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7 ABRIL 2020
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Coronavirus. "Dios no es un mago"

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
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Aunque al principio todos lo infravaloraron un poco –incluido el que escribe–, el virusCoVid-19 ya está cambiando nuestras vidas y ha supuesto varias vicisitudes. Después del primer impacto, que sobresaltó al norte de Italia en un fin de semana de asalto a los supermercados, siguió un periodo aún más complicado, con numerosos e insólitos hashtag que reflejan la superficialidad con que nos hemos acostumbrado a tratarlo todo, pensando que lo que nos sucede, incluido el trabajo, el amor o la salud, es solo un fenómeno transitorio y no un acontecimiento.

A mi juicio, en este sentido avanza el gran desafío que tenemos por delante. Lo que está pasando estos días no es un hecho transitorio, una alteración del estado de ánimo colectivo ligado a algo a lo que se da demasiado o demasiado poco peso según el fin de semana, sino un acontecimiento, algo que define sin medias tintas un antes y un después.

El primer paso que la libertad de cada uno debe dar es, por tanto y ante todo, el de reconocerlo como tal. Obviamente, como todo acontecimiento, el segundo paso viene dado por la cuestión de la confianza. Cuando sucede algo perturbador como el amor de un hombre o una mujer, un dolor, un luto, una pérdida o una enfermedad, hace falta fiarse de algo. Benedicto XVI solía decir que lo que le falta al hombre occidental en este inicio de milenio no es tanto la fe como la concordancia del intelecto con una verdad religiosa, la fe como virtud social, hasta el punto de que la encíclica que simboliza el paso del pontificado de Ratzinger a Bergoglio lleva justamente el nombre de “Lumen Fidei”.

La crisis de la fe es la crisis de nuestra capacidad para confiar en alguien, alguien que –decía el Siervo de Dios don Luigi Giussani– se impone. Ante un caso epidemiológico, lo que se impone como más autorizado es la medicina: de los médicos esperamos que la política, la economía y la sociedad tomen sus consejos para el bien común porque es de naturaleza médica lo que está sucediendo. Lo que pasa esos días es un hecho sanitario y debemos mirar a los médicos con simpatía y disponibilidad. Lo digo porque creo que estos días, en los que se han dicho tantas cosas y de los que más adelante podremos hacer una síntesis más completa, muestran en pocas palabras dos consecuencias nada desdeñables. Por un lado, asistimos de hecho a la rendición de cuentas entre una economía no pensada para el hombre y el propio hombre. Por primera vez desde la caída del muro de Berlín, Occidente tiene que elegir entre la salvaguarda del propio sistema económico, financiero y productivo, y la supervivencia concreta de la gente.

Ciertamente, este no es el primer momento en que nos enfrentamos a este conflicto, pero en el pasado siempre ha habido algún espejismo ideológico que nos impedía ver lo que estaba en juego. Eso ya no existe. Es evidente que cerrar un país o una región significa claramente condenar económicamente a la zona que se cierra, pero también está claro que una economía que fracasa porque debe detenerse para salvar vidas humanas es una economía que ya ha fracasado porque está en contra de lo humano, contra el motivo por el que nació: el bien de todos. El coronavirus es un rechazo frontal al modo en que hemos organizado las relaciones económicas y productivas durante estos dos siglos, el pródromo más significativo al encuentro que el Papa quería dedicar –precisamente en marzo– a la economía sostenible, que cuando se celebre, en noviembre, encontrará en los hechos de estos días una documentación impresionante del camino por el que trabajar y moverse.

Por último, hay otra consecuencia que empieza a vislumbrarse entre los confusos hilos de estas semanas. Se ha abierto camino entre algunos creyentes la tentación de no fiarse de la medicina ni de las decisiones comunitarias sobre cómo moverse, sino de la “fe”. Está claro que con los mismos ingredientes se puede hacer otra menestra, pero la fe de la que estamos hablando en este caso no tiene nada que ver con el imponente fenómeno de la razón que se abrió paso en el mundo occidental desde los primeros siglos. Esa fe a la que muchos parecen querer aferrarse en estas circunstancias se parece más a una forma de magia que hace de Dios el más potente de los magos. La benevolencia de Dios, que existe, y los milagros de Dios, que existen, no son fruto de ritos o fórmulas sino de una inteligencia dócil que obedece a la realidad hasta la mendicidad. El hombre atiende, pero es Dios quien sana. Dirigirse sencillamente a Dios sin atender las indicaciones de la comunidad civil –tratando esas indicaciones dadas con suficiencia porque “total, si quedamos para celebrar algo no va a pasarnos nada”– no solo es sinrazón sino que tendrá efectos miopes y devastadores que hoy ni siquiera podemos imaginar. Por lo demás, que intente un estudiante pedirle a Dios sacar “dieces” sin haber estudiado una página, que intente un enfermo pedir a Dios la curación sin seguir los consejos de su médico. Dios no es algo distinto de la realidad, Dios no es un druida, Dios es quien convierte la realidad misma en camino de curación. Si bien es cierto que nuestro mundo está enfermo y alejado de Dios, solo nuestra seriedad en el momento presente tal cual es nos permitirá tener una mirada pura y libre para reconocer los milagros que Él quiera realizar. La vida no es cosa nuestra.

Cuando acaben estos meses, serán nuestras ganas de vivir e implicarnos con el Misterio lo que volverá a poner en marcha la economía, igual que –al final de cada jornada– es nuestro deseo de vida y de decir sí a la provocación de Otro que nos desafía lo que hace de esa jornada un tiempo vivido y no un tiempo perdido. Será nuestra penitencia cuaresmal, nuestra apertura para acoger con seriedad, sobriedad y humildad todas las indicaciones sanitarias y civiles que se nos den para que el flagelo de este virus –que está sembrando muerte y destrucción por todo el mundo– llegue a ser el inicio de algo nuevo, el camino para poder volver a empezar, volver a casa siendo más nosotros mismos, descubrirse en el fondo cambiados, más sinceros, más alegres, más libres, más dispuestos a sacrificarnos y a ponernos en cuestión. Mirando atrás y viendo estos días de renuncia y lágrimas como días de una Gracia extraordinaria y desconocida, como el tiempo propicio para nuestra conversión.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3004 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 369 comentarios valoración: 2  4108 votos

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