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4 ABRIL 2020
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¿Cuánto barro tienen los pies del gigante?

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  25 votos
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Usera. Un barrio con más de 10.000 ciudadanos chinos. Una de las “china town” más grandes de Europa. Farmacias, supermercados, restaurantes y hasta una misa a la semana para los miembros del Imperio del Centro que han emigrado a Madrid. Hay calles que parecen ya de Pekín. Muchos negocios han cerrado, por prevención. Porque no hay ningún caso de coronavirus ni sospechas. En uno de los negocios, en el escaparate, un cartel en español explica que el cierre se debe a las vacaciones, otro cartel en caracteres chinos da otra versión: el cierre se debe a la epidemia. Doble verdad. Probablemente para no crear una alarma innecesaria entre los clientes españoles, quizás por la costumbre, por la necesidad de no ser demasiado transparentes. Hay valores por encima de la precisión informativa.

La falta de transparencia, la falta de eficacia burocrática del régimen comunista va camino de convertir el coronavirus en el Chernóbil chino. El número de víctimas está lejos de las provocadas por el accidente de la central nuclear ucraniana en los años 80, pero la crisis política y la desconfianza se extiende como la radiación. Chernóbil acabó con el hombre soviético, el tiempo dirá la dimensión del daño que el coronavirus causa en el hombre neo-maoísta-comunista-capitalista diseñado por Xi Jinping. El año 2021 iba a ser, con ocasión del primer centenario del Partido Comunista, el año en que China se iba a convertir “en una sociedad de un bienestar moderado”. El país que ya controla un tercio del PIB mundial ha sido capaz de poner en cuarentena a 50 millones de personas, pero ha sido incapaz de gestionar con eficacia la información, el bien intangible decisivo en una epidemia. El país donde todo dato y todo movimiento está controlados con la aplicación We Chat, en el que cada rincón tiene una cámara y en el que los sistemas de Inteligencia Artificial procesan a toda velocidad billones de datos, las noticias más relevantes para evitar una pandemia no llegaron donde tenían que llegar a tiempo.

Según The Lancet, los primeros casos se detectaron a principios de diciembre. Se produjeron algunas denuncias de la enfermedad a principio de enero pero fueron silenciadas. Solo el 20 de enero, la Comisión Nacional de Salud anunciaba la extensión del virus. No por casualidad, la muerte del doctor Li Wenliang, sancionado después de haber denunciado la presencia del patógeno en algunos enfermos, lo ha convertido en el icono de unas críticas al poder que algunos ya comparan con el movimiento que dio lugar a Tiananmen. Es muy significativo que las críticas de la disidencia hayan estallado en internet a pesar del férreo sistema de control impuesto por Xi. Cualquiera que haya estado en China haciendo información sabe que es prácticamente imposible difundir una noticia que cuestione el poder o una opinión crítica sin ser inmediatamente interceptado.

Solo el malestar creciente explica la inusual autocrítica del alcalde de Wuham, Zhou Xianwang, que probablemente quería ser utilizada como cortafuegos para que la mala gestión no afectara a los órganos centrales del partido. Pero el propio Zhou ha querido culpar a sus superiores al afirmar que no hubiera podido hacer nada sin su autorización. Hubo que esperar al 3 de febrero para que la agencia de noticias oficial Xinhua informara de que Xi Jinping había presidido un Comité Central del Partido en el que había apostado por “un control de la infección basado en la ley, que sea científico y ordenado”. Con este gesto, Xi pretendía auto-absolverse después de muchos días de inusual silencio.

Desde hace años Xi Jinping protagoniza una marcha atrás respecto a la separación entre los poderes del Estado y los poderes del partido iniciada a mediados de los años 70 por Deng Xiaoping. El expansionismo económico de Xi, la transformación de China en una potencia marítima, el desarrollo militar ha venido acompañado de una vuelta a ciertas fórmulas utilizadas por Mao. Ese neo maoísmo de Xi tuvo uno de sus momentos cumbre en la reforma constitucional realizada en marzo de 2018, reforma que acabó con la limitación de los mandatos presidenciales. Nada de eso hubiera sido posible sin un sólido cemento nacionalista. La opinión pública del país, si es que se puede utilizar esa expresión, veía con complacencia el fortalecimiento del líder y el desarrollo de los sistemas de control. Eran expresión de una nación fuerte.

No podemos saber cuánto ha erosionado la crisis del coronavirus la confianza en un régimen y una nación que estaba saliendo, según el propio Xi, de cien años de postración. En China casi nunca es fácil saber lo que está pasando. Ha quedado claro que la “gobernanza” del nuevo imperio, que le disputa el liderazgo a Estados Unidos, no funciona ante una crisis sanitaria. Y eso puede significar que en los pies del gigante hay mucho barro, no sabemos cuánto. A partir de ahora será más difícil seguir manteniendo el mito de que las elites políticas chinas lo son solo por el mérito. Los críticos, que no hablan abiertamente, señalan que Xi ha premiado a los políticos leales sobre los tecnócratas que podían ser corruptos, sí, pero hicieron posible la expansión económica y hacían, al fin y al cabo, su trabajo.

La doble verdad no funciona ni en Usera, ni en un mundo global.

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