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28 MAYO 2020
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La poliédrica realidad de la administración pública en España

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
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La enorme crisis en la que nos ha metido la pandemia del coronavirus no sólo ha afectado a la salud de las personas, también nos va a dejar una crisis económica de dimensiones desconocidas. Ante la incertidumbre y el miedo que nos despiertan, ya vienen anticipándose, como en otras ocasiones, legiones de economistas, profesores, expertos, sociólogos, juristas, think tanks, asociaciones, ciudadanos o partidos políticos, sean todos ellos de tendencias socialdemócratas, liberales, populistas, nacionalistas, comunistas o sin orientación ideológica alguna.

En España, en determinados ambientes académicos, empresariales o de las escuelas de negocios, vuelve a cobrar fuerza el mensaje de que hay que reducir el gasto público para salir del hoyo en el que estamos metidos. “No más Estado, no más Administración, no más funcionarios”. Es un mensaje que ha calado también en la política, en Twitter y entre la gente. La reciente creación de los nuevos 22 Ministerios no ha contribuido, precisamente, a pacificar la cuestión.

Sin embargo, la cuestión del tamaño del sector público resulta más compleja de lo que parece y el debate está trufado de ideología –a derecha y a izquierda–. Quizá aportar algunas cifras pueda ayudar a una visión más poliédrica.

Según el Ministerio de Política Territorial y Función Pública, a julio de 2019, existen 2.595.575 empleados públicos en España –un 5% de la población total–, distribuidos de la siguiente forma: en la Administración General del Estado (incluyendo Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y funcionarios de la Administración de Justicia), en torno a 515.000, menos del 20% del total. En el caso de las Administraciones autonómicas –incluyendo al personal docente e investigador y al personal de administración y servicios de las universidades transferidas–, el número de empleados públicos ronda los 1.500.000, constituyendo casi el 60% del total; y en la Administración Local (es decir, Ayuntamientos, Diputaciones, Cabildos y Consejos Insulares), el número de empleados es algo más de 580.000 –en torno al 23% del total–.

En suma, el primer elemento que nos revela lo poliédrico de la cuestión es la diversidad: empleados públicos no equivale en exclusiva a funcionarios de carrera, sino que engloba a personal laboral (sometido o no a régimen de convenio), el personal interino o el personal eventual.

La segunda nota a tener en cuenta: que es evidente que el mayor número de empleados públicos reside en las Comunidades Autónomas. Las que más empleados públicos tienen en nómina son: en primer lugar, Andalucía, con casi 295.000; Cataluña, en segundo lugar, con unos 205.000; la Comunidad de Madrid, rondando los 185.000; y la Comunidad Valenciana, con unos 145.000; seguidas por Castilla y León (con casi 95.000) Galicia (rondando en torno a los 94.000) o País Vasco (en torno a unos 75.000). Comunidades como Extremadura o Asturias se sitúan en un rango más bajo, por debajo de los 50.000.

Y si tenemos en cuenta el porcentaje de empleados públicos funcionarios por Administraciones, éstos representan, en la Administración General del Estado, el 82%; en tanto que, en la Administración autonómica, dicho porcentaje cae a un 56%; y en la Administración local, la cifra es aún menor, 33,15%.

En realidad, el panorama es mucho más complejo de lo que aquí se ha puesto. Son muchas las cuestiones que surgen: entre otras, el trasvase de funcionarios de la Administración del Estado –aunque no son mayoría– a otras Administraciones, lo que se llaman los servicios especiales, sea en Comunidades Autónomas o en Entidades Locales; o la tasa de reposición de efectivos cuando se van produciendo jubilaciones; el pase a la situación de excedencia; el hecho constatado de la desigualdad salarial a favor de las Administraciones autonómicas y, especialmente, a favor de Diputaciones, Ayuntamientos, Cabildos y Consejos Insulares; las transferencias de competencias y el número de empleados eventuales o interinos. Toda una paleta de colores que impide dar soluciones simples a tan compleja y delicada cuestión.

Por si no fuese suficiente, es interesante ver lo que dice la OCDE al respecto, acerca de nuestro tamaño de Administración. En su documento “Government at a Glance 2019”, ha señalado que el porcentaje de funcionarios en España (15,3%), en 2017, habiendo aumentado respecto de años anteriores, seguía siendo inferior al de la media en el conjunto de la OCDE (18%); eso sí, el porcentaje de inversión pública, en ese año, era del 2%, inferior a la media del conjunto de países, en ese año. Y si miramos la proporción del número de funcionarios de la Comisión Europea respecto del total de la población de la UE, el porcentaje es ínfimo –no llega al 1%–.

No se ama lo que no se conoce. El ámbito de las Administraciones Públicas resulta sumamente desconocido en la sociedad española –muy dada a tirar piedras contra nuestro propio tejado; especialmente, el de nuestras instituciones–. En realidad, cuando se invoca la necesidad de recorte de gasto público, habría que ser sumamente cuidadoso de que estamos ante una realidad que no es uniforme, sino poliédrica, como la de la sociedad civil de la que es reflejo.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3075 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 431 comentarios valoración: 2  4178 votos

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