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31 MARZO 2020
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Pío XII. Un ejercicio de memoria democrática

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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Hace dos días, en línea con lo anunciado por el Papa Francisco el año pasado, el Archivo Apostólico Vaticano comenzó la desclasificación y digitalización de más de 1.300.000 documentos relacionados con el pontificado de Pío XII y la actuación de la Santa Sede en la Segunda Guerra Mundial; en concreto, el período de ocupación alemana en Italia. Documentos tales que estarán a disposición de los investigadores e historiadores que quieran indagar en un capítulo muy complejo de la Historia sobre el que se derramaron litros de desinformación e ideología.

Eugenio Pacelli comenzó su toma de conciencia en relación con el nazismo en su etapa de nuncio apostólico en Alemania, en plena ascensión de Adolf Hitler, contribuyendo a la redacción de la encíclica Mit Brennender Sorge (Con viva preocupación), promulgada por su antecesor –Pío XI–, en la que se ponía sobre el tapete la traumática absorción de la sociedad alemana por un régimen de pensamiento hegemónico totalitario que había utilizado los sentimientos de resentimiento derivados de la firma de los Tratados de Versalles y la verdadera cara que el nacionalsocialismo iba mostrando en relación a la oposición y a los judíos.

Con la elección al solio pontificio, el Papa Pío XII se vio enfrentado al enorme reto de cómo la Iglesia debía resistir frente al caos y el dominio germano en toda Europa. Su papel, marcado por el silencio y la labor oculta, permaneció, durante mucho tiempo, cubierto a raíz de la publicación de la obra teatral de Rolf Hochhuth, El vicario, (1963) y del ensayo El Papa de Hitler, escrito por el historiador Cromwell; que vienen a constituir una especie de documento acusatorio de complicidad con el régimen nazi hacia el Pontífice.

Sin embargo, y aunque la imagen de Pío XII sigue estando distorsionada, lo cierto es que ello no ha ocultado del todo la verdad. El entonces embajador israelí, Mordechai Lewy, reconoció la labor efectuada por Pío XII durante la II Guerra Mundial y la propia primera ministra Golda Meir envió un telegrama, con ocasión del fallecimiento del Papa Pío XII, significando la labor efectuada por la Santa Sede y cómo Pacelli había alzado la voz en favor de los judíos perseguidos.

Las investigaciones más serias vinieron por parte del rabino David Dalin –el mito del Papa de Hitler– y del sacerdote jesuita Pierre Blet, en su libro Pío XII y la Segunda Guerra Mundial (Ediciones Cristiandad), que han arrojado mucha luz acerca de este episodio. También el historiador Michael Burleigh, en su libro Causas Sagradas, reconoce la existencia de los dilemas tan complejos a los que Eugenio Pacelli tuvo que enfrentarse y los numerosos contactos que la Santa Sede estableció a nivel internacional, para impulsar la ayuda humanitaria. También Robert Ventresca, profesor de la Universidad de Ontario, en su libro Soldado de Cristo. Vida del Papa Pío XII, viene a corroborar la fortaleza y claridad con que el entonces nuncio apostólico en el Berlín de 1939 criticó al régimen nazi, siendo consciente de que el mantenimiento de relaciones con el Reich alemán dejaba abierta una posibilidad, aun tenue, de contactar con los obispos alemanes.

No eran esos tiempos los actuales. La prudencia y el realismo eran los únicos criterios que posibilitaban la labor oculta de rescate. Cualquier pronunciamiento expreso podía ser objeto de represalias. De hecho, como refleja la película El noveno día, pronunciamientos contundentes como el del obispo de Utrecht acarrearon consecuencias terribles, como el envío de judíos holandeses al campo de concentración de Westerbork. No todos los obispos eran August Von Galen, quien habló de forma contundente contra el programa de eutanasia T-4.

La apertura de los archivos permitirá iluminar muchas cuestiones. Por de pronto, los fascículos sobre los judíos con 4.000 nombres, la cuestión de los certificados falsos proporcionados por monseñor Ottaviani; intelectuales –como Kristeller o Liebman– que obtuvieron ayuda para escapar; el papel activo que jugó el escritor británico católico Evelyn Waugh asesorando a la Santa Sede, mostrarán el carácter poliédrico del pontificado de Pío XII en toda su grandeza, y evidenciarán, una vez más, la necesidad de curarnos del cáncer de la pretensión de explicar los hechos del pasado desde la perspectiva del presente (presentismo).

Por eso, en un mundo globalizado del siglo XXI, en el que las fake news han inundado las redes sociales y la propia prensa digital, la posibilidad de acceder a archivos digitalizados y restaurados constituye un punto de fuga que contribuirá a la rehabilitación de un pontificado clave en el siglo XX, cuyo papel en la II Guerra Mundial, reconocido por numerosos judíos que se beneficiaron del paraguas de la Santa Sede (Eugenio Zolli se convirtió al cristianismo y adoptó su nombre en agradecimiento a la labor de Pío XII), se verá aún más nítidamente (uno se preguntaría si, de haber tenido conocimiento de ello, la pensadora alemana Hannah Arendt no matizaría algunos de sus juicios que ella formuló en su libro Eichmann en Jerusalén en relación a la Iglesia). En un tiempo en que asistimos a un boom académico y político de la llamada memoria histórica, reconocer la labor de Pío XII se revela como un ejercicio necesario y urgente de memoria democrática que beneficiará no sólo a los católicos, sino a todos.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2993 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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