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28 SEPTIEMBRE 2020
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'La tarea es el cambio ahora, como dice Carrón'

Eugenio Nasarre | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Eugenio Nasarre, hombre de la transición, muchos años diputado, presidente del Movimiento Europeo en España, comenta para paginasdigital.es el último libro-entrevista de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano’.

Necesitamos conversar. Por eso he leído con fruición la conversación entre Julián Carrón y Alberto Savorana. Confieso que no llevo bien quedarme encerrado en casa. Desde que tengo uso de razón política lo que me ha gustado es conspirar en los cafés, coger el tranvía o el metro, acudir a los mítines, ver a la gente, compartir lo que nos acontece: el asesinato de Kennedy o la caída del muro de Berlín. Pero todo eso no tiene nada que ver con esta cuarentena.

Ninguna conversación es etérea. Toda tiene un lugar y una hora. La de Carrón y Savorana transcurre en Milán, uno de los epicentros de la pandemia de esta primavera. Me sumo a ella en Madrid, otro de los lugares azotados con virulencia por esta peste del siglo XXI. Pienso en Milán y en Madrid, dos grandes urbes con sus historias, con sus herencias, con sus vínculos, con su futuro, que hemos de compartir también. Milán y Madrid y tantas otras ciudades europeas unidas por esta realidad inédita para los hombres de nuestro tiempo.

Lo primero que tenemos que reconocer es que somos historia, que no venimos de la nada. He seguido los acontecimientos de Milán con la abundante, ¿demasiada?, información que recibimos por internet. Hay que digerirla. Hay que tomar perspectiva. Y he acudido a lo obvio: a Manzoni, a la Milán de la peste de 1630. Toda pandemia transforma a la ciudad y a sus habitantes. En el relato de Manzoni hay asombrosas semejanzas con lo que nos está pasando. Pero hay también diferencias, porque ninguna vivencia humana es repetible. Hay dos diferencias que nos deben interpelar. Forman parte de las reflexiones de Julián Carrón. Acaso estén conectadas. Son: la cercanía o lejanía de Dios y los avances científicos y técnicos. En la Milán de 1630 Dios está más cercano, forma parte del corazón de esa comunidad sufriente. En la Milán de 1630 no hay grandes complejos hospitalarios ni Ucis, sino lazaretos.

Vivíamos en la inopia

Empezaré por esto último. ¿Qué nos ha pasado a los hombres de nuestra generación? Que de repente nos hemos topado de bruces con la realidad de la fragilidad humana “en toda su dramaticidad”. En este punto insiste con fuerza Carrón y debe ser el origen de cualquier reflexión que no sea banal ni estéril. Para los hombres de nuestro tiempo este aterrizaje en la realidad se ha hecho más dramático porque “vivíamos en la inopia”, porque los avances científicos y técnicos nos habían hecho creer que podíamos dominar la historia. Por eso, efectivamente, hemos caído en la desorientación y perplejidad. Y ha aparecido en la ciudad un duende maligno que es el miedo. El virus, desde luego, es contagioso, muy contagioso. Hemos sido tan obedientes a las órdenes de la reclusión porque ha invadido el miedo a la ciudad. Coincido con Carrón en que el “enemigo no es el coronavirus sino el miedo”. El miedo paraliza, embota la inteligencia y nos priva de libertad. Mejor dicho, hace que la libertad quede sacrificada o relegada a un lugar inferior en la jerarquía de nuestros valores. Sólo quienes han vencido el miedo han sido nuestros héroes.

El miedo nos ha conducido a una ciudad, a una comunidad aislada. En nuestro aislamiento hemos podido redescubrir o al menos buscar lo humano que hay en nosotros. Cada uno tendrá que contar lo más propio y personal de esta experiencia. En la mía la novedad ha sido que por primera vez he tomado conciencia de lo que significa llegar a la edad que he alcanzado. He releído el jugoso ensayo de Romano Guardini “Las etapas de la vida” y sí, cada vida humana tiene etapas y cada etapa tiene una misión. De repente me he dado cuenta de que formaba parte inexorablemente del “grupo de riesgo”. El “cuídate” era el saludo cotidiano de hijos, familiares y amigos. Percibía que no era una mera cortesía, aunque podría convertirse en un modo de saludo ritual. La pandemia para mí era la conciencia de haber llegado al otoño de la vida. Esta toma de conciencia me ha abierto a dos reflexiones. La primera, la personal, la más importante, la de descubrir la misión en esta etapa de la vida, a la que mi buen amigo el profesor García San Miguel llamaba con benevolente ironía “la penúltima”. La segunda se refiere a la ciudad, a la comunidad. Porque lo peculiar del drama de esta pandemia es que han muerto, sobre todo, los viejos y han muerto, al menos en los días más álgidos de la peste, en abrumadora soledad y han sido enterrados en soledad también. El miedo al contagio nos ha deshumanizado. Carrón habla de la necesidad de la “compañía humana”. Las rigurosas medidas nos han impedido ejercerla. Tendremos que meditar si esa solución, la que hemos adoptado, no es terriblemente degradante. Y tras la pandemia surge la pregunta: ¿las personas del “grupo de riesgo” seguirán siendo consideradas “de riesgo” y, por lo tanto, estarán bajo sospecha, como un grupo señalado, que, con la piadosa excusa de su protección, deberá sufrir algún tipo de aislamiento? La exclusión de sus mayores no hará, desde luego, a nuestra sociedad más humana.

Siempre nos acechan las tentaciones. La tentación más fuerte de esta pandemia es el deseo de pasar página cuanto antes y de no llegar al fondo de las lecciones que nos ha dado. Julián Carrón dice con razón: “Saldremos cambiados si empezamos a cambiar ahora”. Es ésta la tarea a la que deberíamos dedicar nuestras energías, sin esperar un minuto. La tarea se podría resumir en dar rostro humano a la ciudad, curándola de los elementos deshumanizadores que han brotado en ella. Esta tarea la podemos compartir creyentes y no creyentes. En La Peste de Camus el ateo doctor Rieux dice al jesuita Paneloux: “Estamos trabajando juntos por algo (salvar a la ciudad) que nos une más allá de las blasfemias y de las plegarias. Esto es lo único importante”.

Dimensión religiosa de la experiencia

Pero querría conversar también sobre la dimensión religiosa de esta experiencia. Decía antes que en esta peste del siglo XXI Dios está más lejos de la ciudad que la padece. Apenas es invocado en la esfera pública. Dios permanece oculto y acaso es sustituido fugazmente por un minuto de silencio. Es verdad que hemos podido escuchar al Papa en una sobrecogedora plaza de San Pedro desierta. Cuando la contemplaba, pensaba que no podemos resignarnos a que lo virtual remplace a lo real. Julián Carrón nos recuerda que el Papa Francisco comparó nuestra situación con el pasaje evangélico de la tempestad en el mar de Tiberíades. La tempestad hace zozobrar las falsas seguridades. El cristiano aparece en escena, cuando en medio de la zozobra, en medio de la pandemia, confía en Cristo, confía en sus afirmaciones y tiene el encuentro con Él.

La dimensión religiosa de la ciudad en medio de la pandemia tiene carne, hueso y rostro: es el cristiano, que, en cuanto tal, no puede escapar de lo que pasa en la ciudad, de su dolor y sufrimiento. Carrón recuerda la afirmación de Giussani: “La única condición para ser siempre y verdaderamente religioso es vivir intensamente la realidad”. La intensidad de esa vivencia debe ser poliédrica. Debe aceptar todos los interrogantes del Misterio, debe incluir un diálogo con el Señor, como el de Job, debe procurar la mayor cercanía con el prójimo menesteroso, que ha de convertirse en “compañía” y ha de descubrir la esperanza de la salvación, como en Tiberíades, frente al naufragio que es el nihilismo.

Julián Carrón dice que “las afirmaciones (cristianas) se hacen creíbles si vemos aquí y ahora a personas en las que se documenta la victoria de Dios”, que es la redención y salvación del hombre. Este Dios que la ciudad del siglo XXI quiere tener lejos, apartado como “el grupo de riesgo”, se hace presente en ella a través de los testigos que encarnan y certifican su mensaje salvador. La vivencia cristiana de la crisis de la ciudad conduce a la acción, no cualquier acción sino la que procure ser más fiel con el programa del Maestro al servicio de la humanidad.

Sigamos conversando. Todo lo que nos está pasando lo requiere. La conversación de Julián Carrón es un buen acicate y un buen punto de partida. Me atrevería a sugerir que estas conversaciones entrecruzadas deben de ser intergeneracionales: de las tres generaciones que estamos viviendo esta inédita experiencia y este desafío para los hombres de este siglo.

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