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25 MAYO 2020
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'La tarea es el cambio ahora, como dice Carrón'

Eugenio Nasarre | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
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Eugenio Nasarre, hombre de la transición, muchos años diputado, presidente del Movimiento Europeo en España, comenta para paginasdigital.es el último libro-entrevista de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano’.

Necesitamos conversar. Por eso he leído con fruición la conversación entre Julián Carrón y Alberto Savorana. Confieso que no llevo bien quedarme encerrado en casa. Desde que tengo uso de razón política lo que me ha gustado es conspirar en los cafés, coger el tranvía o el metro, acudir a los mítines, ver a la gente, compartir lo que nos acontece: el asesinato de Kennedy o la caída del muro de Berlín. Pero todo eso no tiene nada que ver con esta cuarentena.

Ninguna conversación es etérea. Toda tiene un lugar y una hora. La de Carrón y Savorana transcurre en Milán, uno de los epicentros de la pandemia de esta primavera. Me sumo a ella en Madrid, otro de los lugares azotados con virulencia por esta peste del siglo XXI. Pienso en Milán y en Madrid, dos grandes urbes con sus historias, con sus herencias, con sus vínculos, con su futuro, que hemos de compartir también. Milán y Madrid y tantas otras ciudades europeas unidas por esta realidad inédita para los hombres de nuestro tiempo.

Lo primero que tenemos que reconocer es que somos historia, que no venimos de la nada. He seguido los acontecimientos de Milán con la abundante, ¿demasiada?, información que recibimos por internet. Hay que digerirla. Hay que tomar perspectiva. Y he acudido a lo obvio: a Manzoni, a la Milán de la peste de 1630. Toda pandemia transforma a la ciudad y a sus habitantes. En el relato de Manzoni hay asombrosas semejanzas con lo que nos está pasando. Pero hay también diferencias, porque ninguna vivencia humana es repetible. Hay dos diferencias que nos deben interpelar. Forman parte de las reflexiones de Julián Carrón. Acaso estén conectadas. Son: la cercanía o lejanía de Dios y los avances científicos y técnicos. En la Milán de 1630 Dios está más cercano, forma parte del corazón de esa comunidad sufriente. En la Milán de 1630 no hay grandes complejos hospitalarios ni Ucis, sino lazaretos.

Vivíamos en la inopia

Empezaré por esto último. ¿Qué nos ha pasado a los hombres de nuestra generación? Que de repente nos hemos topado de bruces con la realidad de la fragilidad humana “en toda su dramaticidad”. En este punto insiste con fuerza Carrón y debe ser el origen de cualquier reflexión que no sea banal ni estéril. Para los hombres de nuestro tiempo este aterrizaje en la realidad se ha hecho más dramático porque “vivíamos en la inopia”, porque los avances científicos y técnicos nos habían hecho creer que podíamos dominar la historia. Por eso, efectivamente, hemos caído en la desorientación y perplejidad. Y ha aparecido en la ciudad un duende maligno que es el miedo. El virus, desde luego, es contagioso, muy contagioso. Hemos sido tan obedientes a las órdenes de la reclusión porque ha invadido el miedo a la ciudad. Coincido con Carrón en que el “enemigo no es el coronavirus sino el miedo”. El miedo paraliza, embota la inteligencia y nos priva de libertad. Mejor dicho, hace que la libertad quede sacrificada o relegada a un lugar inferior en la jerarquía de nuestros valores. Sólo quienes han vencido el miedo han sido nuestros héroes.

El miedo nos ha conducido a una ciudad, a una comunidad aislada. En nuestro aislamiento hemos podido redescubrir o al menos buscar lo humano que hay en nosotros. Cada uno tendrá que contar lo más propio y personal de esta experiencia. En la mía la novedad ha sido que por primera vez he tomado conciencia de lo que significa llegar a la edad que he alcanzado. He releído el jugoso ensayo de Romano Guardini “Las etapas de la vida” y sí, cada vida humana tiene etapas y cada etapa tiene una misión. De repente me he dado cuenta de que formaba parte inexorablemente del “grupo de riesgo”. El “cuídate” era el saludo cotidiano de hijos, familiares y amigos. Percibía que no era una mera cortesía, aunque podría convertirse en un modo de saludo ritual. La pandemia para mí era la conciencia de haber llegado al otoño de la vida. Esta toma de conciencia me ha abierto a dos reflexiones. La primera, la personal, la más importante, la de descubrir la misión en esta etapa de la vida, a la que mi buen amigo el profesor García San Miguel llamaba con benevolente ironía “la penúltima”. La segunda se refiere a la ciudad, a la comunidad. Porque lo peculiar del drama de esta pandemia es que han muerto, sobre todo, los viejos y han muerto, al menos en los días más álgidos de la peste, en abrumadora soledad y han sido enterrados en soledad también. El miedo al contagio nos ha deshumanizado. Carrón habla de la necesidad de la “compañía humana”. Las rigurosas medidas nos han impedido ejercerla. Tendremos que meditar si esa solución, la que hemos adoptado, no es terriblemente degradante. Y tras la pandemia surge la pregunta: ¿las personas del “grupo de riesgo” seguirán siendo consideradas “de riesgo” y, por lo tanto, estarán bajo sospecha, como un grupo señalado, que, con la piadosa excusa de su protección, deberá sufrir algún tipo de aislamiento? La exclusión de sus mayores no hará, desde luego, a nuestra sociedad más humana.

Siempre nos acechan las tentaciones. La tentación más fuerte de esta pandemia es el deseo de pasar página cuanto antes y de no llegar al fondo de las lecciones que nos ha dado. Julián Carrón dice con razón: “Saldremos cambiados si empezamos a cambiar ahora”. Es ésta la tarea a la que deberíamos dedicar nuestras energías, sin esperar un minuto. La tarea se podría resumir en dar rostro humano a la ciudad, curándola de los elementos deshumanizadores que han brotado en ella. Esta tarea la podemos compartir creyentes y no creyentes. En La Peste de Camus el ateo doctor Rieux dice al jesuita Paneloux: “Estamos trabajando juntos por algo (salvar a la ciudad) que nos une más allá de las blasfemias y de las plegarias. Esto es lo único importante”.

Dimensión religiosa de la experiencia

Pero querría conversar también sobre la dimensión religiosa de esta experiencia. Decía antes que en esta peste del siglo XXI Dios está más lejos de la ciudad que la padece. Apenas es invocado en la esfera pública. Dios permanece oculto y acaso es sustituido fugazmente por un minuto de silencio. Es verdad que hemos podido escuchar al Papa en una sobrecogedora plaza de San Pedro desierta. Cuando la contemplaba, pensaba que no podemos resignarnos a que lo virtual remplace a lo real. Julián Carrón nos recuerda que el Papa Francisco comparó nuestra situación con el pasaje evangélico de la tempestad en el mar de Tiberíades. La tempestad hace zozobrar las falsas seguridades. El cristiano aparece en escena, cuando en medio de la zozobra, en medio de la pandemia, confía en Cristo, confía en sus afirmaciones y tiene el encuentro con Él.

La dimensión religiosa de la ciudad en medio de la pandemia tiene carne, hueso y rostro: es el cristiano, que, en cuanto tal, no puede escapar de lo que pasa en la ciudad, de su dolor y sufrimiento. Carrón recuerda la afirmación de Giussani: “La única condición para ser siempre y verdaderamente religioso es vivir intensamente la realidad”. La intensidad de esa vivencia debe ser poliédrica. Debe aceptar todos los interrogantes del Misterio, debe incluir un diálogo con el Señor, como el de Job, debe procurar la mayor cercanía con el prójimo menesteroso, que ha de convertirse en “compañía” y ha de descubrir la esperanza de la salvación, como en Tiberíades, frente al naufragio que es el nihilismo.

Julián Carrón dice que “las afirmaciones (cristianas) se hacen creíbles si vemos aquí y ahora a personas en las que se documenta la victoria de Dios”, que es la redención y salvación del hombre. Este Dios que la ciudad del siglo XXI quiere tener lejos, apartado como “el grupo de riesgo”, se hace presente en ella a través de los testigos que encarnan y certifican su mensaje salvador. La vivencia cristiana de la crisis de la ciudad conduce a la acción, no cualquier acción sino la que procure ser más fiel con el programa del Maestro al servicio de la humanidad.

Sigamos conversando. Todo lo que nos está pasando lo requiere. La conversación de Julián Carrón es un buen acicate y un buen punto de partida. Me atrevería a sugerir que estas conversaciones entrecruzadas deben de ser intergeneracionales: de las tres generaciones que estamos viviendo esta inédita experiencia y este desafío para los hombres de este siglo.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3071 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 431 comentarios valoración: 2  4174 votos

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