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26 OCTUBRE 2020
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Hacia una extraña Pascua

Giovanna Parravicini | 0 comentarios valoración: 2  19 votos
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“Concédenos, Dios todopoderoso, que quienes desfallecemos a causa de nuestra debilidad encontremos aliento en la pasión de tu Hijo Unigénito”. Esta oración con la que se abre la Semana Santa parece escrita para nosotros ahora, en el mundo entero. Una “extraña” Cuaresma nos adentra en una “extraña” Pascua, algo que nadie habría imaginado pero que también abre panoramas impensables. En Rusia, durante semanas se miró al coronavirus simplemente como un “desastre italiano”.

Luego, lentamente, empezó a abrirse paso la conciencia de que este país no quedaría indemne ante la pandemia, incluso Putin pospuso la fecha del referéndum, previsto para el 22 de abril, para modificar la Constitución, que durante meses ha sido el principal tema de nuestra vida política.

A pesar de todo, las jornadas excepcionalmente primaverales a finales de marzo sorprendían las calles y los parques llenos de gente, sobre todo jóvenes después del cierre de escuelas y universidades decretado por las autoridades. Poco a poco fueron llegando noticias cada vez más alarmantes sobre las oleadas de contagios. Las cifras oficiales aún no son muy elevadas, pero la decisión de poner en cuarentena al país durante todo el mes de abril, los datos de la rápida conversión de hospitales para atender casos de coronavirus, las peticiones de personal sanitario suplementario, etc., permiten intuir fácilmente la gravedad de la situación real.

En este contexto, las diversas comunidades religiosas también han tenido que adoptar limitaciones a la asistencia a lugares de culto, pero si musulmanes y judíos han resuelto el problema con bastante rapidez, los fieles cristianos han opuesto no poca resistencia. A muchos les resultaba casi imposible comprender por qué no se puede asistir a las celebraciones litúrgicas, acercarse a los sacramentos, etc.

Hay quien lo define incluso de “traición”, una especie de “abjuración” de Cristo en nombre de una “egoísta” salvaguarda de la salud física. En parte, es comprensible. La Cuaresma es un periodo en que se multiplican los gestos de oración comunitaria y las formas de piedad religiosa, la asistencia a la liturgia y a los sacramentos. En cambio, aparentemente todo eso se ha suprimido. Todo o, mejor dicho, todas esas formas tradicionales de piedad religiosa con que estamos acostumbrados a identificar la fe cristiana.

¿Basta con la “resignación cristiana” ante los acontecimientos, en nombre de la cual –con las mejores intenciones– los “padres espirituales” han exhortado a obedecer las indicaciones mientras vuelva la “normalidad”? En realidad, las limitaciones impuestas se están convirtiendo en una potente provocación. Paradójicamente, desarrollan una labor que tal vez hoy el patriarca y la jerarquía ortodoxa serían incapaces de lograr, obligando a decidir, con la radicalidad impuesta por encontrarse ante la vida y la muerte, qué es verdaderamente esencial para vivir y, por tanto, qué consistencia tiene la fe.

¿En qué consiste el desafío actual? Lo he visto claro cuando empecé a recibir invitaciones de portales online, emisoras y cadenas ortodoxas y protestantes hablando de cómo viven los cristianos la emergencia del Covid–19 en Italia. La gente necesita una esperanza –no basta con convencerla de que se quede en casa por miedo–, un significado también para esta reclusión, o para afrontar el riesgo cotidiano del trabajo de quienes garantizan los servicios esenciales. De repente, los cristianos están descubriendo que pueden ser vehículos de este significado, que tienen la misión de “transformar la vida entera en liturgia”.

Así lo señalaba estos días el padre Aleksei Uminski, un párroco moscovita, recordando “las palabras de san Pedro: ‘Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real’ (1Pt 2,9). Diciendo esto, indica que todo cristiano, independientemente del hecho de ser presbítero u obispo, está revestido por el sacerdocio, sea hombre o mujer. Eso significa que se le ha donado la gracia divina de celebrar su propia liturgia: rezar a Dios en su casa, en su Iglesia doméstica”. La Iglesia ortodoxa nunca hasta ahora había señalado con tanta esencialidad y profundidad la vocación del laico, es decir, del bautizado, su identidad y misión. Estén los templos abiertos o cerrados, nosotros ya somos templos vivientes de Dios, “pequeña iglesia” llamada a iluminar el mundo.

“Cuántos de nosotros –continúa el padre Aleksei– estaban acostumbrados al hecho de que nada dependiera de ellos. Si lo sentían iban a la iglesia, si no, no iban. Si lo sentían se preparaban para la comunión, si no, no lo hacían. Cuántos de nosotros no se daban verdadera cuenta del valor de estas cosas para nuestra vida. Hasta un cierto momento. Pues bien, hoy ha llegado ese momento. El momento de nuestra toma de conciencia. ¿Qué significa para mí la oración? ¿Qué significa para mí la Iglesia? ¿Qué es la liturgia? No somos Iglesia solo cuando nos reunimos en la iglesia para rezar. Somos Iglesia porque somos el Cuerpo de Cristo y porque le pertenecemos en todo lugar, en todo tiempo, porque somos el pueblo que Él eligió”.

Mientras los católicos ya han entrado en la Semana Santa, estos días los ortodoxos viven su última semana de Cuaresma, que precede al Domingo de Ramos. Una semana en que un motivo constante de la liturgia es la enfermedad y muerte de Lázaro, de quien el próximo sábado la Iglesia oriental celebra la memoria de su resurrección. En esta semana, los textos litúrgicos “monitorizan” día tras día la evolución de la enfermedad, muerte y sepultura de Lázaro, casi como los boletines informativos y las estadísticas de contagio del coronavirus que ya estamos acostumbrados a leer y escuchar diariamente con aprensión y esperanza. Jesús sube a Jerusalén, llega su hora, para encontrarse cara a cara con la enfermedad y muerte de su amigo, recibiendo día tras día noticias de la “debilidad mortal” que conduce a Lázaro –la humanidad– hacia el sepulcro. Un sepulcro que será anuncio de resurrección.

Nosotros también, siguiendo a Cristo que sube a Jerusalén, tenemos la gracia de poder vislumbrar, en las circunstancias de la historia y en los testimonios de humanidad transfigurada por la fe, el albor de la Pascua.

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