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31 MARZO 2020
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La gente del New York Encounter

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 1  12 votos
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Hay una imagen que expresa gráfica y dramáticamente el cambio de época que están sufriendo las sociedades occidentales. Con motivo del discurso sobre el estado de la nación, el presidente Donald Trump acabó negándose a estrechar la mano de la portavoz de la cámara, la demócrata Nancy Pelosi. Antes, mientras el presidente recibía los aplausos por su informe, la líder demócrata había roto visiblemente, en directo televisivo, los folios del discurso de Trump.

Parecía que hubiera pasado un siglo, y no veinte años, de las elecciones norteamericanas del año 2000, cuando George W, Bush se impuso por solo 537 votos a Al Gore en Florida, estado que en aquella ocasión resultó decisivo para la elección del inquilino de la Casa Blanca. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos se opuso al recuento de papeletas, pero Al Gore no apeló al fraude electoral y, como de costumbre, aceptó la derrota con la llamada de rigor al adversario e invitó a sus votantes a dejar a un lado los rencores y preparar un “proceso de conciliación” por el bien del país.

Pertenecer a la nación norteamericana, a la casa común con la que no podía ninguna ideología, parece que ya no vale, parece que la casa se ha roto, casi derrumbado. La grieta es mucho más profunda que la radical división política. Por esta razón, los organizadores del New York Encounter han querido titular su edición de 2020 “Crossing the Divide”, cruzando la línea divisoria.

El espectáculo inaugural, “Burbujas, pioneros y la chica de Hong Kong”, intentaba profundizar, con destellos evocadores, en la dura historia americana, tejida de grandes esperanzas y de heridas que nunca han sanado del todo. En el escenario, nueve músicos y cuatro actores narraban momentos de la vida de hombres y mujeres que se enfrentaban a su rutina y a la irrupción de imprevistos. Empezando por el “sueño americano”, mencionado incluso en la Constitución: el hombre está dotado de ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. La nación americana está pensada para sostener este ideal.

Lo vemos al evocar a las madres de familia de los primeros que se establecieron en las praderas de Nebraska; lo refleja el astronauta que vuelve de su viaje a la luna. Hombres y mujeres que parten en busca de algo grande y se topan con la inmensidad de la naturaleza y con una misteriosa experiencia de soledad que agudiza su ansia de infinito. Ni siquiera la esclavitud logra apagar ese deseo, pues los mismos sueños y el mismo anhelo de libertad se hallan en los relatos de los antiguos esclavos entrevistados.

Algo pasa en la sociedad norteamericana que está acabando con ese optimismo tan arraigado. El relato del 11 de septiembre, narrado en forma de artículos, reflexiones y fragmentos de novelas escritas poco después del atentado terrorista muestra un trauma que ha ido decepcionando de manera trágica a los norteamericanos, haciéndoles pensar que aquel sueño en realidad es una utopía. Es el símbolo de un brusco despertar, de la caída de los ideales religiosos, en un contexto de desigualdad creciente entre el consumismo y una pobreza extrema en muchas partes.

La crisis ha deteriorado la confianza en el progreso social y económico. Muchos fragmentos del espectáculo dedicado al 11-S expresaban emblemáticamente la angustia del mundo moderno en la América actual. Es la herida que atenaza el corazón de cada uno y que empuja a muchos a encerrarse en una burbuja protectora. Un espectáculo que no comete el error de acabar con un discurso tranquilizador, solo muestra a alguien que no se rinde. Es la vieja esclava liberada: “Dios ha sido tan bueno conmigo que me ha permitido vivir todos estos años. Solo quiero estar preparada para encontrarme con Él cuando Él lo disponga. Mi único problema será amar a los blancos. Han tratado tan mal a mi raza. Mi pastor siempre me dice que debo perdonarlos y amarlos si quiero subir al cielo. Pero, tesoro, eso me llevará toda la vida. Que Dios me haga vivir mucho o poco da igual, en todo caso será una tarea dura”.

El escritor James Baldwin señala cómo todo puede volver a empezar. Basta con encontrar un amor. Y si, por ejemplo, Hong Kong no significara nada, basta conocer a una chica que viene de allí para que Hong Kong se vuelva inesperadamente importante, hasta el punto de estar dispuesto a ir hasta allí incluso a nado.

¿Será verdad? La respuesta del New York Encounter no solo está en sus espectáculos, encuentros y exposiciones sino que se vislumbra mirando a la multitud de personas que lo pueblan. Son ingenieros implicados en proyectos aeroespaciales que no limitan su trabajo a su capacidad profesional sino que miran al cielo infinito, y que se plantean las mismas preguntas sobre el sentido de todo que se hacían los primeros astronautas. Son científicos que no dejan de preguntarse cómo poder usar la inteligencia artificial para mejorar la calidad de vida. Son investigadores comprometidos en la búsqueda de nuevas curas para las enfermedades, movidos por el deseo de aliviar el sufrimiento de la gente. Son artistas que siguen buscando la belleza en todas sus formas posibles.

Es la chica del ejército que, adiestrando a los soldados, se pregunta cómo es posible no separar su trabajo de la fe que vive. Es el grupo de personas que reparte un plato de comida caliente entre los sintecho de Nueva York, o que en Los Ángeles da trabajo a los veteranos de guerra lisiados a los que todos han abandonado, porque los que no han tenido éxito en la vida también tienen derecho a nuestra atención y a nuestro amor. Son jóvenes que, al terminar los estudios, no quieren tener que elegir entre trabajo y afecto. Son padres, madres y muchos profesores que se interrogan juntos sobre qué significa educar. Son voluntarios de todas partes de los Estados Unidos, son aquellos que viven una experiencia religiosa, que generan comunidades que acogen.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2993 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 343 comentarios valoración: 2  4097 votos

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