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22 SEPTIEMBRE 2020
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La gente del New York Encounter

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 1  12 votos
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Hay una imagen que expresa gráfica y dramáticamente el cambio de época que están sufriendo las sociedades occidentales. Con motivo del discurso sobre el estado de la nación, el presidente Donald Trump acabó negándose a estrechar la mano de la portavoz de la cámara, la demócrata Nancy Pelosi. Antes, mientras el presidente recibía los aplausos por su informe, la líder demócrata había roto visiblemente, en directo televisivo, los folios del discurso de Trump.

Parecía que hubiera pasado un siglo, y no veinte años, de las elecciones norteamericanas del año 2000, cuando George W, Bush se impuso por solo 537 votos a Al Gore en Florida, estado que en aquella ocasión resultó decisivo para la elección del inquilino de la Casa Blanca. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos se opuso al recuento de papeletas, pero Al Gore no apeló al fraude electoral y, como de costumbre, aceptó la derrota con la llamada de rigor al adversario e invitó a sus votantes a dejar a un lado los rencores y preparar un “proceso de conciliación” por el bien del país.

Pertenecer a la nación norteamericana, a la casa común con la que no podía ninguna ideología, parece que ya no vale, parece que la casa se ha roto, casi derrumbado. La grieta es mucho más profunda que la radical división política. Por esta razón, los organizadores del New York Encounter han querido titular su edición de 2020 “Crossing the Divide”, cruzando la línea divisoria.

El espectáculo inaugural, “Burbujas, pioneros y la chica de Hong Kong”, intentaba profundizar, con destellos evocadores, en la dura historia americana, tejida de grandes esperanzas y de heridas que nunca han sanado del todo. En el escenario, nueve músicos y cuatro actores narraban momentos de la vida de hombres y mujeres que se enfrentaban a su rutina y a la irrupción de imprevistos. Empezando por el “sueño americano”, mencionado incluso en la Constitución: el hombre está dotado de ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. La nación americana está pensada para sostener este ideal.

Lo vemos al evocar a las madres de familia de los primeros que se establecieron en las praderas de Nebraska; lo refleja el astronauta que vuelve de su viaje a la luna. Hombres y mujeres que parten en busca de algo grande y se topan con la inmensidad de la naturaleza y con una misteriosa experiencia de soledad que agudiza su ansia de infinito. Ni siquiera la esclavitud logra apagar ese deseo, pues los mismos sueños y el mismo anhelo de libertad se hallan en los relatos de los antiguos esclavos entrevistados.

Algo pasa en la sociedad norteamericana que está acabando con ese optimismo tan arraigado. El relato del 11 de septiembre, narrado en forma de artículos, reflexiones y fragmentos de novelas escritas poco después del atentado terrorista muestra un trauma que ha ido decepcionando de manera trágica a los norteamericanos, haciéndoles pensar que aquel sueño en realidad es una utopía. Es el símbolo de un brusco despertar, de la caída de los ideales religiosos, en un contexto de desigualdad creciente entre el consumismo y una pobreza extrema en muchas partes.

La crisis ha deteriorado la confianza en el progreso social y económico. Muchos fragmentos del espectáculo dedicado al 11-S expresaban emblemáticamente la angustia del mundo moderno en la América actual. Es la herida que atenaza el corazón de cada uno y que empuja a muchos a encerrarse en una burbuja protectora. Un espectáculo que no comete el error de acabar con un discurso tranquilizador, solo muestra a alguien que no se rinde. Es la vieja esclava liberada: “Dios ha sido tan bueno conmigo que me ha permitido vivir todos estos años. Solo quiero estar preparada para encontrarme con Él cuando Él lo disponga. Mi único problema será amar a los blancos. Han tratado tan mal a mi raza. Mi pastor siempre me dice que debo perdonarlos y amarlos si quiero subir al cielo. Pero, tesoro, eso me llevará toda la vida. Que Dios me haga vivir mucho o poco da igual, en todo caso será una tarea dura”.

El escritor James Baldwin señala cómo todo puede volver a empezar. Basta con encontrar un amor. Y si, por ejemplo, Hong Kong no significara nada, basta conocer a una chica que viene de allí para que Hong Kong se vuelva inesperadamente importante, hasta el punto de estar dispuesto a ir hasta allí incluso a nado.

¿Será verdad? La respuesta del New York Encounter no solo está en sus espectáculos, encuentros y exposiciones sino que se vislumbra mirando a la multitud de personas que lo pueblan. Son ingenieros implicados en proyectos aeroespaciales que no limitan su trabajo a su capacidad profesional sino que miran al cielo infinito, y que se plantean las mismas preguntas sobre el sentido de todo que se hacían los primeros astronautas. Son científicos que no dejan de preguntarse cómo poder usar la inteligencia artificial para mejorar la calidad de vida. Son investigadores comprometidos en la búsqueda de nuevas curas para las enfermedades, movidos por el deseo de aliviar el sufrimiento de la gente. Son artistas que siguen buscando la belleza en todas sus formas posibles.

Es la chica del ejército que, adiestrando a los soldados, se pregunta cómo es posible no separar su trabajo de la fe que vive. Es el grupo de personas que reparte un plato de comida caliente entre los sintecho de Nueva York, o que en Los Ángeles da trabajo a los veteranos de guerra lisiados a los que todos han abandonado, porque los que no han tenido éxito en la vida también tienen derecho a nuestra atención y a nuestro amor. Son jóvenes que, al terminar los estudios, no quieren tener que elegir entre trabajo y afecto. Son padres, madres y muchos profesores que se interrogan juntos sobre qué significa educar. Son voluntarios de todas partes de los Estados Unidos, son aquellos que viven una experiencia religiosa, que generan comunidades que acogen.

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