Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
10 JULIO 2020
Búsqueda en los contenidos de la web

La distancia entre certeza y verdad

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
Vota 1 2 3 4 5
Resultado 2  31 votos

¿Qué será de nosotros? Durante la crisis de la pandemia –como en cualquier situación crítica que afecte a la existencia personal y social– esta pregunta vuelve a importunarnos, desgarradora e implacable. Desgarradora porque es signo de una ternura última con nosotros mismos, haciéndose cargo de nuestro destino, es decir, de la posibilidad de cumplir o no lo que deseamos en la vida. Implacable porque se trata de una pregunta a la que no logramos dar una respuesta obvia o automática en virtud de nuestros propósitos o programaciones. De hecho, en ella tocamos con nuestros dedos el hecho de que estar en el mundo significa estar siempre en cuestión, que la vida es una aventura –individual y colectiva– en la que nos la debemos jugar siempre.

La única respuesta que podríamos dar a este interrogante es que nadie puede estar seguro de lo que va a pasar. De hecho, es una incertidumbre siseante que se va extendiendo, como el sentimiento más compartido en nuestra situación actual. Pero un cambio cultural está teniendo lugar ante nuestros ojos. En la larga etapa del nihilismo de la que todos, para bien o para mal, somos herederos, la mayoría consideraba la certeza como una especie de disvalor, un residuo dogmático respecto a la emancipación de la razón crítica, cuya tarea parecía ser en cambio justamente la de desmontar cualquier certeza como si fuera una presunción peligrosa y en definitiva como una pretensión imposible.

Esta posición teórica se basaba en la constatación sincera de que nuestra forma de conocer, siempre parcial y limitada, nunca nos permite aferrar la esencia indudable o la verdad última del mundo. Pero también había otro motivo (tal vez menos inocente y más ideológico) para sostener la imposibilidad de la certeza, es decir, que esta última solo sería en el fondo una construcción nuestra, una estrategia psicológica, cultural y social para protegerse de los riesgos de la vida y del mundo. En resumen, tener certeza significaría ser un iluso. Hasta el punto de decir que la única certeza es que no se puede estar seguro de nada, excepto de una cosa, ya sedimentada en nuestro lenguaje cotidiano, cuando para expresar la absoluta convicción sobre un evento o una persona, decimos que es “tan cierto como la muerte”. Entonces, para vivir uno se agarra a las certezas construidas por nuestro hacer, encerrándose en recintos de seguridad o fiándose de relatos colectivos.

Por otro lado, a pesar de la teoría, la incertidumbre siempre se ha impuesto como el verdadero mal de vivir en el paso del siglo XX al XXI. Es lo que el sociólogo Zygmunt Bauman describió con gran lucidez (por ejemplo en su ensayo ‘Miedo líquido’, Paidós 2006) como una percepción de nuestra impotencia y contingencia después del derrumbe de los diversos intentos modernos de sustituir a Dios como “señores” de nuestras vidas. Para exorcizar esta incertidumbre, los individuos se afanan de buena gana en protegerse de la sociedad y del Estado, pero es una expectativa que se ve cada vez más defraudada y que acaba arrojada sobre nuestros hombros, expuestos ya a tener que afrontar inermes los imprevistos de la vida.

Otro gran sociólogo, Ulrich Beck, es un agudo observador de lo que él llama la “sociedad mundial del riesgo”, donde “la seguridad antropológica de la modernidad” se muestra como “arenas movedizas” y el individuo se ve cargado por la nueva y pesada responsabilidad –material y moral– de afrontar los riesgos globales solo en función de su propia decisión (y nunca como en estos tiempos virales hemos comprendido qué es un riesgo mundial al que hacer frente mediante comportamientos individuales). Con la consecuencia paradójica de que el individualismo posmoderno, el que persigue como ideal una “vida propia” desligada de otros vínculos que no sean consigo mismo, acaba siendo presa del pánico por que el sistema de seguridad pueda colapsar. Entonces, lejos de ser dueño de uno mismo, hace un llamamiento a la “racionalidad del control” a nivel político, social y tecnológico, para hacer “nuevamente posible el funcionamiento imperturbable de los sistemas”.

La paradoja entonces es que precisamente en la época de la incertidumbre vuelve a reabrirse, en positivo, la pregunta sobre si hay algo o alguien de lo que podamos tener certeza, y se reabre no como una hipótesis abstracta sino como una necesidad esencial para vivir. De repente, la teoría escéptica que identificaba estar seguros con ser dogmáticos se muestra sencillamente inadecuada para captar el problema de la existencia del hombre contemporáneo. Como si faltara clamorosamente su objetivo.

Pero como suele pasar, dentro de una crisis puede nacer una comprensión siempre nueva de los fenómenos constitutivos de la condición humana y de las palabras con que las designamos. Habitualmente, la “certeza” es vista como una experiencia subjetiva, a diferencia de la “verdad”, que indicaría en cambio un estado de cosas objetivo. Por eso, algunos filósofos han preferido la verdad a la certeza, con la motivación de que también se podría estar seguro de cosas deplorables en sí mismas. Resumiendo, el paso de la certeza a la fe ciega e irracional estaría siempre al acecho. En el fondo, cuando Hermann Göring, uno de los nazis más devotos, afirmaba que “no tengo ninguna conciencia, mi conciencia se llama Adolf Hitler”, ¿acaso no estaba expresando una (trágica) certeza? En este caso, la certeza se entiende como una creencia que ya no tiene el problema de la verdad.

No basta el llamamiento a la verdad para sacar a la luz la certeza. Intentemos hacer lo contrario y preguntémonos: ¿qué sería una verdad sin certeza, si no un conocimiento sin impacto y reflejo de mi existencia? La verdad, de por sí, es independiente de nuestras opiniones o reacciones. Sin embargo, solo cuando la reconocemos, cuando asentimos o disentimos de ella, la verdad se vuelve “experiencia” nuestra. Aquí reside todo el núcleo de la certeza, sin la cual no podríamos vivir: el consentimiento que nuestra inteligencia –empujada por nuestra libertad– da a la realidad que nos sale al encuentro.

John Henry Newman está entre los que han arrojado luz sobre la certeza como una dinámica esencial de nuestra inteligencia y nuestro afecto. En su ‘Gramática del asentimiento’ dice que la certeza humana es la “percepción de una verdad unida a la percepción de que es verdad”. E decir, cuando una cosa es verdadera no solo es verdadera sino que es alcanzada, adquirida, asimilada conscientemente como “nuestra”. La certeza que necesitamos no es solo un seguro o garantía de vida sino la confianza en algo grande que no hacemos nosotros, que nos es dado o que nos encontramos, pero que gracias a ello podemos caminar, arriesgar, incluso equivocarnos sin perder el camino, es decir, la meta. Una certeza así no puede ser simplemente diseñada o programada por nosotros, exige que nos la testimonie alguien en quien podamos poner nuestra confianza de manera razonable.

La certeza que necesitamos es aquella por la cual un “yo” solo o narciso pueda convertirse en un “nosotros” compartido. De hecho, desde la primera mirada de nuestra madre cuando vinimos al mundo, y después a lo largo de los encuentros decisivos de nuestra vida, la verdadera certeza siempre es un “tú”.

>Comentar

Sólo los usuarios registrados pueden insertar comentarios. Identifíquese.

0Comentarios

<< volver

>Columna derecha

>CULTURA

vista rápida >

Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3146 votos
vista rápida >

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 527 comentarios valoración: 2  4251 votos

>SÍGUENOS EN

>Entrevistas

El otro es un bien, también en política

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja