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29 MARZO 2020
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El "don" de una crisis que despierta nuestras preguntas

Alfredo Marchisio | 0 comentarios valoración: 1  13 votos
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“Una crisis nos obliga a volver a plantearnos cuestiones y nos exige nuevas o viejas respuestas, pero, en cualquier caso, juicios directos. Una crisis se convierte en un desastre solo cuando respondemos a ella con juicios preestablecidos, es decir, con prejuicios. Tal actitud no solo agudiza la crisis, sino que además nos impide experimentar la realidad y nos quita la ocasión de reflexionar que esa realidad brinda” (Hannah Arendt, ‘La pluralidad del mundo’, Taurus, 2019).

En este momento tan difícil y nuevo para todos, se despierta nuevamente la pregunta sobre el sentido, que tantas veces queda latente en nuestra vida y que de vez en cuando, en condiciones como la que estamos viviendo, sale a la luz potentemente. Solo eso ya puede ser un dato positivo. Nos estamos interrogando de manera radical sobre muchos aspectos de nuestra vida. ¿Qué sentido tiene este virus? ¿Por qué ha sucedido? ¿Pero el hombre no era “artífice de su fortuna”? Tanto los chicos estudiando en casa como los adultos teletrabajando se plantean estas preguntas y se dividen entre los que tratan de acallarlas y los que las toman en serio.

La provocación Arendt es como siempre radical y adamantina. Normalmente se oye hablar de esta situación a médicos y políticos, se percibe la confusión, en algunos casos la mala información, en otros la protesta y la rabia, pero en el fondo son pocos los que, a partir del dato concreto, tratan de ir a fondo, a la raíz de la cuestión.

No digo que no sea más que oportuna una adecuada información médica, de prevención y también de comportamientos, pero digo que aparte de eso me interesa comprender que tiene que decirme y cambiarme esta circunstancia. Por eso encuentro gran ayuda en figuras como Arendt, porque me obligan a hacerme preguntas y buscar respuestas, al menos me enseñan a estar en el presente con la mirada en tensión.

En el ámbito educativo, por ejemplo, ha supuesto una gran revolución cultural. Estando todos en casa, se buscan mil maneras de hacer frente a la imposibilidad de dar clases presenciales. Como pasa siempre, la circunstancia desvela “el secreto de los corazones” y por tanto la posición última que tiene una persona ante la realidad. Esta circunstancia nos ha traído una hermosa comprobación. La confusión y el miedo no han sido obstáculo sino que más bien han activado la creatividad y la fantasía de cada uno.

Ante todo, el primer resultado de esta comprobación ha sido sorprender a mis colegas deseosos de no retirarse ante la prueba, y luego han surgido todas las reacciones humanas conocidas, una gran solidaridad mutua.

Entre los docentes, la distancia física se ha vencido mediante el uso de videoconferencias y videollamadas y esta modalidad, aunque cansada y bastante invasiva, ha podido acercar a muchos que ni siquiera en la proximidad física se conocían muy bien. Me llama la atención sorprender en los profesores el deseo de “ver” a sus compañeros y alumnos, hasta el punto de organizar videoconferencias con todas las clases para ver “cómo va, qué estáis haciendo”. Aparte de los avisos técnicos sobre tareas y plataformas para compartir materiales, se ha establecido un precioso diálogo a campo abierto.

Esta semana, todos los departamentos han organizado momentos de trabajo remoto para programar la didáctica online de las próximas semanas. Ninguna disciplina ha quedado fuera. Hasta para educación física se piensa en videos y lecciones que puedan sugerir un correcto ejercicio físico en este tiempo tan estático, donde también se han suspendido las actividades deportivas.

Algunos profesores utilizan sus pasiones para acompañar a los chavales en este tiempo tan prolongado. Así ha nacido el canal de “películas recomendadas”, donde un profesor experto en cine cuelga videomensajes en los que presenta, por niveles de curso, una serie de films para ver en casa con toda la familia. Los de literatura y matemáticas también se están organizando para repensar la didáctica a la luz de las necesidades que vayan surgiendo. Y para religión se abrirá un canal para compartir lecturas interesantes y espacios de diálogo y preguntas abiertas.

Es verdad que la educación no se limita a la instrucción, pero acompaña a la totalidad de la persona y por eso piensa en el joven dentro de la globalidad de estas extrañas jornadas, tratando de llegar a él como sea para sugerirle propuestas inteligentes para emplear el tiempo de manera sensata.

Hay un detalle particular que me ha llamado la atención en los alumnos. Al principio, no veían la hora de estar en casa para no hacer nada, parecía un ideal finalmente cumplido; pero luego la rutina se ha presentado de manera distinta a lo que esperaban. Ha irrumpido la soledad y luego el aburrimiento.

No es simplemente gozar del tiempo libre en busca de satisfacción. En una videollamada con algunos de ellos, notaba justo esto, que necesitan una propuesta que les enseñe a usar el tiempo y necesitan a un adulto que les acompañe con sus preguntas. No basta con estar en casa, hacer los deberes, ver a alguien de vez en cuando. Hace falta alguien que les provoque para que se pregunten qué y cómo están viviendo, que suscite en ellos una mirada crítica, de pregunta por la realidad que tienen delante.

Resumiendo, aunque sea a distancia, hace falta una relación para vivir, para descubrir, para conocerse. Este está siendo el verdadero descubrimiento del tiempo libre y de la escuela como uso del tiempo a disposición de una personal y comunitaria búsqueda de sentido.

Cuando volvamos a las aulas, quién sabe si recordaremos y usaremos ese tiempo organizado y estructurado no como una jaula –como a veces piensan los chavales– sino como una feliz y nueva ocasión de descubrimiento y provocación. Esperemos de verdad que más allá de las mil tareas que desarrollemos en el ámbito informático, podamos reconquistar de nuevo juntos (alumnos–padres–profesores) el valor del tiempo y de las preguntas últimas de la vida y, no por último, también el valor de nuestras relaciones humanas.

Alguno me ha preguntado si el coronavirus es una patología que no puede traer más que mal o si era verdad el dicho de “no hay mal que por bien no venga”. Será interesante descubrir estas semanas qué podemos responder. A mí, últimamente, me acompaña comenzar las jornadas releyendo esta frase de Luigi Giussani: “Las circunstancias por las que Dios nos hace pasar constituyen un factor esencial de nuestra vocación, de la misión a la que nos llama; no son un factor secundario. Si el cristianismo es el anuncio de que el Misterio se ha encarnado en un hombre, las circunstancias en las que uno toma posición ante este hecho frente al mundo entero son importantes para la definición del testimonio”. (Luigi Giussani, ‘El hombre y su destino’, Encuentro 2003).

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2992 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 340 comentarios valoración: 2  4096 votos

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