Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 AGOSTO 2020
Búsqueda en los contenidos de la web

La vocación de la carne

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 1  23 votos
Vota 1 2 3 4 5
Resultado 1  23 votos

Con el avance del nihilismo –que al principio estalló como una “patología” revolucionaria y acabó siendo aceptado como una fisiología normal propia de la condición humana contemporánea– muta radicalmente el concepto del ser humano como ser “espiritual”.

Ya en el Zaratustra de Nietzsche la voluntad del superhombre coincidía con “permanecer fieles a la tierra” –instalados en la dimensión biológica del cuerpo–, mientras los valores espirituales acababan escondiéndose como “esperanzas ultraterrenas”. Y los que seguían hablando de una realidad espiritual no eran más que “envenenadores”, “denigradores de la vida, moribundos y envenenados”. El espíritu está en otro mundo distinto del terrestre, un supramundo ilusorio y mentiroso, que cubre y sublima las pulsiones telúricas (e inconscientes) que mueven nuestro cuerpo.

Aquí se vislumbra otra gran presencia, a menudo mimetizada, de la filosofía de nuestro tiempo, Arthur Schopenhauer. Suya es la idea de que en el fondo de la realidad, en lo profundo de la vida humana, domina una fuerza ciega, una voluntad que no tiene objetivo ni sentido alguno, más que su misma voluntad, de la que nosotros somos partícipes a través de los instintos de nuestro cuerpo que toda la vida tratamos de contener y sublimar, pero de los que al final somos víctimas impotentes. Porque es una voluntad sin razón, que acaba devorando al propio sujeto de la voluntad. Así el instinto pasa de ser una invitación al placer a ser una condena al dolor más agudo que se pueda experimentar, que hace sufrir de manera absurda, sin un porqué.

Por un lado, el ideal o lo espiritual como un cielo ultramundano cada vez más separado de la tierra; por otro, lo corpóreo y material como el mundo de la voluntad, cada vez más identificada con el instinto. La cuestión es que el espíritu y el cuerpo están juntos o caen juntos. Y si perdemos uno, enseguida perdemos también al otro.

No es difícil darse cuenta de las mutantes condiciones del nihilismo contemporáneo, allí donde el cuerpo de los humanos se considera cada vez más como la puesta en juego por resolver el problema de lo espiritual. Toda una corriente de análisis de las sociedades modernas, que nace con Michel Foucault y llega hasta Giorgio Agamben, ha llamado “biopolítica” al gran dispositivo que el poder –todo “poder” como tal, político, económico, eclesiástico– ejerce para controlar la vida de los seres humanos mediante la normalización o esterilización del “bios”, que es el único recurso –indefenso y expuesto– de la persona, partiendo de su ser sexuado.

Según estos autores, el interés de quien manda de verdad en el mundo de hoy, es decir el poder capitalista en su forma extrema económico-financiera, es el de desactivar la potencia desnuda de los cuerpos. Se cumpliría así una trayectoria que va desde la primera época moderna, con el control que los sacerdotes mantenían sobre los cuerpos mediante el instrumento de la confesión de las almas, hasta el rechazo del cuerpo de los migrantes, seres a la deriva despojados de su propia identidad humana.

¿Pero qué puede salvar realmente el cuerpo de los humanos? Se creía que para ello era necesario (y suficiente) separarlo de lo espiritual –entendido como superestructura abstracta o deber ser moral–, porque se le imputaba la mortificación del cuerpo. Así nació un contramovimiento consistente en reducir lo espiritual a elaboración “cultural” de lo corpóreo, a construcción de dispositivos antropológicos, sociales y ético-políticos. La represión del instinto dio paso a su liberación (y al enorme éxito de la sociedad de consumo) pero, como en un círculo vicioso, cuanto más se liberaba el cuerpo, más se dejaba inerme al control de los valores tecno-eficientistas de la cultura dominante, y por tanto a una forma larvada del “espíritu”.

Pero cada uno de nosotros “sabe” por experiencia qué es el propio cuerpo. Ese saber no se adquiere solo gracias a la repetición del instinto como un mecanismo de acción-reacción, sino por el hecho de que todos percibimos nuestro cuerpo como una especie de “llamada”. Lo que más me ha llamado la atención, con motivo de una reciente operación quirúrgica a la que me he sometido, atravesando un periodo en que mi cuerpo no estaba a mi disposición, de hecho era objeto de muchos impedimentos y estaba expuesto a las técnicas terapéuticas, es que a través de mi cuerpo empezaba a entender efectivamente la dimensión encarnada de mi “espíritu”. Mi cuerpo no era solo una serie de tejidos o sistemas nerviosos y sanguíneos sino un cuerpo que se recibía a sí mismo, que se buscaba a sí mismo, que padecía o gritaba, que transcendía su mera “suma”. Mi cuerpo se desvelaba como una “carne”.

La carne es nuestra más profunda vocación –me atrevo a decir– espiritual: es el propio cuerpo, el cuerpo vivido (de cuya fenomenología nos han dado descripciones memorables desde Husserl a Merleau-Ponty o Michel Henry), la llamada a ser nosotros mismos –precisamente nosotros, no otros– y al mismo tiempo nuestro llamar al mundo, nuestra capacidad de percibir sensiblemente el sentido más-que-sensible de la vida.

Como dijo en una ocasión Francis Bacon, el pintor de la carne humana que se convierte ella misma en grito de significado, hasta llegar a ser un espasmo (basta pensar en una de sus Crucifixiones con forma de animal descuartizado), “es un instinto, una intuición que me empuja a pintar la carne del hombre como si se expandiese fuera del cuerpo, como si fuera su propia sombra” (de una conversación con F. Maubert). Recuerda –por atrevido que pueda parecer– al anuncio del ángel a aquella joven llamada María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lucas 1, 35).

De hecho, es llamativo ver las carnes expuestas y estridentes de Bacon a contraluz con la perfecta composición de los “encarnados” de Rafael. Una vez vistos juntos, es como si ya no pudiéramos separarlos unos de otros, porque en la compostura divina de las formas rafaelescas vibra la misma sobra que divinamente inquieta y desestructura las formas baconianas. La misma “sombra”, la que hace del cuerpo una carne y de la carne la percepción sufrida del espíritu. Donde dolor y gloria se hacen amigos.

El nihilismo es como un olvido progresivo de que el verbo se ha hecho carne; tal vez solo entonces será posible volver a aprender de la carne –percibiéndolo– este Logos.

>Comentar

Sólo los usuarios registrados pueden insertar comentarios. Identifíquese.

0Comentarios

<< volver

>Columna derecha

>CULTURA

vista rápida >

Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3185 votos
vista rápida >

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 571 comentarios valoración: 2  4290 votos

>SÍGUENOS EN

>Entrevistas

El otro es un bien, también en política

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja