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10 JULIO 2020
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La gratitud de haber nacido

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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La angustia de estos días de pandemia está sacando a la luz, con toda su evidencia, la trama nihilista que marca de arriba abajo nuestra forma en que nos concebimos, a nosotros mismos y la realidad. Pero por otro lado está mostrando de golpe, con evidencia similar, que el nihilismo quizás no esté a la altura de la crisis que estamos viviendo en este tiempo. Son justamente las preguntas que nacen de esta angustiosa emergencia las que muestran que la actitud nihilista de la vida y la cultura, la política y la sociedad, estalla desde dentro. El círculo se rompe y renacen los interrogantes. No renacen a base de análisis –este es el punto de inflexión cultural– pues es cierto que muchas veces la sobreabundancia de análisis corre el riesgo, paradójicamente, de acallar las preguntas más importantes e ignorar el punto decisivo de la situación. Porque la cuestión somos nosotros mismos y esos interrogantes renacen como la “forma propia” de nuestro estar en el mundo.

Da la impresión de que algo está cediendo, y nos descubrimos incapaces de sostener con las categorías habituales el grito de una realidad imprevisible. Un virus patógeno que no se deja aferrar sino que más bien nos aferra y nos “tiene” dramáticamente, dilatando la idea del contagio desde la infección hasta la suspensión generalizada de la normalidad de la vida. Pero lo que en el fondo sigue siendo imprevisible e incontrolable –aun con todas las debidas estrategias de contención– es nuestro existir. Este tiempo de pandemia no solo nos obliga a rendir cuentas con los nuevos y dramáticos problemas de nuestra existencia individual y social, sino a comprender –viviéndolo– que nuestra misma existencia “es” un problema radical que busca una respuesta adecuada. Es el problema de la felicidad, es decir, el interrogante sobre lo absurdo o sensato de nuestro estar en el mundo.

Lo que hoy parece distinto es que estas preguntas vuelvan a plantearse, aunque sea de manera confusa, como una tarea personal. Ya no podemos contentarnos con asumir el significado de nosotros mismos, de nuestro trabajo, de nuestras expectativas y proyectos, vestimenta o códigos ofrecidos por la gran maquinaria de la cultura dominante, que siempre tiene la pretensión –nada desinteresada por cierto– de decirnos quiénes somos y qué debemos desear y perseguir en la vida. Hoy estas preguntas vuelven a ser en primera instancia “nuestras”: son preguntas en primera persona.

Pero para comprender mejor lo que hay en juego partamos del contragolpe “metafísico” (si se puede llamar así) que está marcando a cada uno de nosotros. Como si de pronto tomáramos conciencia del mundo que, hasta hace pocas semanas, habitábamos casi de manera automática y nos diéramos cuenta de su presencia justo en el momento en que se vuelve cada vez más desierto y amenazador, como una escena teatral en la que hubieran desaparecido los actores, escondidos entre bastidores. Y vuelve esa idea molesta, la mayoría de las veces exorcizada por mil cosas que hacer: la idea de que estamos destinados a acabar. No es un simple ‘memento mori’, algo que conocemos demasiado bien. Tampoco se trata de una hipocondría depresiva debida a la restricción de nuestras actividades. Es mucho más. Es que se asoma la conciencia de nuestra finitud. Ahí es donde el nihilismo juega todas sus cartas, pero al final corre el riesgo de hallarse sin más cartas que repartir.

La mayoría de las veces identificamos la finitud de la existencia con nuestra mortalidad. Pero la muerte no es el mero  cese biológico de la vida, sino la dimensión más propia con que cada uno de nosotros se relaciona consigo mismo y con los demás, con la naturaleza y con la historia. Eso que Heidegger llamaba el “ser para la muerte” que pertenece de manera constitutiva a nuestra vida. Por tanto, si la finitud va ligada a nuestra mortalidad, como condición ontológica del vivir, quiere decir que todos estamos marcados por una “imposibilidad” insuperable. Todas nuestras posibilidades –proyectos, acciones, transacciones, construcciones– nunca llegarán de hecho a “cumplir” nuestra vida. Signo de ello es el hecho de que cada vez que creemos haber alcanzado un objetivo a través de las cosas que somos capaces de “hacer”, inmediatamente nace –explícita o latente– una insatisfacción más profunda, porque ninguna acción nuestra podrá colmar nunca nuestro deseo de felicidad. Sería demasiado poco.

No en vano el propio Heidegger subrayaba un fenómeno que tendrá un enorme éxito en la comprensión de la condición humana en el siglo XX, es decir, la “angustia”, una suerte de desorientación frente a lo imposible, allí donde las cosas ya no hablan, el mundo se niega a decirnos su sentido y nuestro ser se diluye en la “nada”. Precisamente esta nada sería el nombre extremo que según Heidegger podemos dar al misterio del ser, para salvaguardarlo de nuestras representaciones subjetivas y de nuestra continua tendencia a identificar la verdad con los productos de nuestras “maquinaciones”.

No hay que olvidar que no solo estamos hablando de filosofemas abstractos sino del tejido de nuestra conciencia cotidiana, de esa sensibilidad metafísica hacia uno mismo y hacia el mundo que se agita dentro de nuestra experiencia como seres conscientes (infinitamente más amplia que nuestro ser estudiosos de filosofía). ¿Pero qué significa que nosotros no somos simplemente lo que logramos hacer (con nosotros mismos y con el mundo) sino que en el fondo nos vemos entregados a nuestra propia “imposibilidad”? Que somos seres finitos, cierto. Pero bien pensado, el concepto de finitud no solo se refiere al hecho de que somos seres-para-la-muerte, sino también que somos –antes aún– seres que han “nacido”.

Es lo que señalaba Hannah Arendt al identificar en la “natalidad” el rasgo característico de nuestro estar en el mundo. De hecho, el ser-nacidos no es solo un acontecimiento de nuestro pasado sino una dimensión permanente de nuestra existencia, llamada siempre a “iniciar” algo, a poner en acto sus posibilidades, y sobre todo a realizarse a sí misma, no porque sea capaz de hacerlo (¿quién está nunca a la altura del ser?), sino porque se ha recibido como don a sí misma. Como decía Arendt en 1965 a Karl Jaspers, “ser fieles a la realidad de las cosas, para bien y para mal, implica un amor integral a la verdad y una gratitud total por el hecho mismo de haber nacido”. Solo esta gratitud pude vencer la angustia y el rencor por el hecho de que las cosas se acaben (ya lo señaló Alain Finkielkraut en un estupendo libro-entrevista titulado precisamente ‘La ingratitud’). Pero la gratitud depende de caer en la cuenta de haber nacido, de ser hijo de alguien, es decir, de llevar dentro la profunda promesa del inicio.

Muchos de nosotros estos días tienen ante sus ojos el testimonio de muchos médicos y enfermeros que literalmente están dando la vida respondiendo a la llamada de ayuda de los enfermos de coronavirus. Pero nosotros reduciremos su acción si solo la vemos como un heroico acto de voluntad, cuando en cambio estas personas nos reclaman a la gratitud de haber nacido, que es como el inicio del alba, el claror que se abre paso inesperadamente en la oscuridad de la prueba. De esa prueba que es la vida, su nacer en cada instante.

Publicado en L'Osservatore Romano

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