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29 MAYO 2020
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En tiempo de "peste", necesitamos la esperanza de Manzoni y Don Camilo

Emilia Guarnieri | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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Estos días de pandemia de coronavirus he releído otra gran historia de contagio y miedo, la peste que describe Manzoni. Siempre he percibido en la “poesía” manzoniana una capacidad de revelar el Misterio que habita en la realidad. Y, justo en este momento, quería interceptar esa “revelación”. Iba buscando el relato de una peste que llevara dentro ese factor añadido que hace posible vivirla. Ante todo encontré una estima por la realidad en cada respiro de esa prosa reposada, puntual, analítica pero nada monótona, que ama cada detalle antes de describirlo. Dedica una página entera a “su” viña, con la que Renzo se reencuentra al volver a su pueblo tras el paso de la peste, “pobre viña”, reducida a “un batiburrillo de tallos… una maraña de plantas… zarzas por todas partes”. Cada flor, cada rama, cada pequeño detalle de toda esa vegetación, ¡llamado por su nombre! No se trata de la erudición del botánico sino del afecto de quien había sacado adelante esa viña con un proyecto muy distinto al de verla ahora en ese estado.

Porque entre finales de 1629 y principios del año siguiente en Milán se propagó la peste. En medio de una incredulidad e ignorancia generalizadas, al principio nadie quería creer que se tratara de la peste y cuando fue inevitable rendirse a la evidencia se rechazó la idea de que fuera una enfermedad (que por tanto habría que afrontar como tal) y se prefirió pensar en los “untadores”, ungüentos venenosos repartidos por motivos desconocidos. Esta mentira compartida dio lugar entre el pueblo a la cólera, y la cólera “prefiere atribuir los males a una perversidad humana, contra la que pueda hacer valer sus venganzas” antes que reconocer una causa objetiva.

Manzoni comenta que todo esto se podría evitar “tomando el método propuesto hace tanto tiempo de observar, escuchar, comparar, pensar antes de hablar”. Pero no fue así. Y hasta a la razón, esa capacidad de darse cuenta de la realidad, de adherirse a ella y afirmarla en la totalidad de sus factores, le costaba abrirse paso. “El pobre sentido humano se topaba con los fantasmas que él mismo había creado”, “el buen juicio existía, pero estaba oculto por miedo al sentir común”.

Pero entonces, igual que hoy, “en medio del aturdimiento general, la indiferencia por los demás”, empezaron a despuntar testimonios de caridad, de gente que en medio de la huida generalizada permanecía con coraje en su puesto, desde personas que por pura piedad sostenían aquello “a lo que nos les obligaba su trabajo” hasta eclesiásticos que “prestaban servició allí donde lo requerían las circunstancias”. Entre la estima por la realidad, la exigencia de la razón y el testimonio de la caridad tiene lugar esa “revelación” del Misterio que iba buscando entre las páginas de la novela. Una pestilencia horrible la de Manzoni, a años luz de la nuestra, en condiciones sociales, higiénicas y sanitarias inimaginables para nosotros, con los cadáveres tirados por las calles, trapos y sábanas lanzados por las ventanas, casas cerradas o abiertas de par en par cuando ya habían sacado hasta el último muerto. Un drama narrado con la conciencia de que los problemas “cuando vienen, con culpa o sin ella, la fe en Dios los dulcifica y los hace útiles para una vida mejor”. Esta certeza puede dar ojos para mirar la realidad, inteligencia para comprenderla, coraje para afrontarla, con todos sus riesgos. Nunca como en estos días hemos necesitado desesperadamente esperar, lo gritamos por los balcones, lo colgamos en las redes sociales, esperamos cualquier señal, cualquier número que pueda hacer concreta esta esperanza. Es tan humana y verdadera esta necesidad de decir que “todo saldrá bien” que nos dejamos golpear por hechos o detalles que en otro momento no consideraríamos dignos de atención.

Un ejemplo. Un telediario regional italiano dedicó una noticia al ayuntamiento de Brescello, la patria del famoso Don Camilo de las obras de Guareschi. El párroco actual, don Evandro, expuso ese domingo delante de la iglesia, que estaba convenientemente cerrada, el crucifijo histórico que se confió a la comunidad de Don Camilo en la época de las inundaciones de 1951. “Hoy –decía la noticia– ese crucifijo vela desde la iglesia por su población y nosotros, que decimos que todo saldrá bien, damos crédito a las palabras de Don Camilo”. La  noticia terminaba con la famosa escena en que Don Camilo, desde su iglesia, invadida ya por las aguas, acompaña a sus fieles, que se están poniendo a salvo, con palabras de esperanza. “Las aguas se retirarán y el sol volverá a brillar, entonces recordaremos la fraternidad que nos unió en estas horas terribles”.

Hoy nosotros tampoco podemos renunciar a esperar que todo saldrá bien, pero necesitamos desesperadamente a un Don Camilo que nos lo muestre, que permanezca allí, en esa iglesia anegada, experimentando y gritando ante todos su certeza.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3077 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 432 comentarios valoración: 2  4180 votos

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