para la ciudadanía europea, que casi ningún estado miembro tiene, acciones de comunicación de la Comisión europea –por ahora, muy limitadas–, y entonces se podría partir de la base de que la UE tiene el reparto de competencias que tiene, y son las que los estados le han otorgado.

Por tanto, el que no tenga una competencia en materia tributaria, o que sea necesaria la unanimidad en el Consejo y no tenga una política tributaria fuerte, es responsabilidad de los estados, no de la UE. No la hace menos democrática, aunque desde luego es menos eficiente, si bien desde un sentido muy estricto es menos democrático tomar decisiones por unanimidad que por mayoría, pero no es esa la cuestión relevante. Se trata de si estamos de acuerdo con el actual reparto de competencias y atribuciones. Con la inmigración sucede lo mismo. La ciudadanía demanda acciones precisas, claras, a la UE, pero no puede hacer nada la UE porque las competencias de extranjería son nacionales. No tiene la competencia de aprobar los visados de entrada. Por tanto, sobre si puede ser Europa más democrática, eficiente, ágil, efectiva, la respuesta es que sí.

Y ¿qué método o sistema sería necesario?

Sin duda alguna, la UE requiere una federalización plena de las instituciones y esto se concreta, por un lado, en que se aboliera para el Consejo la regla de la unanimidad, por ejemplo, en política exterior es muy sangrante que aún persista esta regla, que en la práctica es el derecho de veto de un solo país sobre el resto de los 27; por otro lado, se requeriría una federalización en tributos, en fijación de recursos propios y presupuesto multianual, materias que en la actualidad son chaquetas de fuerza en una institución clave como es el PE. Y habría que extender los poderes de codecisión del PE. Con estas tres medidas podría hablarse de una federación en sentido más pleno.

El otro elemento sobre Weiler, lo del déficit democrático, bueno, el PE elige al presidente de la Comisión, y ahí hay principio democrático y de responsabilidad, y subsiste que los estados eligen a los comisarios, uno por país, no necesariamente del color político del PE. Pero el Tratado de Lisboa podría aplicarse y reducirse el número de comisarios, y sería posible avanzar en esa dirección que apunta Weiler.

"En política exterior es sangrante que aún persista la regla de la unanimidad"

Decía hace poco el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez (Madrid, 1972), en un artículo sobre Europa, que entre la inmigración y los refugiados hay una gran confusión. Exige la responsabilidad y exige la solidaridad, ambas. Desde este punto de vista y viendo cómo las ideologías y partidos iliberales, algunos de extrema derecha, otros populistas, en ocasiones, xenófobos, utilizan el reclamo de la inmigración, la seguridad, los empleos que dicen se pierden, ¿cómo maridar esta solidaridad nacida de los valores de los europeos con una regulación óptima de este tipo de cuestiones?

Respecto a la inmigración hay que partir de la diferencia entre refugiado (persona que sufre persecución en su país y tiene derecho al asilo) e inmigrante (persona que busca un futuro mejor). Pero no podemos desentendernos del segundo, que tiene también derechos reconocidos, y solo proteger al primero. Si es rescatado en el mar, tiene derechos humanos que deben ser salvaguardados, a diferencia de lo que proclamaba Salvini.

¿Cómo gestionaría este fenómeno?

Hay que partir de que la inmigración es un reto y una oportunidad para Europa, con un continente como el africano de 2.500 millones y una Europa, en claro declive demográfico, más o menos de 500 millones de personas. Es una gran brecha demográfica que hace imposible una estabilidad de los flujos migratorios. Al mismo tiempo, si no queremos ser un continente envejecido, ni menos dinámico y menos diverso, la inmigración es una oportunidad y no debe parecer un fenómeno fuera de control, de lo que se aprovechan los nacionalistas y populistas. Hay que gestionar en beneficio de todos, de los países de tránsito, de origen y de llegada. Que no parezca que está fuera de control, que es de lo que se aprovechan los nacionalpopulismos e inquieta a la población. ¿Qué hacer? Pues hay que tener una política europea de inmigración y asilo más efectiva, medios homogéneos en gestión de llegadas, un sistema de acogida común que, si en una determinada frontera exterior se recibe un flujo alto, se gestionen de manera solidaria entre el resto de estados, disminuir incentivos a la inmigración irregular y una política eficaz de retornos, que requiere acuerdos con países de origen, como se hizo aquí en Senegal con la crisis de los cayucos… De este modo, evitando hacer demagogia, centrándonos en las personas, luchando contra las mafias, todo esto reduce los incentivos a la inmigración irregular.

Europa ha reducido las posibilidades de llegar aquí de una manera legal. Esto aumenta los incentivos a la irregular. Lo dice Gerald Knaus (Bramberg am Wildkogel, Austria, 1971), sociólogo y cofundador de la Iniciativa Europea de Estabilidad, que apoya las tesis de Merkel sobre inmigración, estima que las vías legales se han reducido en dos tercios desde 2008. Es decir, ahora mismo, las posibilidades de llegar legalmente a Europa son un tercio de las que había hace diez años. Entonces, con pocas vías legales y una política de retornos ineficaz, tenemos una gran avenida para la inmigración descontrolada. En cuanto a métodos sobre la gestión de los refugiados, qué duda cabe que si en poco tiempo podemos evaluar si se tiene derecho al asilo o no, para activar los retornos a los países de origen, también mejoraría la gestión de la cuestión.

"Si no queremos ser un continente envejecido, ni menos dinámico y menos diverso, la inmigración es una oportunidad y no debe parecer un fenómeno fuera de control, de lo que se aprovechan nacionalistas y populistas"

En todo caso estamos hablando siempre de personas, y detrás de todo viaje hacia Europa existen unas motivaciones personales tremendamente importantes para sus protagonistas. Tenemos que buscar el equilibrio y comprender que estamos ante materias que afectan a la humanidad en su conjunto. Es la voz que lleva el grupo socialista y socialdemócrata al PE. En el futuro, en la nueva sociedad global, la gestión de refugiados e inmigrantes, pero también de trabajadores y turistas, el retorno de pensionistas, exigirán mayor coordinación internacional y, en la UE, la federalización de competencias.

Por tanto, soluciones nacionales ante problemas globales de esta naturaleza, como la inmigración, no parecen muy convenientes…

No me gusta llamarle problema. Es un reto y no es un eufemismo. Por ejemplo, la limpieza urbana es un problema. La inmigración tiene costes y beneficios, pero bien gestionada los beneficios son mayores. Hay que verlo como un reto transnacional que requiere una gestión europea. Lo que decía del equilibrio. Europa hay que verla como un proveedor de bienes públicos, regionales o nacionales. O transnacionales, como la luchas contra la crisis climática, que supera la dimensión europea. Pero seremos más eficaces a nivel europeo que solo a nivel nacional.

Cuando en la UE comienza a percibirse el miedo de los europeos nativistas (nacidos en Europa) a los extranjeros y hay partidos que se aprovechan de este miedo, y comienza a existir una barrera entre las voces que llaman a ayudarles, a conocerles mejor, a convivir con ellos en ciudades y sociedades abiertas, y las contrarias, ¿qué puede estar ocurriendo en el europeo que busca refugios ante pretendidas amenazas cuando, como explica, pueden verse como verdaderas oportunidades? ¿La crisis económica puede tener que ver?

La crisis económica, sin duda, afecta siempre. Históricamente ha sido así. Nos enfrentamos con dos situaciones que alimentan los populismos nacionales. Sin la crisis de 2008 es difícil que el nacional populismo hubiera cogido tanta fuerza. Y, además, cuando hay una situación de quiebra, en términos marxistas, porque Marx dejó dicho algunas cosas interesantes, otras que no nos gustan, como la dictadura del proletariado, pero hablaba de la estructura y de la superestructura. Cuando quiebra la estructura económica, la superestructura política también quiebra.

Y claramente las mutaciones del sistema político español de los últimos diez años tampoco se entenderían sin la crisis económica. Sin las hipotecas de alto riesgo en los EE.UU. en el verano de 2007 no habría habido 15M, Podemos ni Ciudadanos. La quiebra del sistema económico trae consecuencias en el sistema político. Hay partidos que mezclan inseguridad económica con la identidad y en esa dinámica de dar respuestas fáciles a problemas complejos identifican algunos enemigos del pueblo, las elites financieras, la casta o los inmigrantes, estos pasan a tener culpa, son responsables de los males del pueblo. Esto se ajusta bastante a lo visto en Italia, una economía estancada desde que entró en el euro. A nadie le debe sorprender que los partidos más anti euro sean los dos más votados en Italia, la Liga y el Movimiento 5 Estrellas, y esto se complementa con la crítica al euro e instituciones europeas y con el rechazo a la inmigración. Si hay desempleo, ¿por qué hay que ayudar al que viene de fuera?

"La inmigración tiene costes y beneficios, pero bien gestionada los beneficios son mayores. Hay que verlo como un reto transnacional que requiere una gestión europea"

La solidaridad se resiente…

Se quiere restringir la solidaridad al que aún no pertenece a la comunidad de ciudadanos.

¿Pasará factura dentro de la comunidad?

Los partidos democráticos hemos permitido que los nacional populistas se adueñen de la retórica y del discurso público. Sobre todo, en el tema migratorio, que es un asunto, importante, pero uno. Ha habido cierto acomplejamiento de los que creemos en sociedades abiertas a hacer un discurso no angelical, a diferencia del que se hace desde sectores muy a la izquierda, como si todo fuera bueno. Lo cierto es que tampoco se puede estar a la defensiva, sino que habría que poner de relieve las necesidades productivas, demográficas, lo que aporta en diversidad a la sociedad, dando por hecho que la diversidad es un valor bueno, junto con elementos que requieren de una gestión más ordenada. No se trata de fronteras abiertas, pero sí debe haber cálculos, ratios, normas, disponibilidades de los sectores económicos, ordenar el proceso, y aceptar que la inmigración genera dificultades cuando se concreta en el ámbito local, en determinados barrios, pero igualmente genera grandes oportunidades para la UE. No hay que acomplejarse ante discursos del odio, racistas y xenófobos solo basados en articular el miedo al diferente, de hecho hay que combatirlos, puesto que además no se basan en algo objetivo, en un análisis racional de la realidad.

Como dice Weiler, la Santísima Trinidad democrática de democracia, estado de derecho y derechos humanos, se contrapone a la Santísima Trinidad de patria, identidad y una visión ideológica del cristianismo, ¿cómo pueden convivir ambas visiones? Si uno empieza a conocer y concebir al otro como vecino, pasa a verle de otra manera, ¿no cree?

En el discurso del nacional populismo hay poco cristianismo. Y llama la atención que Orban (presidente de Hungría) se erija en el defensor de la Europa cristiana cuando lo último que hubiera hecho Jesús, en mi humilde interpretación, y sin ser experto en las Sagradas Escrituras, es construir un muro para evitar al necesitado. De ahí la polémica pública entre Salvini y Su Santidad el Papa, como recogía El País recientemente. Dicho esto, los nacional populistas han tenidos éxitos en países importantes, en Italia, en Francia (Le Pen, que ha vuelto a ganar, aunque por menos que hace años), y en Inglaterra, aunque siendo ultraderecha, Farage se centra más en el Brexit. Lo bueno es que el PE es una gran cámara de compensación de modo que lo que va mal en unos países se compensa con lo que va bien en otros. El caso de España, Portugal y otros países. Tan es así que los nacional populistas solo han progresado del 20 al 22% en el número de escaños en el PE. Cuando las expectativas eran del 30%, cifra que podría llegar a bloquear el PE.

El famoso artículo 7 del Tratado, que podría llegar a ser bloqueado por los nacional populistas, artículo que recoge la posibilidad de sancionar a un Estado miembro por violar valores básicos de la Unión Europea como los derechos humanos o el imperio de la ley y puede implicar la pérdida de los derechos de voto en el Consejo Europeo…

Efectivamente, así es. Los medios han seguido alimentando esta posibilidad. Tal vez, se ha exagerado la amenaza y en todo caso, con un 22% no habrá que hacer maridaje con nadie, las fuerzas europeístas, las cuatro, tienen una mayoría más que de sobra. Cambia que antes era necesario el acuerdo entre socialistas y democristianos, y ahora por lo menos hay que contar con los liberales para una mayoría absoluta, y no vendría mal incorporar a los verdes, muy pro europeos. Se ha exagerado la amenaza. No tendrán influencia alguna.

Sobre los verdes, en las cuestiones medioambientales, como dice Guy Sorman (París, 1944), pensador francés, sin embargo, muestran signos de cierta intransigencia, intolerancia verde.

No soy miembro de los verdes, pero no creo que lleguen a ese extremo. Tendría una opinión más bien contraria. En lo que tiene que ver con el cambio climático no hay apenas partidos de los grandes que no lo asuman como parte de su programa. Hay diferencias, como el ritmo de la transición ecológica, más pausada para los democristianos, pero nadie se apunta al negacionismo, al modo de Trump.

En cambio, Luc Ferry (Colombes, 1951), filósofo, dice que el pensamiento verde es el único capaz de unir a las generaciones, y la única nueva ideología que nace en nuestra época, parece que pueden quedarse en el panorama político.

No soy capaz de predecir de las fortunas electorales de los verdes en el futuro. No tiene por qué ser así, pero el discurso ecologista ha ganado en términos de hegemonía cultural porque se ha adoptado por el conjunto de la sociedad. Pasó ya con la socialdemocracia, pues el estado de bienestar es patrimonio de todos los europeos. No solo de los socialdemócratas. Nadie se presentaría en España para desmantelar el estado del bienestar. Otra cosa es que haya intentos de reducir algunas prestaciones, privatizar algunos servicios, más encubiertamente que declaradamente, pero son aspectos ya consolidados. En el futuro está por ver que el auge de los verdes se corresponda con victorias electorales. Lo realmente difícil es la respuesta a la amenaza climática, que es global. Por ejemplo, podemos estar todos de acuerdo en la crisis climática, pero para que en 2050 seamos una zona descarbonizada, requiere de un ajuste brutal de la economía, algo así como entre 300.000 y 1 billón de inversiones. La manera de hacerlo será lo que nos distinga a unas y otras opciones políticas.

Aparecerán nuevos descartados en la sociedad.

La manera y el quién pague esa transición, si las grandes fortunas o los chalecos amarillos…  en el reparto de ese ajuste es donde las fuerzas políticas van a tener que retratarse, donde se verán las diferencias.

"Hay partidos que mezclan la inseguridad económica con la identidad y en esa dinámica de dar respuestas fáciles a problemas complejos identifican algunos enemigos"

Si tuviera una cámara fotográfica, hablando de retratar, ¿qué escena cotidiana, o qué paisaje, sería su Europa?

(Se toma un tiempo para pensar) Sería una plaza al aire libre con personas disfrutando de la paz, que es el gran logro de Europa, charlando animadamente, con la novena sinfonía, por supuesto, de fondo.

¿Cómo entusiasmar a la gente? Porque Robespierre decía que la revolución entusiasma mucho, y denostaba a los “marais”, los ciudadanos moderados. Cuando no hay revolución, no hay emoción, y si la hay se utiliza para destruir un proyecto pacífico de convivencia, de libertades y oportunidades. ¿Cómo puede un eurodiputado ganarse a la gente, emocionar a la gente? Porque hay que emocionar a la gente, ¿o no?

Sí, la emoción es fundamental en política, y en política democrática. Porque ciertamente, volviendo al nacional populismo, además de explotar las coyunturas, la crisis económica, el asunto de los refugiados… lo hace apelando a los instintos más bajos del ser humano, y es muy efectivo jugar con las emociones de las personas. Hemos apelado a la razón los partidos tradicionales, pero no solo somos racionales, somos sentimentales, y el discurso político necesita de una carga emocional, pero de la buena, no de la mala, y Azaña decía que el buen discurso político ilumina la razón, desde la emoción. Porque si no hay emoción, el discurso político es una conferencia, y no tiene efecto movilizador y no genera entusiasmo. Si solo tiene emoción y no razón es una llama iracunda o panfletaria a la acción, sin objetivo moral o brújula… Yo creo que Europa sí puede emocionar. Debemos hablar de los retos, pero no solo tecnocráticamente, sino hablar desde la cultura, las artes, la educación, tenemos que resultar inspiradores. Hablar de ese gran proyecto que es Europa en clave trascendente, de trascendencia histórica, de lo que ha supuesto.

Recuerda al incendio de Notre Dame durante la primavera pasada.

Es un buen ejemplo de cómo Europa se emocionó, porque entendió que era un símbolo europeo, no solo un monumento francés. Podemos inspirar lo mejor de las personas. Recordando de dónde viene Europa (la Unión) que es la guerra mundial, y cómo se construyó para evitarla, y que sobre la base de la paz se pueden alcanzar las mayores cotas de progreso y desarrollo moral de la humanidad, es decir, Europa es una isla de la humanidad, no hay parte en el mundo donde libertad política, progreso económico y bienestar social se conjuguen de manera más óptima.

Debemos insuflar este discurso moral en todos los europeos para que realmente se sientan partícipes de este proyecto y generar este entusiasmo, sobre todo a través de las raíces morales de Europa y cómo se puede proyectar eso hacia el futuro, y poniendo de relieve no solo las culturas nacionales sino el acervo cultural común que tenemos, puede emocionar, y no hacerlo en clave identitaria sino en clave posnacional, recordando las raíces grecorromanas, judeocristianas, Ilustración, tantos momentos que han sido europeos y no solo nacionales.

¿Hay partido?

Hay partido. El resultado electoral cabe leerlo en esa clave. Es objetivo. Es muy fácil dar opiniones, escribir editoriales diciendo que Europa va a acabar pasto del nacionalismo, pero los resultados en las últimas elecciones europeas de mayo de 2019 fueron del 22%. Ni siquiera son todas fuerzas políticas 100% antieuropeas, pues ahí incluimos a los euroescépticos. Hemos obtenido cinco años para que Europa tenga una nueva oportunidad. Hemos pasado 10 años muy duros por la crisis y tenemos cinco años para demostrar que podemos trabajar por los europeos, para poner las instituciones de la UE al servicio de causas tan importantes, para luchar contra el cambio climático, afrontar el reto de la inmigración, pero también para acabar con la desigualdad. Europa tiene que demostrar que una Europa social es posible. Que el pleno empleo sea un objetivo de la UE es fundamental, no solo de los estados, que haya un seguro de desempleo europeo. Todo esto dará la medida de la Europa que protege, de la que también, por cierto, habla Macron. Son cinco años para construir el pilar social que necesitamos para reforzar en el conjunto de la ciudadanía la percepción de que la democracia europea en su conjunto es un sistema mejorable pero, democráticamente hablando, impecable.

Como conclusión, ¿cómo ve este inicio del año 2020 desde el Parlamento Europeo?

Verdaderamente estamos en una etapa compleja y apasionante. España ha vuelto a recuperar parte del peso institucional perdido durante los años de la crisis y lidera junto a Francia y Alemania la agenda de integración del proyecto europeo. Los británicos han confirmado su deseo de salir de la Unión y al mismo tiempo estamos a punto de que comience el próximo 9 de mayo la Conferencia sobre el Futuro de Europa, que hará copartícipes de nuestra Unión a la ciudadanía y a sus líderes institucionales para decidir sobre la agenda política para los próximos años. Yo espero que esa agenda incluya la reforma de los tratados en clave federal con más competencias para la Unión en materias en las cuales los estados ya no son capaces de dar soluciones. Voy a trabajar duro por conseguir ese objetivo, no le quepa duda.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  374 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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