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12 JULIO 2020
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Casa, silencio, Misterio. Tres palabras en el corazón de los jóvenes

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
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¿Qué supondrá para toda una generación de jóvenes lo que estamos viviendo? ¿Qué huella dejará en su historia, en su desarrollo, en su conciencia? Estos días, entre los miles de entrevistas que nos bombardean desde los medios de comunicación, rara vez podemos escuchar la voz de los jóvenes.

Son la paradoja de este extraño virus. Su violencia con los ancianos o enfermos deja fuera a los millennials y nativos digitales, pero tampoco los deja participar en el debate público del que nace una conciencia compartida, un punto para volver a empezar. Es verdad que se presta mucha atención a la educación, pero incluso ahí parece que es un tema más ligado a los deberes de los adultos, a los exámenes, a los profesores o a las líneas pedagógicas que al punto de vista de nuestros hijos. Como si no fuera importante, como si fuera un argumento menor.

Nadie puede saber qué está sucediendo realmente en el corazón de muchos adolescentes, pero seguramente hay tres palabras que describen de alguna manera el contexto con el que se están midiendo y que podrían ser casi un punto de partida para charlar con ellos, para oír por fin lo que tienen que decir.

La primera palabra es “casa”. Todos están en casa. Cada uno tiene una experiencia distinta de su casa. Para muchos es un lugar del que emanciparse, del que salir rápidamente, un lugar infantil que propone a la atención y a la sensibilidad diversas historias de matrimonios, enfermedades, conflictos. Casa no siempre es una palabra bonita. Estar en casa puede dar miedo, puede faltar el aire, puede hasta resultar terrible. Lo que está en discusión no es el afecto y la gratitud a los padres, algo que un joven está obligado a percibir, a escuchar, a tomar en consideración estando en casa. “Estoy encerrada como un rehén de todo de lo que antes huía”, me escribía una alumna hace unos días. La casa es un ideal, pero no siempre es una realidad fácil.

La segunda palabra es “silencio”, entendido como vacío, soledad, ausencia prolongada de los amigos y de todo el mundo que se tiene como referencia. No es cierto que a los jóvenes les baste con Netflix, la consola y el móvil. Tienen hambre de relaciones, de carne, de amor, de intimidad, de una amistad que ningún adulto ni hermano les puede dar. En este sentido, no son pocos los que estos días están viviendo la experiencia del duelo. Duelo por su propio pasado, por su propia vida, con el miedo –y acaso el presentimiento– de que lo que estamos viviendo no sea un paréntesis sino el inicio de un nuevo periodo en nuestra historia común. Hay tanto afecto, nostalgia, ternura en los miles de videollamadas y chats que animan estos días… En pocas semanas muchos de mis alumnos han pasado de preguntarse “cuándo acabará” o “qué aprenderemos” a “qué será de mí y de mis sueños” o si “realmente esta es la vida que me espera”. En la distancia y en el silencio del que querían huir y en el que ahora se ven obligados a habitar, aprendiendo muchas verdades, pero experimentando a veces como un desencanto, una desilusión amarga que corre el riesgo de apagar todo entusiasmo.

La tercera y última palabra que puede describir los contornos de la experiencia de muchos jóvenes en este tiempo es “Misterio”. Todos los chavales encerrados en casa, midiéndose con ese extraño silencio que les rodea, en una habitación caótica o llena de vida, están viendo que detrás de lo que sucede hay mucho más, hay como una invitación a la vida, como una pregunta que se abre paso de manera radical: ¿pero quién soy yo?, ¿para qué estoy hecho?, ¿qué significa amar y vivir?, ¿qué hay para mí dentro de todo esto?

Esta pregunta puede convertirse en rabia o en llanto, puede convertirse en fe o en blasfemia, como para el Capaneo de Dante, pero ahí está, clavándose, desafiando, insinuándose. Y ahí, dentro de las fisuras de esa pregunta, los jóvenes necesitan encontrar compañeros de camino, compañeros de dudas, de miedos, de silencio, de fe. Adultos que les demuestren que no estamos metidos en casa por un virus para dejar de vivir sino para vivir en serio, profesores y educadores que no les hagan pensar en el “después” sino en el ahora, haciéndose amigos del ahora, discípulos del ahora, disponibles al ahora.

Verdaderamente, nos enfrentamos a una provocación enorme para toda una generación que se acerca en serio, aunque no por primera vez, al Misterio de la existencia. Solo que esta vez todo este tiempo se ha convertido de pronto en espacio para ponerse en juego realmente, para no huir, para mirarlo en toda su profundidad.

No pensemos solo en las clases, en las vacunas, en la economía o en la segunda fase: escuchemos también las nuevas voces y los nuevos suspiros de este siglo. Son como una profecía olvidada, presagio de nuevos caminos y antiguas esperanzas que podremos descubrir donde menos lo esperamos, dentro de nosotros mismos.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3150 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 531 comentarios valoración: 2  4255 votos

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