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11 JULIO 2020
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La gratitud de haber nacido

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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La angustia de estos días de pandemia está sacando a la luz, con toda su evidencia, la trama nihilista que marca de arriba abajo nuestra forma en que nos concebimos, a nosotros mismos y la realidad. Pero por otro lado está mostrando de golpe, con evidencia similar, que el nihilismo quizás no esté a la altura de la crisis que estamos viviendo en este tiempo. Son justamente las preguntas que nacen de esta angustiosa emergencia las que muestran que la actitud nihilista de la vida y la cultura, la política y la sociedad, estalla desde dentro. El círculo se rompe y renacen los interrogantes. No renacen a base de análisis –este es el punto de inflexión cultural– pues es cierto que muchas veces la sobreabundancia de análisis corre el riesgo, paradójicamente, de acallar las preguntas más importantes e ignorar el punto decisivo de la situación. Porque la cuestión somos nosotros mismos y esos interrogantes renacen como la “forma propia” de nuestro estar en el mundo.

Da la impresión de que algo está cediendo, y nos descubrimos incapaces de sostener con las categorías habituales el grito de una realidad imprevisible. Un virus patógeno que no se deja aferrar sino que más bien nos aferra y nos “tiene” dramáticamente, dilatando la idea del contagio desde la infección hasta la suspensión generalizada de la normalidad de la vida. Pero lo que en el fondo sigue siendo imprevisible e incontrolable –aun con todas las debidas estrategias de contención– es nuestro existir. Este tiempo de pandemia no solo nos obliga a rendir cuentas con los nuevos y dramáticos problemas de nuestra existencia individual y social, sino a comprender –viviéndolo– que nuestra misma existencia “es” un problema radical que busca una respuesta adecuada. Es el problema de la felicidad, es decir, el interrogante sobre lo absurdo o sensato de nuestro estar en el mundo.

Lo que hoy parece distinto es que estas preguntas vuelvan a plantearse, aunque sea de manera confusa, como una tarea personal. Ya no podemos contentarnos con asumir el significado de nosotros mismos, de nuestro trabajo, de nuestras expectativas y proyectos, vestimenta o códigos ofrecidos por la gran maquinaria de la cultura dominante, que siempre tiene la pretensión –nada desinteresada por cierto– de decirnos quiénes somos y qué debemos desear y perseguir en la vida. Hoy estas preguntas vuelven a ser en primera instancia “nuestras”: son preguntas en primera persona.

Pero para comprender mejor lo que hay en juego partamos del contragolpe “metafísico” (si se puede llamar así) que está marcando a cada uno de nosotros. Como si de pronto tomáramos conciencia del mundo que, hasta hace pocas semanas, habitábamos casi de manera automática y nos diéramos cuenta de su presencia justo en el momento en que se vuelve cada vez más desierto y amenazador, como una escena teatral en la que hubieran desaparecido los actores, escondidos entre bastidores. Y vuelve esa idea molesta, la mayoría de las veces exorcizada por mil cosas que hacer: la idea de que estamos destinados a acabar. No es un simple ‘memento mori’, algo que conocemos demasiado bien. Tampoco se trata de una hipocondría depresiva debida a la restricción de nuestras actividades. Es mucho más. Es que se asoma la conciencia de nuestra finitud. Ahí es donde el nihilismo juega todas sus cartas, pero al final corre el riesgo de hallarse sin más cartas que repartir.

La mayoría de las veces identificamos la finitud de la existencia con nuestra mortalidad. Pero la muerte no es el mero  cese biológico de la vida, sino la dimensión más propia con que cada uno de nosotros se relaciona consigo mismo y con los demás, con la naturaleza y con la historia. Eso que Heidegger llamaba el “ser para la muerte” que pertenece de manera constitutiva a nuestra vida. Por tanto, si la finitud va ligada a nuestra mortalidad, como condición ontológica del vivir, quiere decir que todos estamos marcados por una “imposibilidad” insuperable. Todas nuestras posibilidades –proyectos, acciones, transacciones, construcciones– nunca llegarán de hecho a “cumplir” nuestra vida. Signo de ello es el hecho de que cada vez que creemos haber alcanzado un objetivo a través de las cosas que somos capaces de “hacer”, inmediatamente nace –explícita o latente– una insatisfacción más profunda, porque ninguna acción nuestra podrá colmar nunca nuestro deseo de felicidad. Sería demasiado poco.

No en vano el propio Heidegger subrayaba un fenómeno que tendrá un enorme éxito en la comprensión de la condición humana en el siglo XX, es decir, la “angustia”, una suerte de desorientación frente a lo imposible, allí donde las cosas ya no hablan, el mundo se niega a decirnos su sentido y nuestro ser se diluye en la “nada”. Precisamente esta nada sería el nombre extremo que según Heidegger podemos dar al misterio del ser, para salvaguardarlo de nuestras representaciones subjetivas y de nuestra continua tendencia a identificar la verdad con los productos de nuestras “maquinaciones”.

No hay que olvidar que no solo estamos hablando de filosofemas abstractos sino del tejido de nuestra conciencia cotidiana, de esa sensibilidad metafísica hacia uno mismo y hacia el mundo que se agita dentro de nuestra experiencia como seres conscientes (infinitamente más amplia que nuestro ser estudiosos de filosofía). ¿Pero qué significa que nosotros no somos simplemente lo que logramos hacer (con nosotros mismos y con el mundo) sino que en el fondo nos vemos entregados a nuestra propia “imposibilidad”? Que somos seres finitos, cierto. Pero bien pensado, el concepto de finitud no solo se refiere al hecho de que somos seres-para-la-muerte, sino también que somos –antes aún– seres que han “nacido”.

Es lo que señalaba Hannah Arendt al identificar en la “natalidad” el rasgo característico de nuestro estar en el mundo. De hecho, el ser-nacidos no es solo un acontecimiento de nuestro pasado sino una dimensión permanente de nuestra existencia, llamada siempre a “iniciar” algo, a poner en acto sus posibilidades, y sobre todo a realizarse a sí misma, no porque sea capaz de hacerlo (¿quién está nunca a la altura del ser?), sino porque se ha recibido como don a sí misma. Como decía Arendt en 1965 a Karl Jaspers, “ser fieles a la realidad de las cosas, para bien y para mal, implica un amor integral a la verdad y una gratitud total por el hecho mismo de haber nacido”. Solo esta gratitud pude vencer la angustia y el rencor por el hecho de que las cosas se acaben (ya lo señaló Alain Finkielkraut en un estupendo libro-entrevista titulado precisamente ‘La ingratitud’). Pero la gratitud depende de caer en la cuenta de haber nacido, de ser hijo de alguien, es decir, de llevar dentro la profunda promesa del inicio.

Muchos de nosotros estos días tienen ante sus ojos el testimonio de muchos médicos y enfermeros que literalmente están dando la vida respondiendo a la llamada de ayuda de los enfermos de coronavirus. Pero nosotros reduciremos su acción si solo la vemos como un heroico acto de voluntad, cuando en cambio estas personas nos reclaman a la gratitud de haber nacido, que es como el inicio del alba, el claror que se abre paso inesperadamente en la oscuridad de la prueba. De esa prueba que es la vida, su nacer en cada instante.

Publicado en L'Osservatore Romano

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3148 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 528 comentarios valoración: 2  4253 votos

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