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29 MAYO 2020
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El infinito que está dentro

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 1  17 votos
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Hay una gran paradoja que acompaña desde su inicio la historia del nihilismo y cuyo cumplimiento hoy vemos más claramente: el verdadero sentido de la “muerte de Dios” –la fórmula con que de Nietzsche en adelante se alude a la crisis irreversible de toda trascendencia, ontológica, religiosa o moral– reside en la muerte del “yo”. El ser que yo soy ya no se concibe como un “dato” objetivo, sino como el “caso” subjetivo de un proceso evolutivo impersonal, un momento de tránsito provisional, eso que el nihilismo oriental, inspirado en el budismo, llamaría la “no-permanencia” o “no-existencia” del yo individual. Momentos accidentales en el flujo necesario de la naturaleza: eso serían los seres humanos, y no está dicho que la falta de un sentido personal sea una pérdida. Según algunos, podría ser hasta una liberación, la posibilidad de vivir la vida tal cual es, en su acontecer desnudo, y basta.

Esta paradoja es el caso de la cultura actual. De hecho, por un lado parece imponerse en todos los frentes la ideología de la performance, según la cual nuestro ser consistiría en el logro, pero reduciendo los logros a la afirmación de una propia imagen de poder (sea el que sea); pero por otro lado, si este juego no se “logra” –lo que suele suceder, o sale mal, o sencillamente no dura– nuestro ser queda literalmente aniquilado, reducido a cero, ya no sirve para nada. Aquí nace la “cultura del descarte”, en la que el papa Francisco identifica con total evidencia uno de los problemas más dramáticos de nuestras sociedades.

¿Pero qué puede poner en cuestión tal perspectiva –no solo socio-económica sino en primer lugar antropológica– del “descarte de uno mismo”? El reclamo a una sabiduría individual o a una moralidad pública ya no resultan eficaces. La deontología no es capaz de entenderse con la ontología. ¿Habrá algún punto en el que apoyarse para afrontar el problema? Y si lo hay, no puede venir de fuera de la experiencia, solo puede nacer desde su interior. Un punto ganado por la urgencia misma del vivir que nos inquieta a diario, un punto que emerja de la inmanencia de la vida misma. Si existe un sentido trascendente, o se encuentra en la inmanencia o sencillamente no se da.

Aquí volvemos al problema existencial del nihilismo, allí donde la vida parece ser una “inmanencia absoluta”, por usar una expresión del filósofo Gilles Deleuze (L’immanence: une vie... de 1995), que retoma una idea típica de Spinoza, para quien la vida es una potencia natural absoluta, “movimiento que no empieza ni acaba”, conciencia impersonal, al mismo tiempo “sin objeto y sin yo”, por extraño que pueda parecer al sentido común una conciencia que no sea conciencia de algo y que no sea conciencia de sí. Solo una “inmanencia pura”, según Deleuze, permitiría una “felicidad completa”, como la de los recién nacidos, que “se parecen todos, no poseen una individualidad propia, pero tienen singularidades, una sonrisa, un gesto, una mueva, hechos que no son caracteres subjetivos. Los recién nacidos están atravesados por una vida inmanente que es potencia pura, y también felicidad a través de los sufrimientos y debilidades”.

Resumiendo, habría que decir que cuando el recién nacido se convierte en “individuo” o en “yo”, cuando adquiere su propia irreductibilidad personal, justo entonces la vida se perdería. Y se impondría una trascendencia ilusoria que, intentando significar la vida en relación con algo o alguien más grande que la propia vida, en realidad la traiciona y paraliza. La vida así entendida es un movimiento sin origen ni meta, una potencia que se nutre a sí misma, un deseo que se sigue generando sin advertir carencia alguna. El único sentido posible es entonces el que no viene impuesto sino generado por los propios acontecimientos de la vida, que solo encuentran en sí mismos y nunca en otros su dirección casual.

He encontrado ciertos ecos de esta tesis en la observación de uno de mis alumnos de filosofía, que me escribe: “pienso que el valor del nihilismo reside precisamente en la pérdida total de sentido, que si en un primer momento puede sin duda desorientar, después solo puede hacernos apreciar la vida por lo que es, hacernos amar y vivir la vida hasta el fondo, intentando sacar la mejor experiencia posible”. En esto consistirían “las ganas más profundas de vivir la vida en su maravillosa superficialidad”.

La superficialidad de la vida y de la realidad es maravillosa para mi alumno, porque no necesita nada más para ser gozada, más que lo que hay. Pero se plantea una pregunta sencilla, dentro de ese goce: ¿“quién” puede gozar de esta maravilla?, ¿“quién” experimenta esta felicidad de la vida? Si todo se reduce a una potencia impersonal que se genera a sí misma, sin que nos falte nada ni nadie más, ¿acaso no hará falta un “yo”, es decir, alguien que espera, que desea, que pide, para poder gozar, es decir, para poder ser feliz? Nosotros nunca somos completamente felices, y sin embargo deseamos serlo, precisamente porque no nos basta todo lo que podamos tener o incluso imaginar. En el corazón de nuestra vida se produce –como un contragolpe o contra-movimiento– un infinito, que no viene de fuera sino que nos urge desde dentro. Sin esta intensidad abismal –que nunca nos baste nada–, toda superficialidad nos causaría, como decía Leopardi, tan solo “fastidio” y “aburrimiento”. Hace falta el infinito para poder disfrutar de las cosas finitas.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3077 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 432 comentarios valoración: 2  4180 votos

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