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10 JULIO 2020
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>Entrevista a Alfredo Marcos

"El pensamiento griego, el derecho romano y la tradición religiosa judeocristiana ha dado lugar a las bases éticas de Occidente"

Enrique Chuvieco | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
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Autor, junto al profesor Carlos Javier Alonso del libro ‘Un paseo por la ética actual’ (Digital Reasons), Marcos es catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valladolid y ha pertenecido a diversos comités hospitalarios de bioética.

Después de siglos de debate filosófico en torno a la ética, el significado último de esta palabra parece haberse perdido, ¿Qué es la ética?

Es cierto que la palabra ética, y el prestigio que esta tenía, se ha venido utilizando para todo tipo de finalidades, algunas de carácter meramente ideológico. Pero la ética, en realidad, es una parte muy respetable de la filosofía. También se puede llamar filosofía moral. Es la parte de la filosofía que nos ayuda a reflexionar sobre nuestras convicciones morales. Todo el mundo emplea criterios morales, aunque sea de un modo intuitivo o irreflexivo, para decidir lo que hace o deja de hacer. Pero desde hace siglos la filosofía nos ha ayudado a pensar sobre nuestra moral. Con Sócrates empezó de un modo serio y sistemático esta reflexión.

¿Por qué la cartografía del filósofo Alasdair MacIntyre resulta más útil que la cartografía estándar a la hora de clasificar las distintas corrientes filosóficas sobre la ética?

Tradicionalmente se oponen las éticas deontológicas a las utilitaristas. Las primeras se fijan en el deber. Hago lo que debo, sin reparar en las consecuencias. Las segundas, por el contrario, se fijan en las consecuencias de nuestras acciones, en su utilidad. Pero MacIntyre nos ha hecho ver lo mucho que tienen en común estos dos tipos de ética. En realidad son ambas producto de los tiempos modernos. Entre otras cosas, comparten debilidades. La crítica postmoderna a las éticas de la modernidad ha puesto al descubierto esas debilidades. Las éticas modernas tienen mucho de valioso y esclarecedor, pero son demasiado abstractas, están demasiado desligadas de la vida concreta y real. El pensamiento posmodernista nos sume, así, en el relativismo moral. Puestas así las cosas, se entiende muy bien la función que cumple actualmente la ética de la virtud, que arraiga en tradiciones pre-modernas, como la aristotélica o la tomista, pero, en nuestros días, conversa con las éticas modernas, integra lo mejor de las mismas; además, acepta en muchos puntos la crítica postmoderna, pero es capaz de darle a la misma una función constructiva y alejada del relativismo. A partir de lo dicho emerge un nuevo mapa de la ética. Tenemos las éticas modernas (que MacIntyre engloba bajo el término Enciclopedia), las posmodernas (Genealogía) y las éticas de la virtud (Tradición). Este mapa de la ética actual resulta muy iluminador, muy fructífero a la hora de interpretar los textos de los filósofos e incluso los debates morales socialmente más activos.

«El filósofo norteamericano John Searle decía que las explicaciones reduccionistas de la mente dejaban sin explicar siempre algo, a saber, la mente.»

Tal y como explican en su libro, se ha pasado del racionalismo extremo de Kant a un cientificismo radical, que pretende definir al ser humano desde una concepción únicamente biológica. En este marco se insertan, por ejemplo, las obras del autor superventas Yuval Noah Harari, ¿cómo explican el actual éxito de la corriente cientificista?

Es verdad que algunas antropologías contemporáneas falsifican la imagen del ser humano. Algunas lo presentan como un viviente más, e intentan reducir todo lo humano a lo biológico. Otras entienden al ser humano como una especie de programa informático, que podría fluir sin problemas de una base material a otra. Son los que abogan por la migración de nuestra mente a algún soporte informático duradero o incluso a una esfera puramente lógica, a una especie de nube de información. Ambas antropologías son parciales. La primera es de corte materialista y niega o reduce los aspectos espirituales del ser humano. La segunda es espiritualista en el peor sentido de la palabra. Niega los aspectos biológicos y corporales del ser humano. También existen en la actualidad antropologías dualistas que consideran que el cuerpo y la mente son dos realidades distintas. Lo cierto es que solo existen personas concretas, con aspectos físico-biológicos, sociales y espirituales. Estos aspectos no están simplemente yuxtapuestos ni pueden ser reducidos unos a otros. Los podemos distinguir por abstracción, pero en la realidad son aspectos completamente integrados en la unidad de cada persona. El éxito de las corrientes cientificistas tiene que ver con la aparente simplicidad de las (pseudo)explicaciones que ofrecen. Pero son explicaciones que acaban por dejar fuera lo propiamente humano. El filósofo norteamericano John Searle decía que las explicaciones reduccionistas de la mente dejaban sin explicar siempre algo, a saber, la mente. Una antropología sensata tiene que reconocer los aspectos biológicos, sociales y espirituales del ser humano, así como la integración de todos ellos en cada persona concreta.

¿Cómo puede ser que la ética de la virtud, planteada por Aristóteles hace más de 2000 años, se pueda aplicar a nuestros días?

Efectivamente, la ética de la virtud tiene hondas raíces históricas, cuenta con más de dos milenios de antigüedad, pero, al mismo tiempo, es una tradición viva y dialogante. No la hemos rescatado directamente de los textos de Aristóteles, sino que ha llegado activa hasta nosotros, a través de una lectura continua, crítica y creativa. Es una tradición muy integradora y abierta. Se mantuvo viva durante toda la antigüedad, en contacto con el pensamiento de los griegos, de los romanos y de los hebreos, en diálogo con paganos y cristianos. Se formuló en muchas lenguas, griego, latín, árabe, y más tarde en lenguas modernas. Se mantuvo vigente en la antigüedad tardía y en la Edad Media. Autores como Santo Tomás de Aquino, en lo filosófico, o Dante, en lo literario, lograron obras integradoras, en las que la tradición aristotélica conversa con la tradición judeocristiana, y ambas salen mejoradas y reforzadas de este diálogo. Durante los tiempos modernos nunca fue abandonada la tradición aristotélica. Esta veta de pensamiento iluminó a los autores de la Escuela de Salamanca y, por supuesto, a los grandes pensadores modernos, como Descartes, Kant o Locke. En nuestros días, el aristotelismo es enormemente influyente en áreas científicas tan distantes como la economía, la lingüística y la biología, por citar algunas, y, por supuesto, en filosofía y en pensamiento moral. En el fondo, estamos ante una tradición que pervive de manera dinámica y sobrevive a las modas gracias a que está muy próxima al sentido común humano, a nuestra experiencia cotidiana como seres humanos, a lo que tenemos en común todas las personas de cualquier tiempo, cultura y condición.

Es verdad que algunas antropologías contemporáneas falsifican la imagen del ser humano. Algunas lo presentan como un viviente más, e intentan reducir todo lo humano a lo biológico. Otras entienden al ser humano como una especie de programa informático, que podría fluir sin problemas de una base material a otra. Son los que abogan por la migración de nuestra mente a algún soporte informático duradero o incluso a una esfera puramente lógica, a una especie de nube de información. Ambas antropologías son parciales. La primera es de corte materialista y niega o reduce los aspectos espirituales del ser humano. La segunda es espiritualista en el peor sentido de la palabra. Niega los aspectos biológicos y corporales del ser humano. También existen en la actualidad antropologías dualistas que consideran que el cuerpo y la mente son dos realidades distintas. Lo cierto es que solo existen personas concretas, con aspectos físico-biológicos, sociales y espirituales. Estos aspectos no están simplemente yuxtapuestos ni pueden ser reducidos unos a otros. Los podemos distinguir por abstracción, pero en la realidad son aspectos completamente integrados en la unidad de cada persona. El éxito de las corrientes cientificistas tiene que ver con la aparente simplicidad de las (pseudo)explicaciones que ofrecen. Pero son explicaciones que acaban por dejar fuera lo propiamente humano. El filósofo norteamericano John Searle decía que las explicaciones reduccionistas de la mente dejaban sin explicar siempre algo, a saber, la mente. Una antropología sensata tiene que reconocer los aspectos biológicos, sociales y espirituales del ser humano, así como la integración de todos ellos en cada persona concreta.

¿Cómo puede ser que la ética de la virtud, planteada por Aristóteles hace más de 2000 años, se pueda aplicar a nuestros días?

Efectivamente, la ética de la virtud tiene hondas raíces históricas, cuenta con más de dos milenios de antigüedad, pero, al mismo tiempo, es una tradición viva y dialogante. No la hemos rescatado directamente de los textos de Aristóteles, sino que ha llegado activa hasta nosotros, a través de una lectura continua, crítica y creativa. Es una tradición muy integradora y abierta. Se mantuvo viva durante toda la antigüedad, en contacto con el pensamiento de los griegos, de los romanos y de los hebreos, en diálogo con paganos y cristianos. Se formuló en muchas lenguas, griego, latín, árabe, y más tarde en lenguas modernas. Se mantuvo vigente en la antigüedad tardía y en la Edad Media. Autores como Santo Tomás de Aquino, en lo filosófico, o Dante, en lo literario, lograron obras integradoras, en las que la tradición aristotélica conversa con la tradición judeocristiana, y ambas salen mejoradas y reforzadas de este diálogo. Durante los tiempos modernos nunca fue abandonada la tradición aristotélica. Esta veta de pensamiento iluminó a los autores de la Escuela de Salamanca y, por supuesto, a los grandes pensadores modernos, como Descartes, Kant o Locke. En nuestros días, el aristotelismo es enormemente influyente en áreas científicas tan distantes como la economía, la lingüística y la biología, por citar algunas, y, por supuesto, en filosofía y en pensamiento moral. En el fondo, estamos ante una tradición que pervive de manera dinámica y sobrevive a las modas gracias a que está muy próxima al sentido común humano, a nuestra experiencia cotidiana como seres humanos, a lo que tenemos en común todas las personas de cualquier tiempo, cultura y condición.

Tiene que haber igualdad de oportunidades e igualdad ante la ley para todas las personas, con independencia de su sexo, edad, situación social... Estos son objetivos irrenunciables. El feminismo sensato los apoya. Pero la ideología de género hace tiempo que se distanció del feminismo sensato. Esta ideología se ha convertido en un vector para la descalificación y la censura, para reprimir muy diversas libertades, la libertad de expresión, la de educación, la de cátedra, la de prensa, así como la independencia de los jueces... Constituye también un medio para la acaparación ideológica del poder político y de los recursos financieros que desde el mismo se controlan. Es decir, en el caso de la ideología de género encontramos la clásica maniobra de perversión de las causas justas. Se parte de una causa perfectamente justa, como la de la igualdad, y se pervierte o degrada hasta ponerla al servicio de un interés no común, sino parcial e ideológico.

«La ideología de género se ha convertido en un vector para la descalificación y la censura, para reprimir libertades, la de expresión, la de educación, la de cátedra, la de prensa, así como la independencia de los jueces»

¿Por qué no se les pueden reconocer derechos a animales con genética muy similar a la nuestra?

Los derechos de los animales no pueden ser reconocidos ya que no existen por naturaleza. ¿Todos los metazoos tendrían esos supuestos derechos?, ¿qué animales los tendrían y cuáles no?, ¿por qué?, ¿por qué no las plantas? Podrían, eso sí, ser otorgados o construidos derechos para los animales si la sociedad lo estimase pertinente. Pero el otorgamiento de derechos a los animales debilita la fuerza moral y política de los derechos humanos. Este debilitamiento desprotege precisamente a las personas más indefensas. Por otro lado, la protección de los animales no exige en absoluto el otorgamiento de derechos a los mismos. Se puede proteger el bienestar animal y prevenir la crueldad sin necesidad de otorgar arbitrariamente derechos a los animales. De hecho, las leyes de protección animal están vigentes en muchos países, en especial en la Unión Europea. Se han hecho muchos progresos en este sentido sin necesidad de apelar a derechos y sin poner en riesgo a los seres humanos más vulnerables.

¿Pueden las religiones contribuir positivamente a la construcción de una ética “actual”?

No estoy seguro de que todas las religiones puedan hacer aportaciones interesantes a la ética, ya que no conozco a fondo muchas de ellas. Lo que sí veo con claridad es que el cristianismo puede hacerlo. De hecho, la integración del pensamiento griego con el derecho romano y con la tradición religiosa judeocristiana ha dado lugar a las bases éticas de Occidente. Dichas bases se han hecho extensivas al resto de la humanidad gracias a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El diálogo que mantuvieron en su día Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas es muy ilustrativo al respecto. La religión aporta vitalidad y motivación, nervio moral, bases realistas y afectivas a la ética. La ética aporta claridad argumentativa, reflexión y universalidad racional a la religión. Esta relación de mutuo enriquecimiento se da, al menos, en el seno de las civilizaciones con raíces cristianas, y no descarto que también pueda darse con otras religiones.

Por último, ¿cuáles son los retos del futuro en el campo de la ética?, ¿hacia dónde apunta la investigación?

Si algo nos ha enseñado la actual situación de pandemia es que no sirve de mucho hacer predicciones de futuro (valga la redundancia). No sé cuáles serán los retos de la ética mañana. Los de hoy tienen que ver con el respeto a la dignidad humana, incluso con el reconocimiento de la misma, pues hay quien la pone en duda. Ese reconocimiento ha de ser máximamente inclusivo -por usar un término a la moda-. Ha de incluir a todos los seres humanos, a cada uno de ellos, en todas las fases de sus vidas, desde la concepción hasta la muerte. Cada persona, en todo momento, tiene un valor infinito que llamamos dignidad. Esta perspectiva nos orienta respecto de cuestiones tan actuales como el uso de biotecnologías o de la llamada inteligencia artificial, así como respeto de las cuestiones más clásicas que nos siguen afectando.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3146 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 527 comentarios valoración: 2  4251 votos

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