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28 MAYO 2020
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Despertares de lo humano

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El filósofo, pedagogo y ensayista Gregorio Luri comenta para paginasdigital.es el libro de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano. Reflexiones de un tiempo vertiginoso’. Fraternidad de Comunión y Liberación, 2020.

El azar amigo me permite descubrir este oportuno libro de Carrón justo cuando estoy releyendo a García Morente. Aquí tengo, sobre la mesa, su Ensayo sobre la vida privada, con su consejo a reaccionar contra el “vivir extravertido, falto de sinceridad, amorfo, lleno de cobardía mental”. A su lado está esa extraordinaria confesión íntima, El hecho extraordinario, donde García Morente se rebela contra la “satisfacción modorrosa” de la vida inercial. Cuando, después, al abrir el libro de Carrón, leo que “vivir en el desconocimiento de uno mismo no es precisamente lo máximo para la propia autorrealización”, no puedo menos de agradecerle al azar amigo su generosidad.

Hay tiempos, que pueden durar décadas, en los que la vida parece deslizarse sin fricciones, surfeando sobre la realidad y, si se tiene una inquietud, se acude a un libro de autoayuda. Son tiempos propensos a olvidar que a las vacas gordas les suceden, tarde o temprano, las flacas. Así que cuando se insinúa en el horizonte una nubecilla gris, la recibimos estéticamente. Si va tomando cuerpo y dominado el horizonte, nos decimos que no será para tanto. Pero si un rayo rasga el cielo y comienza a llover entre truenos y relámpagos, nos miramos unos a otros desconcertados. ¿Cómo es que las autoridades públicas no han hecho algo para evitar el diluvio?

La vida, sin habernos avisado de sus intenciones, se nos retuerce entre las manos; cada hora nos desborda con retos inéditos y asistimos perplejos a la conversión de lo extraordinario en rutina, mientras oímos cómo la muerte va dando aldabonazos por las casas de nuestro barrio.

“En estos momentos”, escribe García Morente, “es cuando el hombre vuelve la vista a Dios.”

La conversión de García Morente presenta muchas similitudes con la de uno de sus maestros, el neokantiano Herman Cohen, uno de los pensadores más respetados de Alemania, fallecido el 4 de abril de 1918. Su última obra, publicada póstumamente, se titula La religión de la razón desde las fuentes del judaísmo y constituyó una fenomenal sorpresa para sus discípulos.

Cohen se había empeñado durante su vida, con un formidable fervor especulativo, en hacer del judaísmo una religión de la razón que fuera coherente con la filosofía de Kant. Pero en su última obra se acercaba a Dios de una manera que corregía toda su aproximación anterior. Si antes lo había concebido como una idea, ahora lo trata como un Tú capaz de dirigir al hombre concreto que cada uno somos el mandato específico de cuidar no tanto de la ley como de nuestro hermano. Si hasta ese momento la razón era el vínculo entre Dios y el hombre, ahora ese vínculo es el amor, afirmando así la primacía de la relación intersubjetiva sobre el mandato de la ley, porque sería en la relación entre dos seres humanos singulares donde se realiza la copresencia de Dios y el hombre.

El judaísmo deja de ser así tanto la religión de la ley como de la razón, porque el mandato de amor desborda los límites de cualquier otro imperativo.

Lo que descubren Cohen y García Morente es que la religión es más sensible al dolor humano que la ética. La ética puede mantenerse impasible ante el rostro sufriente del otro, pero el amor, no.

Sabemos cuál fue el punto exacto de la quebradura de García Morente. Su yerno había sido asesinado por pertenecer a la adoración nocturna y su propia vida corría peligro. En un momento de especial soledad y abatimiento, en la radio comenzó a sonar L’enfance de Jesus de Berlioz y los ojos se le llenan de lágrimas.

Sabemos también cuándo se produjo la quebradura de Cohen. Tras exponer en una conferencia su imagen idealizada y racionalista de Dios, un humilde judío le preguntó: “¿Y dónde se encuentra el B’aure Aulom (el Creador del Mundo)?” Cohen, incapaz de responder, rompió a llorar.

Carrón también nos invita a la quebradura al recordarnos el “momento extraordinario de oración” del 27 de marzo, cuando el papa Francisco pronuncia estas palabras: “Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: ¡Despierta, Señor!”.

Estas palabras llamaban al Señor a arrojarnos luz en un momento de extraordinaria desolación por la pandemia, pero también en un contexto en el que se discutía cuáles eran los servicios esenciales. Pocos días después, veíamos a la policía desalojando un templo.

Pasemos, ya, directamente al libro de Carrón.

Confieso que tengo una manera de leer un poco talmúdica y por eso me gusta ir subrayando y contando palabras. De esta manera he descubierto que las más frecuentes en El despertar de lo humano son las siguientes: vida, vivir, existencia, realidad, circunstancia, preguntar, interpelar, interrogar, fragilidad, vulnerabilidad, desorientación, debilidad, perdido, misterio, impensable, muerto, miedo, mundo, experiencia, mirar, observar y sentido. Nos basta constatar este hecho para hacernos una idea de por dónde transcurre la reflexión de Carrón.

Estamos viviendo un hecho extraordinario que nos obliga a replantearnos muchos hábitos mentales heredados de los tiempos de bonanza. Habíamos olvidado que, ante la realidad, como decía Josep Pla, siempre se está en primera línea, y por eso su inesperada “irrupción” nos ha dejado sin aliento. “Nosotros”, escribe Carrón, “que estamos habituados a escapar de mil formas de nosotros mismos y de la llamada profunda de las cosas, no hemos podido evitar pararnos a pensar”. Y añade: “La realidad se ha rebelado”.

Carrón parece creer a pies justillas que “cuanto más nos golpea y nos afecta una realidad, más se abre la mirada de la razón, más se ensancha, se agudiza, no se conforma con soluciones baratas”. Son palabras que dicen mucho a favor de su optimismo antropológico. Yo, que soy menos optimista que él, no puedo evitar pensar que una de las alternativas que el hombre siempre tiene ante una realidad insoslayable es la del avestruz.

Carrón, como García Morente o Cohen, descubre en la vulnerabilidad del hombre concreto una demanda de sentido que, más que respuestas teóricas o imperativos categóricos, busca la compañía de un hermano, de “un compañero de camino”, que nos muestre “lo divino presente en lo humano”. “Que somos vulnerables no es una novedad, es una condición que está cosida a nuestra naturaleza desde el nacimiento”.

En las situaciones límite, nos viene a decir, descubrimos la necesidad de interrogarnos por el límite y, sobre todo, por el horizonte en el interior del cual el límite delimita una cosa de otra. Por ejemplo, la vida de la muerte. La pregunta por el límite no es sino una pregunta por la realidad de la realidad.

La pregunta es, según Carrón, más existencial que lógica, por eso la respuesta que busca no es la de una definición, sino la de “una presencia”. “Dios no ha respondido al problema de la vida, de la soledad, del sufrimiento, con una explicación, sino con su Presencia: ha venido al mundo para acompañarnos”. Cristo, añade, no elimina “el drama y el dolor […], pero hace posible un modo distinto de vivirlo”. “La mayor contribución que nosotros ofrecemos al mundo”, concluye, “es nuestro «sí» a la llamada del Misterio”.

El 30 de mayo de 2019 tuve la fortuna de participar en la presentación del penúltimo libro de Julián Carrón, ¿Dónde está Dios?, en el Ateneo Barcelonés, junto a Lluís Bou, Maria Victòria Molins y el propio autor. En sus páginas creí encontrar esta pregunta central: ¿Cuál es la naturaleza del cristianismo? La respuesta era: la de un encuentro que poco tiene que ver con el emotivismo sensiblero. “Jesús es todo lo contrario de un sentimental”.

Pero yo no podía evitar encontrar en el “encuentro” un emotivismo. No digo que Carrón lo propugne. De hecho, insiste en lo contrario: “Con su mirada, Jesús no cede al sentimentalismo”. Pero mi lectura, sin duda parcial, no podía desprenderse de esa sensación al encontrarme con una cierta relegación de la ley y del imperativo kantiano. Al ver que Carrón propugnaba un “cristianismo vivido”, porque “Jesús no acepta dejarse atrapar por una actitud legalista”, yo intuía un rechazo implícito de la obediencia. Me costaba, y me sigue costando, entender qué quería decir Carrón al sostener que “ha prevalecido hasta tal punto la reducción del cristianismo a ética…”. De lo que no había duda es de su rechazo de lo que llamaba “la versión kantiana de un cristianismo ético”.

Confieso, pues, mis dificultades –sin duda debidas a mis propios sesgos– para aceptar un cristianismo como religión de la experiencia que ignore el valor de la ley. Jesús no vino “a abolir la ley”, aunque sea cierto que judíos y musulmanes siempre se han sorprendido de la ausencia de la ley en los evangelios. Pero el “vete y no peques más” está ahí y es ineludible.

Yo no tengo nada claro que, como sostenía el último Cohen, el espacio de la intersubjetividad sea previo al de la legalidad.

Mi pregunta, antes y ahora, es si no es la ausencia de la ley lo que ha hecho del cristianismo lo que algunos han llamado “una religión de la salida de la religión”.

Tengo otro interrogante.

Antonio Machado reconocía que ni podía ni quería cantarle “a ese Jesús del madero” y prefería reservar su canción para “el que anduvo en la mar”. A veces encuentro en lo que podríamos llamar “el cristianismo de la experiencia” una actitud opuesta, una mayor predisposición a cantarle al del madero que al que anduvo en la mar, como si estuviera más predispuesto a sintonizar con el dolor del hermano que con su alegría. Con, por ejemplo, con la alegría de las bodas de Caná.

Me veo obligado, pues, a dejar aquí constancia de mis reticencias. Pero la honestidad me obliga a ir más allá de ellas, para reconocer, sin peros de ninguna clase, que ninguna vale nada frente a mi admiración incondicional por la entrega entusiasta e insistente de mis amigos de Comunión y Liberación a sus hermanos.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3075 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 431 comentarios valoración: 2  4178 votos

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