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5 AGOSTO 2020
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La distancia entre certeza y verdad

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  36 votos
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¿Qué será de nosotros? Durante la crisis de la pandemia –como en cualquier situación crítica que afecte a la existencia personal y social– esta pregunta vuelve a importunarnos, desgarradora e implacable. Desgarradora porque es signo de una ternura última con nosotros mismos, haciéndose cargo de nuestro destino, es decir, de la posibilidad de cumplir o no lo que deseamos en la vida. Implacable porque se trata de una pregunta a la que no logramos dar una respuesta obvia o automática en virtud de nuestros propósitos o programaciones. De hecho, en ella tocamos con nuestros dedos el hecho de que estar en el mundo significa estar siempre en cuestión, que la vida es una aventura –individual y colectiva– en la que nos la debemos jugar siempre.

La única respuesta que podríamos dar a este interrogante es que nadie puede estar seguro de lo que va a pasar. De hecho, es una incertidumbre siseante que se va extendiendo, como el sentimiento más compartido en nuestra situación actual. Pero un cambio cultural está teniendo lugar ante nuestros ojos. En la larga etapa del nihilismo de la que todos, para bien o para mal, somos herederos, la mayoría consideraba la certeza como una especie de disvalor, un residuo dogmático respecto a la emancipación de la razón crítica, cuya tarea parecía ser en cambio justamente la de desmontar cualquier certeza como si fuera una presunción peligrosa y en definitiva como una pretensión imposible.

Esta posición teórica se basaba en la constatación sincera de que nuestra forma de conocer, siempre parcial y limitada, nunca nos permite aferrar la esencia indudable o la verdad última del mundo. Pero también había otro motivo (tal vez menos inocente y más ideológico) para sostener la imposibilidad de la certeza, es decir, que esta última solo sería en el fondo una construcción nuestra, una estrategia psicológica, cultural y social para protegerse de los riesgos de la vida y del mundo. En resumen, tener certeza significaría ser un iluso. Hasta el punto de decir que la única certeza es que no se puede estar seguro de nada, excepto de una cosa, ya sedimentada en nuestro lenguaje cotidiano, cuando para expresar la absoluta convicción sobre un evento o una persona, decimos que es “tan cierto como la muerte”. Entonces, para vivir uno se agarra a las certezas construidas por nuestro hacer, encerrándose en recintos de seguridad o fiándose de relatos colectivos.

Por otro lado, a pesar de la teoría, la incertidumbre siempre se ha impuesto como el verdadero mal de vivir en el paso del siglo XX al XXI. Es lo que el sociólogo Zygmunt Bauman describió con gran lucidez (por ejemplo en su ensayo ‘Miedo líquido’, Paidós 2006) como una percepción de nuestra impotencia y contingencia después del derrumbe de los diversos intentos modernos de sustituir a Dios como “señores” de nuestras vidas. Para exorcizar esta incertidumbre, los individuos se afanan de buena gana en protegerse de la sociedad y del Estado, pero es una expectativa que se ve cada vez más defraudada y que acaba arrojada sobre nuestros hombros, expuestos ya a tener que afrontar inermes los imprevistos de la vida.

Otro gran sociólogo, Ulrich Beck, es un agudo observador de lo que él llama la “sociedad mundial del riesgo”, donde “la seguridad antropológica de la modernidad” se muestra como “arenas movedizas” y el individuo se ve cargado por la nueva y pesada responsabilidad –material y moral– de afrontar los riesgos globales solo en función de su propia decisión (y nunca como en estos tiempos virales hemos comprendido qué es un riesgo mundial al que hacer frente mediante comportamientos individuales). Con la consecuencia paradójica de que el individualismo posmoderno, el que persigue como ideal una “vida propia” desligada de otros vínculos que no sean consigo mismo, acaba siendo presa del pánico por que el sistema de seguridad pueda colapsar. Entonces, lejos de ser dueño de uno mismo, hace un llamamiento a la “racionalidad del control” a nivel político, social y tecnológico, para hacer “nuevamente posible el funcionamiento imperturbable de los sistemas”.

La paradoja entonces es que precisamente en la época de la incertidumbre vuelve a reabrirse, en positivo, la pregunta sobre si hay algo o alguien de lo que podamos tener certeza, y se reabre no como una hipótesis abstracta sino como una necesidad esencial para vivir. De repente, la teoría escéptica que identificaba estar seguros con ser dogmáticos se muestra sencillamente inadecuada para captar el problema de la existencia del hombre contemporáneo. Como si faltara clamorosamente su objetivo.

Pero como suele pasar, dentro de una crisis puede nacer una comprensión siempre nueva de los fenómenos constitutivos de la condición humana y de las palabras con que las designamos. Habitualmente, la “certeza” es vista como una experiencia subjetiva, a diferencia de la “verdad”, que indicaría en cambio un estado de cosas objetivo. Por eso, algunos filósofos han preferido la verdad a la certeza, con la motivación de que también se podría estar seguro de cosas deplorables en sí mismas. Resumiendo, el paso de la certeza a la fe ciega e irracional estaría siempre al acecho. En el fondo, cuando Hermann Göring, uno de los nazis más devotos, afirmaba que “no tengo ninguna conciencia, mi conciencia se llama Adolf Hitler”, ¿acaso no estaba expresando una (trágica) certeza? En este caso, la certeza se entiende como una creencia que ya no tiene el problema de la verdad.

No basta el llamamiento a la verdad para sacar a la luz la certeza. Intentemos hacer lo contrario y preguntémonos: ¿qué sería una verdad sin certeza, si no un conocimiento sin impacto y reflejo de mi existencia? La verdad, de por sí, es independiente de nuestras opiniones o reacciones. Sin embargo, solo cuando la reconocemos, cuando asentimos o disentimos de ella, la verdad se vuelve “experiencia” nuestra. Aquí reside todo el núcleo de la certeza, sin la cual no podríamos vivir: el consentimiento que nuestra inteligencia –empujada por nuestra libertad– da a la realidad que nos sale al encuentro.

John Henry Newman está entre los que han arrojado luz sobre la certeza como una dinámica esencial de nuestra inteligencia y nuestro afecto. En su ‘Gramática del asentimiento’ dice que la certeza humana es la “percepción de una verdad unida a la percepción de que es verdad”. E decir, cuando una cosa es verdadera no solo es verdadera sino que es alcanzada, adquirida, asimilada conscientemente como “nuestra”. La certeza que necesitamos no es solo un seguro o garantía de vida sino la confianza en algo grande que no hacemos nosotros, que nos es dado o que nos encontramos, pero que gracias a ello podemos caminar, arriesgar, incluso equivocarnos sin perder el camino, es decir, la meta. Una certeza así no puede ser simplemente diseñada o programada por nosotros, exige que nos la testimonie alguien en quien podamos poner nuestra confianza de manera razonable.

La certeza que necesitamos es aquella por la cual un “yo” solo o narciso pueda convertirse en un “nosotros” compartido. De hecho, desde la primera mirada de nuestra madre cuando vinimos al mundo, y después a lo largo de los encuentros decisivos de nuestra vida, la verdadera certeza siempre es un “tú”.

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