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26 FEBRERO 2020
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El identitarismo y el muro del agnosticismo

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  39 votos
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Una de las acusaciones que vuelven entre los críticos del papa Francisco es la de que las iglesias no se llenan durante su pontificado. La secularización no se detiene, los jóvenes se alejan, el número de los creyentes disminuye en vez de crecer. De todo ello sería directamente responsable el Papa con su costumbre de anteponer la misericordia a la verdad, con su buenismo renunciador que llevaría al olvido de la gran tradición de la Iglesia.

Sería fácil objetar que también con Juan Pablo II las plazas se llenaban pero las iglesias estaban vacías. Tampoco con Benedicto XVI asistimos a una inversión de la tendencia. En realidad, los que acusan al Papa partiendo de las variaciones en bolsa de las acciones de los creyentes pecan, a su pesar, de papolatría. Los procesos espirituales que marcan la vida de la Iglesia no dependen en absoluto de la figura del pontífice y la tendencia hacia la descristianización de Europa, que afecta a todo Occidente, incluidos los Estados Unidos, no es cosa de hoy. Avanza desde la mutación antropológica de los años 70 del siglo pasado, sufre una aceleración en los años 80-90, y se generaliza en el nuevo milenio. Nos enfrentamos a un proceso que, aparentemente, se presenta como irreversible. No se trata de ateísmo, como podía ser en los años 70 dominados por el marxismo. Nos enfrentamos sobre todo a un agnosticismo vivido, inconsciente, que no se plantea el problema religioso por la sencilla razón de que ya no tiene noticia de él ni testimonio directo.

El nuevo agnosticismo es distinto del kantiano del XIX, para el que no es obvio saber si Dios existía, aunque era preferible que así fuese. También es distinto del agnosticismo positivista, que tiende a superar al propio ateísmo disolviendo, de raíz, las preguntas metafísicas y la exigencia de lo divino. De Dios no se sabe nada porque no hay nada que saber. El agnosticismo de los jóvenes de hoy es diferente. Diferente también del de sus padres que, decepcionados por la época de las utopías del 68, se impregnaron de un profundo escepticismo. Para los jóvenes, por el contrario, ser agnósticos significa no saber nada de Dios ni, en Europa, de la vida cristiana. No son contrarios a la fe, aunque no escapan de los prejuicios de la tradición ilustrada. Son más bien ajenos, distantes, lejanos. Pertenecen al reino de los sin-religión, los ‘nones’, según la designación americana estudiada por Guillaume Cuchet en su reciente artículo “La montée des sans-religion en Occident”.

Los ‘nones’ son la mayoría, aumentan progresivamente, delinean una nueva espiritualidad. La secularización ya no genera ateísmo, como en los siglos XIX y XX, sino indiferencia, desafección antropológica, sensibilidades distintas. Ese es el terreno en el que surgen ciertas reflexiones interesantes sobre la Europa secular en los últimos tiempos. Todas ellas unidas por un hilo rojo: el rechazo al proyecto “identitario” como alternativa al secularismo líquido. En su “Brève apologie pour un moment catholique”, Jean-Luc Marion, uno de los filósofos católicos más ilustres en Francia, propone una presencia pública, visible, de los cristianos franceses como antídoto al laicismo y al clericalismo islamista. Pero no se trata de una afirmación autónoma y divisiva, sino de una contribución original al bien común en un momento en que el modelo de la ‘laicité’ muestra todos sus límites. Da la impresión de que el autor, queriendo tranquilizar a los franceses frente a los riesgos de integrismo religioso, aprovecha la ocasión para hablarles de la fe, de la Iglesia, de la gran herencia cristiana. “‘¡No tengáis miedo!’, esta exhortación de Juan Pablo II desde el balcón de la plaza de San Pedro después de su elección pretendía confortar a los católicos del mundo entero. Pero parece que hoy son sobre todo los católicos franceses los que deberían repetir esas palabras a otros franceses no católicos, asustados por el retorno del clericalismo, por no hablar de ciertos católicos intimidados por su propia existencia. Yo por tanto os digo: ‘No tengáis miedo de nosotros’”.

Si en la reflexión de Marion el integrismo y el identitarismo aparecen como un obstáculo para la presencia cristiana en la sociedad secularizada, no es menor la perspectiva avanzada por Olivier Roy, conocido experto del mundo islámico, cuya tesis es que el giro antropológico del 68 deterioró el fecundo diálogo que la Iglesia había establecido con la modernidad en el Concilio Vaticano II. “El hecho es que, justo cuando la Iglesia se adaptaba a la modernidad, esta última estaba viviendo una transformación considerable: la aparición de un nuevo sistema de valores, empezando por el que se ha definido como ‘espíritu de los años 60 del siglo XX’”. La disociación entre la iglesia y los valores morales ‘posmodernos’ es la causa de un conflicto que caracteriza la etapa eclesial a partir de los años 80, tras la caída del comunismo. De ahí la reacción “identitaria” contra el relativismo ético, una reacción que debe reducir la fe a cultura, a raíz del pasado, a norma jurídica. Con el resultado de secularizar la fe que quiere oponerse a la secularización. Para Roy, “lo único capaz de desmentir la tesis expuesta hasta aquí es que eventualmente justificaría la postura de los creyentes identitarios, sería un retorno masivo a la fe y a la práctica religiosa cristiana después del activismo por parte de los católicos que aún sobreviven. En cambio, hacer leyes e imponer símbolos, cumplir la promesa pascaliana de “hacer como si” se creyera ya que no hay nada que perder y todo que ganar, esperando que la Providencia y el Espíritu Santo intervengan directamente, no garantiza ningún resultado. Extrañamente, estos intelectuales, de Rod Dreher a Rémi Brague o Pierre Manent, son profundamente pesimistas como existencialistas, confunden la cultura con la religión y no se dan cuenta de que ambas están igualmente en crisis y en evolución. Quizás, a la espera del Espíritu Santo, haya que recuperar la insostenible levedad del ser. Si Europa tiene que volver a ser cristiana, entonces necesita profetas, no legisladores”.

A esta última afirmación de Roy se podía objetar que los cristianos tienen todo el derecho a aportar su contribución al bien común y a oponerse a los resultados ético-políticos dictados por el individualismo radical. En esta oposición y en la reproposición de modelos más solidarios de convivencia civil no se ve secularización alguna. La secularización solo se da cuando un proyecto político identitario se reviste de un significado salvífico, como si la restauración de los modelos ético-jurídicos conformes al derecho natural hiciera posible la restauración católica de la sociedad. Si en un estado europeo se abolieran el divorcio, el matrimonio gay, el aborto, etc., eso no acercaría lo más mínimo la fe a los ‘nones’. La lucha contra el relativismo ético puede coagular un movimiento político pero no es capaz de promover una renovación religiosa. Este es el elemento que no afronta la teología política identitaria, confundiendo el plano religioso con el político.

En su reciente libro “La apuesta católica”, Mauro Magatti y Chiara Giaccardi tienen muy presente este equívoco que caracteriza a gran parte del catolicismo comprometido actual. Ese mundo vive animado por las mejores intenciones cuando quiere salir del gueto, de la fuga espiritualista, y quiere contrastar las derivas utilitaristas y hedonistas de la secularización. Pero, sin darse cuenta, arrastra a la figura de Cristo al campo de batalla y se sirve de él como estandarte de lucha en el cuerpo a cuerpo de un ejército guiado por generales que tienen unos intereses bien distintos de la fe. Confiar en Orban o Salvini para cristianizar a los ‘nones’ ofrece una perspectiva lunar, aparte de contraria al primado del anuncio y el testimonio. Como dicen Magatti y Giaccardi, “el problema es que el remedio propuesto corre el riesgo de ser peor que la enfermedad. La distinción entre poder religioso y poder políticos es precisamente uno de los presupuestos del Occidente cristiano. El Papa, a diferencia del faraón, nunca ha querido convertirse en emperador, sencillamente porque la ciudad de Dios no coincide con la del hombre (…) Pensar en invertir la profunda descristianización en acto partiendo de lo alto, apropiándose del poder político, es un error que la historia nos ha enseñado a reconocer como tal. En todo caso, nunca ha sido ese el método utilizado por Cristo ni indicado a los que decidían seguirle. Sin duda, la Iglesia tiene el problema de contrastar el gnosticismo imperante que pretende menospreciar a la religión, relegándola en el recinto de la mera experiencia personal y condenándola así a la insignificancia privada y a la irrelevancia pública. Pero el modo de afrontar la cuestión no es imaginar la conquista del poder político”.

Para estos autores, al igual que para Marion y Roy, el renacimiento de la fe no puede seguir la vía de una teología política, es decir, de la restauración desde lo alto de una ‘cristiandad’ perdida. “Fe y libertad: este es uno de los grandes temas del Concilio, el gran desafío que nos ha dejado. Pero después de cincuenta años, podemos ver que la respuesta sigue siendo balbuciente. De modo que la Iglesia católica sigue a medio camino entre la tentación de volver atrás, al cómodo seno de la tradición y la doctrina, y la huida hacia adelante de una “iglesia no iglesia” donde todo se disuelve en el subjetivismo. Pero en esta incertidumbre, lo cierto es que la fórmula del cristianismo que ha funcionado en los últimos quinientos años ya no vale”. Es un camino difícil, dramático, “tensionante”, como diría el papa Francisco.

Magatti y Giaccardi vuelven a proponer la actualidad de la antropología polar de Romano Guardini, el pensador ítalo-alemán que tanto influyó en la visión eclesial y social de Jorge Mario Bergoglio. A principios de los años 20, Guardini soñaba en su libro “El sentido de la Iglesia” un nuevo encuentro entre Iglesia y persona, verdad y libertad, más allá del autoritarismo del modelo medieval. Traducido a la actualidad, ese sueño indica una relación renovada entre misericordia y verdad. La vía de la misericordia no es alternativa a la verdad, como afirman los críticos de Francisco sino que, como declaró el Papa emérito en una entrevista con Jacques Servais en 2016, se trata de una línea roja que une a los tres últimos pontífices. No se puede pensar en encontrarse con los ‘nones’ de nuestro tiempo, los millones de jóvenes que nada saben de la fe, a golpe de normas, reglas y leyes. Eso pertenece al debate civil, laico, en el que los cristianos están llamados, como todos, a aportar su contribución. Pero la conversión de mente y corazón es otra cosa. Solo un testimonio libre y capaz de transmitir “el atractivo de Jesucristo” puede ser capaz de provocar y sorprender a aquellos que de Dios no conocen ni siquiera su nombre.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  326 votos
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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore | 0 comentarios valoración: 1  370 votos
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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 200 comentarios valoración: 2  4044 votos

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