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7 DICIEMBRE 2016
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Amargura y esperanza ante las reacciones del mundo judío

José Luis Restán

No hablo ya de la franja lunática que en todas partes existe. De aquéllos que afirman que ésta era la oportunidad de que el Papa se clarificase sobre el Holocausto, o de que pidiese excusas por sus devaneos con el nazismo. Insultos tan aberrantes sólo pueden proceder de mentes enfermas por la ideología. Lo que realmente produce fatiga es escuchar el enésimo lamento de algunos rabinos, diputados o periodistas israelíes que presumen de paciencia y buena disposición pero que nunca están satisfechos. Resulta que el hondísimo y conmovedor discurso de Benedicto XVI en el memorial del Holocausto no ha satisfecho las expectativas de algunos. ¿La causa? El Papa no ha mencionado la palabra "nazismo" y no ha pedido perdón, como cabeza de la Iglesia y como alemán. Parece grotesco, pero es preciso esforzarse y dialogar con esta pretensión insatisfecha.

En primer lugar el Papa no tiene que repetir siempre todos y cada uno de los argumentos implicados. Son decenas sus discursos sobre la Shoá, y nada menos que en el campo de Auswitch ya evocó la particular conmoción que tiene para él afrontar esta tragedia, precisamente por ser un Papa que procede de Alemania. Respecto al nazismo y su significado, será difícil encontrar a alguien (en la Iglesia y fuera de ella) que haya diagnosticado con tanta precisión las raíces culturales y morales de este horror, y cómo éste se cebó precisamente en el pueblo de la Primera Alianza. Ayer, nada más tomar tierra su avión en Tel Aviv, denunció que "la cabeza repugnante del antisemitismo vuelve a levantarse hoy", y pidió todos los esfuerzos para desarraigar ese veneno de los corazones y de las instituciones. Pero no es bastante, nunca es bastante, porque para algunos un Papa es "a priori" sospechoso, y más si ha crecido en suelo alemán en la época lúgubre en que el nazismo sojuzgó a Europa.

En Yad Vashem, Benedicto XVI ha querido sumergirse en el sufrimiento indecible de millones de víctimas hebreas, ha querido detenerse ante sus nombres (que nunca podrán ser borrados), honrarles y proclamar que también para su incomprensible dolor existe una última salida, un rayo de esperanza, porque el Dios omnipotente y misericordioso sigue vivo, aunque nos parezca escondido. Todo el discurso del Papa nacía de la sabiduría contenida en la Toráh de Israel. Ha sido un alegato estremecedor contra el negacionismo, el reduccionismo y el olvido, y al mismo tiempo una proclamación de confianza total en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios que permanece fiel a sus promesas y que no puede abandonar a su pueblo.

Digámoslo claramente: Benedicto XVI tenía que hacer suyo ese sufrimiento abrumador como hermano, como creyente y como pastor de la Iglesia. Pero no tenía por qué pedir perdón, ni como alemán ni como Papa, de un crimen del que no tiene responsabilidad alguna. Ser alemán no puede ser un estigma, y fueron miles los que sufrieron la represión del régimen totalitario. En cuanto a la Iglesia, insinuar que ella fue responsable de los crímenes del nazismo va más allá de cuanto a estas alturas se puede soportar. ¿Es éste el avance en la clarificación de nuestra atormentada historia, fruto de un diálogo de decenios? ¿No han servido de nada documentos como la "Nostra Aetate" o "Nosotros recordamos", dedicado a la Shoá? ¿Ya se han borrado las palabras conmovedoras de Juan Pablo II en la Sinagoga de Roma o ante el Muro de las Lamentaciones?      

Por fortuna, no todos los representantes del mundo judío han reaccionado del mismo modo. Por ejemplo el presidente del Comité de los supervivientes del Holocausto, Noah Frug, ha recordado que el Papa ha llegado a Israel para avecinar a la Iglesia y a los judíos, y que sus gestos y palabras han sido importantes en esa dirección. "El Papa no es el presidente de una organización sionista, entonces ¿por qué le criticamos?". Toda una lección de buen sentido, como hermosa ha sido la lección del rabino de Nueva Cork, Jacob Neusner, que ha destacado la capacidad de Benedicto XVI para guiar el imprescindible diálogo de las tres grandes religiones monoteístas.     

Esperemos que tras el ruido de las quejas se abra paso mansamente la impresionante plegaria del Papa en Yad Vashem, nacida del corazón de la Biblia que compartimos. Que nuestros hermanos judíos suspendan la sospecha permanente y acepten el abrazo de la paz que Benedicto XVI lleva a Israel en nombre de toda la Iglesia. Porque, sean cuales sean nuestras cuitas, hay un hecho irreversible, el vínculo indisoluble entre el pueblo hebreo y el pueblo de la Iglesia. Hacer visible este vínculo es una de las tareas que se ha impuesto el actual pontífice, aunque le acompañe el dolor de la incomprensión de algunos a los que más estima.

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