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1 OCTUBRE 2020
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Cosas nuevas que suceden y no vemos

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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Estoy aprendiendo a mi pesar el valor de la verdad. La verdad nos purifica, nos libera, nos devuelve al mundo más desarmados y por ello –paradójicamente– más fuertes y autorizados.

Siento en el aire una profunda necesidad de verdad. La exigen las familias, que miran al futuro con incertidumbre, la exigen los jóvenes, angustiados por una situación que al principio infravaloramos, la exigen los ancianos, asustados e incapaces aún de comprender del todo el nivel de la amenaza que estamos viviendo, y –por lo que percibo– la exigen también en el fondo los cristianos, dividido soterradamente entre los que ven el abismo que se ha abierto y los que, por el contrario, creen que una posible intervención divina podría resolver toda esta emergencia, aferrados a diatribas sobre el modo de celebrar los ritos sagrados y ejercer la libertad de culto, algo que ya se ha visto ampliamente superado por los trágicos acontecimientos.

Creo por tanto que hay que decir sin equívocos que lo que acaba de empezar es un tiempo que será largo. No es posible pensar realmente en erradicar el virus que nos ha golpeado sin la hipótesis de que las medidas adoptadas, en diversos grados, seguramente nos acompañarán al menos hasta el final del verano. No lo digo yo, lo dicen muchas voces y lo dice la realidad, la curva de casos en Europa y lo que está pasando en China, donde se recuperará una cierta libertad de movimiento en Wuhan el 8 de abril, tres meses después del estallido de la pandemia allí.

Esta amarga verdad tiene consecuencias muy concretas para la comunidad cristiana. No habrá celebraciones de ningún tipo antes de otoño y conviene concienciarse para que esto no suponga motivo de abatimiento sino un espacio para preguntarse aún con más fuerza por qué cada uno elige recibir el don de un sacramento. ¿Por la fiesta que supone? ¿Por los regalos? ¿Por las fotos?

Tal vez lo que está pasando pueda reabrir en nuestro corazón no tanto las expectativas de algo sino la espera de Alguien que mediante la celebración de ese signo nos alcanza y nos dona su amor y su presencia.

Claramente, lo dicho hasta ahora comporta automáticamente otras verdades difíciles de aceptar, pero creo que igualmente compartidas con todo el pueblo. De hecho, no sabemos cuándo ni cómo podremos volver a celebrar misa los sacerdotes delante de nuestra gente.

La celebración del domingo queda totalmente en manos de las familias, igual que la Semana Santa. En este sentido, me viene a la mente el libro del Éxodo, donde se cuenta que la Pascua era una fiesta ante todo para la familia. Los niños se acercaban a los mayores y les preguntaban por qué hacían signos tan particulares y aquella pregunta, según el capítulo 26 del Deuteronomio, servía como ocasión para hablar, cada uno en su propia casa, de la fe de sus padres.

Hoy no estamos solos en esta tarea. Numerosos medios de comunicación nos acompañan y ayudan, pero resulta aún más evidente que, si la celebración del domingo o la participación en los oficios de Semana Santa no es una decisión de la familia, de poco sirve que los niños vayan a catequesis o a otras actividades de la parroquia, percibirá la hipocresía con que tantas veces miramos a la Iglesia como un conjunto de servicios y no como una comunidad de gracia.

De hecho, este año ya podemos dar por terminada la catequesis. Sin duda, persistirán no pocos experimentos de encuentro y puesta en común online, pero ninguno de estos momentos puede sustituir la necesidad que tenemos de la relación física que hace de la transmisión de la fe algo concreto y no meramente intelectual.

Quiero añadir una palabra sobre los campamentos o vacaciones de verano que se organizan en las parroquias. Nadie sabe de qué forma se podrán organizar y tal vez esto nos devuelva nuestro tiempo libre, el tiempo del verano, como un tiempo para soñar y compartir nuevas formas de compañía y evangelización.

Es inútil esconder que habrá un antes y un después tras esta epidemia, que el mundo de antes ha pasado, pero Él –el Señor– ya está realizando en medio de nosotros, delante de nuestros ojos, cosas nuevas.

Una última palabra, que no podemos dar por descontada, para todos aquellos que viven grandes dificultades psicológicas, como mucho jóvenes que no están preparados para afrontar una circunstancia que les genera un estrés tan prolongado y significativa. En este tiempo es justo llorar, se puede llorar, se debe permitir uno el lamento y el llanto. Si el número de muertes y contagios nos lleva cada día a la realidad más imponente de la existencia, que hace que nuestras quejas parezcan menudencias, no podemos olvidar todo lo que sucede en nuestro corazón. Sin exagerar, sin minimizar, sin negar, sin justificar, sino admitiéndolo y tomándolo en consideración.

En esta hora podemos permitirnos por tanto tener miedo. En esta hora podemos, cautamente, ver qué es capaz de sacarnos de ese miedo. Sin duda las palabras de los hombres, sin duda las medidas de confinamiento, pero aún más –dentro de la falta de aire que caracteriza esta horrible enfermedad– la sed y el deseo de vida que, a medida que pasan los días, más sale de las tinieblas donde lo habíamos encerrado, arrancándonos de la nada en que esta enfermedad quiere hundirnos y haciéndonos conscientes de cómo este deseo tan grande, que lo mueve todo, en realidad lo hemos tapado bajo una multitud de pequeños deseos e ilusiones que son más bien la antesala de cualquier capricho.

Será interesante comprobar cómo cada uno descubre que a ese deseo de vida, por fin despierto, solo puede responder el amor de Cristo, el único realmente capaz de darnos vida y libertad incluso ante esta sacudida a nuestra existencia. De hecho, todos los días Su misericordia nos sale al encuentro, con una llamada, con una caricia inesperada, con un mensaje, con un momento de verdadero silencio o de auténtica oración.

El Señor no nos abandona y nos ayuda a vivir todo esto como días de una gracia misteriosa, días en que volver a pensar en lo que hemos vivido, elegido, querido hasta ahora, ofreciéndonos la ocasión de reorientar nuestra existencia para volver a discernir lo que es esencial y lo que es superfluo.

De hecho, hace falta desde ya que no se apague entre nosotros la llama de la caridad, esa llama que por sí sola podrá alimentar la reconstrucción de nuestro país con la forma del compartir y de la comunión, que nos refuerzan incluso después de las adversidades más extenuantes. Esperando ese abrazo físico del que todos, estos días, sentimos tanta nostalgia, y que será la mayor de las fiestas.

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