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7 DICIEMBRE 2016
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¿Cuál es el rostro de Europa?

Marta Cartabia

Pero, ¿cuál es la cara de Europa en el siglo XXI? Ésta es una cuestión que nos preguntamos con menos frecuencia. Para las generaciones más jóvenes la idea de Europa se vincula a la moneda única y a la libertad de circular por todo el continente, sin formalidades en las fronteras. Euro y  Schengen son los símbolos más generalizados de la Unión Europea.

Pero la UE no es sólo esto, nunca ha sido sólo esto. La integración europea es un proceso que ha recorrido un largo camino desde 1950, año de la famosa Declaración Schuman.  "Europa no se construirá gracias a un tratado", se dijo entonces. Y, de hecho, Europa se hizo con pequeños pasos. Gran realismo y grandes ideales animaron a los padres fundadores en los años 50. Grandes objetivos políticos -la paz y la prosperidad para todo el continente- y medios limitados, pero bien definidos: inicialmente sólo la producción conjunta de carbón y acero. Una aparente desproporción entre los ideales y los instrumentos. Pero aquellos instrumentos tocaban el corazón de todos los problemas de la época: la producción del carbón y del acero, que eran las materias primas esenciales de la industria de guerra. Y, algo decisivo, unieron en un pacto del acero a históricos enemigos de siempre: Francia y Alemania. Un pequeño paso, pero eficaz respecto al gran objetivo de restablecer la paz en un continente asolado continuamente por la guerra. Y una gran magnanimidad al unir los intereses comunes de los enemigos históricos. Como si hoy se unieran las grandes potencias occidentales y todos los países árabes para la producción de petróleo.

Después del primer impulso, a partir de los 60 Europa sufrió varios años de estancamiento y frialdad. Sólo veinte años más tarde pudo impulsarse el relanzamiento del mercado interior, con el Acta Única Europea de 1986. Luego, finalmente, los gloriosos años de Maastricht, el inicio de la Unión Monetaria, la Europa de los bancos y del control de las políticas presupuestarias de los Estados-nación. Europa se convirtió en el motor de la competencia, del mercado y del liberalismo económico en todos los países de una Unión que se ampliaba hacia el Este. El neoliberalismo de matriz europea parecía una respuesta eficaz a los problemas del Viejo Continente a finales del siglo pasado.
Fuerte por el éxito, Europa se atrevió a dar el gran paso hacia la unificación política. Pero la gran operación simbólica del Tratado Constitucional fracasó, herida de muerte por las manos de uno de los grandes países fundadores. Y así el que podría haber sido el salto en la unificación política ha dado paso a una década en que la integración europea ha continuado alejada de cualquier énfasis político y mediático, sobre una base totalmente diferente, pero no menos incisiva: la Europa del siglo XXI ha sido hasta ahora la Europa de los jueces y de los derechos individuales, la de las burocracias y de los niveles "bajos" de las administraciones.

Europa tiene muchas facetas, expresadas durante los más de cincuenta años de integración. ¿Pero cuál será el rostro de Europa en los próximos años? Los retos históricos que se han perfilado en los últimos años son evidentes para todos: el terrorismo internacional, la imponencia de los flujos migratorios, la crisis energética y, más recientemente, la inesperada crisis económica de proporciones mundiales. Estos retos no son menos difíciles que los retos originales. Y, probablemente, es regresando al espíritu de nuestros orígenes como podemos encontrar el impulso para hacerles frente. La gran enseñanza de los padres fundadores es la de un gran realismo y la de grandes ideales para ir directos al corazón de los problemas más candentes de la época contemporánea.

Ante la dimensión de los problemas contemporáneos, Europa no puede permanecer replegada sobre sí misma, ocupándose sólo de micro-normativas de carácter interno que los estados y los ciudadanos europeos asumen cada vez con más dificultad. Debe encontrar el modo de colocarse en el escenario internacional y mundial como interlocutor autorizado de las principales potencias mundiales. Necesitamos un impulso político de carácter internacional, porque los problemas del mundo contemporáneo están en esa dimensión. Ningún estado nacional europeo puede pensar que puede afrontar y resolver por sí mismos los problemas de la inmigración, el terrorismo, la energía, la crisis económica. Desde este punto de vista, Europa no es una opción, sino una verdadera necesidad. En este contexto de grandes ideales es quizás más fácil de ver que lo que nos une es más fuerte que lo que nos divide, como en el tiempo de la fundación de Europa.

El error sería pensar que para hacer esto es necesario, en primer lugar, reforzar las estructuras internas de la Unión. El enésimo proceso de reforma institucional absorbería toda la agenda política y paralizaría las cosas.  No parece necesario o conveniente que para crecer Europa gaste su energía en transformarse en una estructura interna federal y menos aún en una organización estatal. La especificidad de la unificación de Europa es que no niega, sino que valora los estados nacionales, y no va contra ellos. Cada vez que se olvida esta especificidad el proceso de integración se ha estancado.

Es cierto que Europa en las últimas décadas ha sufrido un déficit político y democrático. Ese déficit está provocando la desafección de los pueblos europeos de las instituciones europeas, principalmente del Parlamento, que debe representar a esos pueblos. Pero también ante esta cuestión, tal vez los ciudadanos de Europa y los actores políticos se movilizarían más fácilmente y con más energía con una Unión Europea proyectada sobre el mundo y decidida a afrontar sin vacilar lo que la mayoría siente como problemas propios.

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