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26 FEBRERO 2020
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>Entrevista a Daniel Gascón

"El nacionalismo ha empleado las tácticas propias del populismo"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
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Conversamos con Daniel Gascón sobre los contenidos de su libro “El golpe posmoderno” (Ed. DEBATE), una excelente obra que ayudará al lector a comprender el procés.

El plebiscito es uno de los factores esenciales de una democracia pero no el único y suficiente para una democracia. ¿Se podría hablar de una democracia de “baja calidad” en Cataluña?

Cuando tiene el independentismo esa deriva unilateral e ilegal sí se rebaja esa calidad. Lo que hemos visto quizá en todo el mundo en los últimos tiempos es esa reivindicación de la democracia plebiscitaria, donde además la idea del plebiscito te permite que esté por encima de los elementos del ordenamiento jurídico. Tiene esa parte de “es más importante el voto que la ley”. Es un poco como jugar al fútbol pero sin reglas. Es interesante ese enfrentamiento entre una idea de la democracia donde el voto es importante pero también es un valor el estado de derecho y esa otra idea que además luego tiene otras complicaciones que hemos visto, y otro ejemplo en una salida legal es el brexit. Es a veces en situaciones complicadas donde tú tomas una línea que es binaria y no soluciona el problema. También era un elemento el referéndum para hacer un cambio hacia la independencia, ni siquiera en su planteamiento estaba la posibilidad de una alternativa.

Comenta en su libro que el secesionismo catalán ha unido nacionalismo con populismo y esto ha permitido que aquel ampliara su base tradicional. ¿Por qué esta mutación?

Lo que tenían era esa idea del poder del nacionalismo, con esa ideología romántica de los elementos históricos, el factor de la lengua, la idea de un proyecto de construcción nacional, que luego también han empleado las tácticas que asociamos quizá al populismo, como la capacidad propagandística o la idea de la confrontación y la exclusión, como esa frase de Donald Trump: “lo que importa es la unificación del pueblo o de la gente, porque el otro pueblo, la otra gente, no importa nada”. Esa idea de un solo pueblo que luego hemos visto que era falsa. Ese componente supone un elemento antiguo y otro nuevo. Son las tácticas, la capacidad de inventar conceptos y marcos constantemente, que creo que ha sido una de sus grandes virtudes. El ejemplo ha sido el “derecho a decidir”, como un eufemismo del derecho de autodeterminación. O toda esa capacidad propagandística, en la que han sido muy hábiles.

¿Se podría decir que el 15M modula el nacionalismo?

Hay gente que ha escrito eso, sobre todo en el caso de Convergencia, que no había sido un partido independentista nunca y de repente, cuando hay esa crisis de representación, esa desconfianza hacia los partidos establecidos y también unos casos de corrupción preocupantes, en ese momento se produce ese viraje, ese cambio donde un partido que no lo había sido se hace independentista. Eso no sale de la nada. Existe un sentimiento de agravio anterior, un sentimiento de identidad fuerte y una apuesta por la desconexión lenta con el resto del Estado. Sin eso, no habría podido prender tan rápidamente. Aquí el papel de las élites ha sido muy importante.

¿Por qué afirma que el procés es la posibilidad que percibe una parte de la izquierda de acabar con el régimen del 78?

El régimen del 78 ha tenido tres grandes elementos de contestación. Uno sería el nacimiento de Podemos, contra la monarquía y las estructuras. Otro es el independentismo, cuestionando el modelo territorial y la integridad del Estado. Y el tercero es Vox, que también cuestiona el modelo territorial en un movimiento centralizador en vez de en la dispersión. Para gente que se implicó en el 15M pensando que podría cambiar el sistema, eso no llegó a suceder. Pero ese orden sí podía resquebrajarse y a los que no les gustaba ese orden podían ver aquello con mayor simpatía. Muchos otros no, porque también había una parte de la izquierda que veía esto como una rebelión de los ricos contra los pobres, contra la redistribución, y hay un sector de la izquierda al que le cuesta mucho aceptar eso.

“La mayoría de la gente tiene unas identidades que son complejas, mixtas […] A veces, una cierta cantidad de impureza identitaria es bastante buena”

¿Como contestación al desafío catalán podríamos correr el riesgo de cometer los mismos errores que el nacionalismo catalán pero a otra escala?

El ascenso de Vox no se entiende sin el protagonismo que ha tenido el independentismo y esa sensación de amenaza que se ha dado. Una catalanización de la política española creo que es un peligro que corremos. Quizá si la situación se desbloquea un poco en Cataluña, eso sea bueno para el resto de España, aunque no estoy seguro. Lo que es un error es pensar en hacer una política identitaria fuerte y creer que eso no va a afectar a los que tienen una identidad distinta. También son formas de presentar la identidad esencialistas y falsas, porque sabemos que la mayoría de la gente tiene unas identidades que son complejas, mixtas, con muchos elementos azarosos, que al final el castellano es la primera lengua materna en Cataluña y que mucha gente se siente española y catalana, y puede tener diferentes grados de vínculo con eso, como quien se siente europeo o no. A veces, una cierta cantidad de impureza identitaria es bastante buena.

Me ha gustado mucho cuando dice en su libro que “el discurso identitario acaba por negar lo que tenemos en común: la idea de que nuestras experiencias son comunicables, de que podemos entender la alegría o el dolor de los demás”. ¿Nos falta esta conversación para poder encontrarnos?

Me gusta en España lo que ha escrito sobre esta idea Manuel Arias Maldonado. Es la definición del ironista liberal. Liberal en el sentido de que lo que más le horroriza a un liberal es generar sufrimiento a los demás, un liberalismo un poco más en el sentido anglosajón. E ironista en el sentido de que eres consciente de tus propias contingencias, que tus opiniones también dependen un poco de tus experiencias, de tu situación. Es esa capacidad de intentar imaginar cómo está el otro. Muchas veces se reclama a la empatía, pero si tú tienes una idea muy fuerte de la identidad, eso complica la empatía, porque la empatía es un salto imaginativo, es pensar que podemos no sé si sentir la emoción del otro, pero entender aproximadamente cuál puede ser la emoción del otro.

“Esa supuesta singularidad se ha empleando al servicio de una idea excluyente”

¿Por qué esta incomparecencia del Estado de derecho durante años para hacer frente al desafío catalán? ¿Es que en el fondo no creemos en el estado de derecho o pensamos que se sostiene solo? ¿Basta para explicarlo que tanto PSOE como PP han necesitado de los nacionalistas?

Ha habido varias cosas. Por un lado, esa especie de retirada a veces de símbolos, una especie de confusión entre lo que sea la presencia de un Estado que debe ser capaz de integrar la pluralidad, pero que también tiene que estar, con la idea que tenemos de que la presencia del centro, digamos, recuerda a la dictadura y demás. Y también que les venía bien por la gobernabilidad de facto entre élites y de una especie de engaño. Creo que ahí, por ejemplo, en Cataluña mucha gente pensaba que un proyecto de nacionalismo blando, cultural, que permitiera un cierto ascenso social y una integración, favorecía entrar más o menos en esa idea. Luego hemos visto cómo todo ese elemento cultural, esa supuesta singularidad, se estaba empleando al servicio de una idea excluyente y creo que había ahí un componente de estafa, del que mucha gente no se dio cuenta incluso por ingenuidad y buena voluntad. Lo que me parece raro es que no nos demos cuenta ahora.

¿Sería necesario el renacimiento de lo mejor del catalanismo, uno de los grandes damnificados del procés según afirma, para reconducir la situación? ¿Es demasiado tarde ya para que pueda volver?

Hay varios intentos y creo que hay elementos de ese catalanismo que están en diferentes partidos, pueden estar en el PSC. Sin ser yo especialmente partidario del catalanismo porque creo que si ha muerto o está agonizante, en buena medida es por méritos propios. Ellos mismos de repente tenían una situación que era muy favorable, de dominación en muchos sentidos, de hegemonía cultural y de gran poder político, cuando eso es lo que les ha acabado poniendo en peligro. Por otra parte, seguramente es un sector necesario para cualquier pacto posterior que pueda haber, aunque ahora lo veo más disperso. Habrá que ver, pero el entierro del catalanismo quizá sea precipitado.

Una de las lecciones que cita es que es más eficaz la violencia administrativa que la violencia física. ¿Qué medidas administrativas faltarían por llevar a cabo?

Hay muchas cosas que se han hecho tarde. Me parece que hay muchos espacios que a veces no son exactamente de administración pero donde sí se puede fomentar una mayor presencia y entendimiento. Pero el independentismo quería las fotos del 1 de octubre y se las dieron, por lo que hicieron un uso que les sirvió para hablar de una violencia inusitada, que es la imagen que se queda grabada para mucha gente. Lo que frena la deriva independentista, como contaba Santos Juliá, no es tanto un Gobierno sino el Estado, que es una cosa muy seria y es una máquina represiva. De hecho, los independentistas lo sabían y por eso querían crear la suya propia. También me parece fundamental, ya que es un problema principalmente en Cataluña, el reconocimiento de la pluralidad interna en la propia Cataluña. Yo creo que, por ejemplo, TV3 no puede ser la televisión solo de unos o las cuestiones de la escuela… No es por los efectos que tengan, me da igual que sea una fábrica de hacer independentistas, sino por un sentido de pluralidad. ¿Qué hay que hacer? Pues ganar las elecciones. Ahora vemos una situación curiosa en la que antes había dos bloques muy claros y ahora parece que tanto el bloque constitucionalista como el bloque nacionalista catalán están mucho más desunidos entre ellos.

“El todo o la nada es una receta para la desunión”

Dice que un referéndum debería ser un instrumento para ratificar un consenso, no un procedimiento que propicie una victoria pírrica para unos y una humillación para otros. ¿Dónde es razonable que cada uno pueda ceder?

¡Si lo supiera!… Miguel Aguilar habla de la idea de que sea un referéndum para ratificar un consenso. No sé bien en qué sentido, quizá en elementos simbólicos en el sentido de la pluralidad interna o de cuestiones de la relaciones entre Cataluña y España, o simbólicos y financieros… la idea es que el acuerdo sea grande sabiendo que va a tener que haber cesiones mutuas. Si haces un referéndum para el todo o la nada es una receta para la desunión. Ya que si no sale lo que quieren unos van a repetir la votación todas las veces que sea necesario hasta que les salga bien. Y justamente la experiencia internacional de los últimos años lo desaconseja.

Escribe que “vivimos demasiado bien como para arriesgarlo por una causa”, citando a Pepe Fernández-Albertos. En el fondo, ¿no hay un cierto postureo cuando dicen que son un pueblo oprimido o sí se lo creen?

Algunos se han creído su propia propaganda, lo cual es un error bastante asombroso pero sí, también Albert Solé decía que vivíamos demasiado bien, así que yo creo que hay una especie de épica kitsch. El procés sí ha tenido de eso, la sensación de que vamos a participar en un gran movimiento, nos vamos a hacer fotos y de ahí la comparaciones con Ghandi, Martin Luther King… cuando estás haciendo una rebelión con las élites utilizando las estructuras del Estado contra tu propio Estado, entonces sí que ha habido ese componente que señala y también como ese momento de selfie, esa obsesión publicitaria o propagandista ha sido un elemento llamativo e importante del procés. Pero la cita de Fernández-Albertos es bastante clara. ¿Cuánto estás dispuesto a dar por la independencia? Pues tampoco tanto. Incluso da que pensar los ocho segundos de independencia de la primera declaración o incluso ahora la idea de que es injusto que vayamos a la cárcel. Tú has desafiado a un Estado y ahora quieres que no pase nada.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

Indio americano o cachorro dálmata

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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