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25 NOVIEMBRE 2020
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Pregúntame si soy feliz

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 1  23 votos
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¿Al final lograremos ser felices de verdad? Esa promesa muda que nos inquieta, y a veces nos roe, ¿se cumplirá? ¿O solo dejará tras de sí un lamento? Eso de la felicidad es como una intencionalidad profunda en cada uno de nuestros gestos, en cada uno de nuestros actos conscientes, en cada iniciativa. Es cierto, de vez en cuando queremos una cosa u otra, miramos determinados resultados, tratamos de resolver problemas concretos, pero esa espera de autocumplimiento es el motor que da arranque y energía a nuestra humanidad.

Normalmente miramos esta espera con una especie de pudor o, como dijo Rilke en una ocasión, con “vergüenza, un poco como se calla una esperanza”. Todo el esfuerzo del pensamiento humano, al menos en esa parte del mundo donde se afirma la filosofía occidental, siempre ha mirado hacia esa realización impronunciable. ¿Cómo podría definirse la plenitud de la vida, es decir, una satisfacción que no sea solo un momento pasajero sino que dure para siempre? Es verdad, a nosotros los “nihilistas” nos sale casi por instinto el manejar estas palabras con gran cautela, mezclada con escepticismo, por lo grande que es su pretensión y por cuánto quema la desilusión que tantas veces hemos sentido. Por eso la felicidad se queda como al margen de nuestros programas, como una espera en el fondo irracional porque no se puede calcular. Muchas veces, cuando hemos intentado producirla nosotros, la felicidad se ha revelado en el fondo como un sueño irreal, acaso imposible.

Hay que decir que el problema de la felicidad ha sido el motor de gran parte de nuestra historia –personal y cultural– hasta codificarse incluso como un “derecho inalienable” en la Declaración de independencia americana en 1776: “el derecho a buscar la felicidad” (pursuit of Happiness).

Las grandes estrategias del mundo clásico, griego y latino brillan aún por su elevación, pero cuanto más brillan más se alejan como cuerpos celestes inalcanzables. ¿Cómo no pensar en el ideal aristotélico según el cual la felicidad perfecta consiste en la actividad contemplativa? Una actividad a la que solo los dioses y filósofos pueden llegar, porque en ellos alcanza su cumplimiento la naturaleza racional de la vida, esa que nos hace libres para ver el mundo desinteresadamente, en su necesidad y eternidad. Pero acude a la mente el contrapunto epicúreo, el de un estoico antiguo, según el cual el hombre solo puede ser feliz si consigue moderar sus necesidades y alcanzar la ausencia de turbación y afanes anímicos, “contento” –es decir satisfecho y delimitado a la vez– en su justa medida. En ambos casos los seres humanos están llamados a realizar la felicidad mediante el ejercicio de sus virtudes o gracias a una estrategia defensiva.

En el mundo pagano, la filosofía servía precisamente como una especie de “ejercicio espiritual”, según la afortunada fórmula de Pierre Hadot, o como una especie de “terapia del alma” (de la que tanto habló Giovanni Reale) para intentar llegar a la felicidad. Con la irrupción del acontecimiento de Cristo y con el desarrollo del pensamiento cristiano, la felicidad dejó de ser algo que se puede alcanzar mediante la filosofía u otras estrategias mentales, porque la gracia de Jesús no se reveló en primera instancia “a los sabios y entendidos” sino “a los pequeños” (Mateo 11, 25). Y estos pequeños no son solo los “ignorantes” sino aquellos que tienen la sencillez de la fe, es decir, de reconocer la venida de Aquel que puede hacer la vida feliz, también y sobre todo a los que no son capaces de lograrlo por sí mismos. ¿Pero hay alguien que sinceramente pueda decir que lo es?

De esta revolución de la felicidad, igual que Otro puede realizar en su propia vida, nace una idea fundamental para nuestra civilización, es decir, que la perfección no coincide ante todo con el resultado de nuestras capacidades sino con el acontecer o el don de algo que es mucho más de lo que podamos merecer. Intentad borrar de vuestra conciencia y de la narración de vuestra existencia esta idea de gratuidad y ni siquiera lograréis sostener la idea de poder ser felices. Con eso ya no podréis hacer soportable la idea misma de vivir.

En efecto, eso es lo que ha pasado en estos sistemas de pensamiento “modernos” que han querido interpretar la revolución cristiana de la felicidad en sentido puramente “ético”. Por ejemplo en la moral de Kant, que se propone como el heredero más maduro de la tradición cristiana porque reconoce, más allá de la esfera de los intereses sensibles y egoístas, un mundo ideal del espíritu y de la libertad. La cuestión es que esta libertad, para realizarse, solo tiene ante sí un camino: obedecer –como propio deber– al imperativo de la ley moral que la razón se impone autónomamente a sí misma. La ley ordena “a priori” seguir lo que es universal, es decir alcanzable para cualquier persona gracias a su propia razón, y no seguir el deseo individual de ser felices. La felicidad se convierte en el precio a pagar para ser hombres verdaderamente “morales”. Para ser virtuosos no se debe buscar la felicidad.

Esta enemistad entre el deber y la felicidad fue una de las chispas que hizo estallar el nihilismo contemporáneo. Nietzsche por ejemplo muestra, con su habitual y lúcida violencia interpretativa, que se trata de una falsa alternativa: el deber de las sociedades burguesas, pensado sin la felicidad, hace que esta última se reduzca a contentarse con lo que el orden social y los estándares culturales en auge decidan. Todo eso debe acabar, es “la hora del gran desprecio (...) la hora en que decís: “¡Qué importa mi felicidad! Es pobreza, inmundicia y compasivo descontento de uno mismo” (Así habló Zaratustra). Por tanto, para salvar la felicidad del mundo del cálculo burgués, hay que entenderla y perseguirla como el caos y el caso irracional, un vitalismo sin meta.

La cuestión es que se separamos la razón de la felicidad probablemente corramos el riesgo de perder ambas: una reducida a un mecanismo de planificación de costes y beneficios, la otra reducida a sueño violento o desilusión (¿alguien recuerda la película Joker de Todd Phillips con el trágico Joachin Phoenix?).

Pero tal vez para reconquistar su unidad ya no tengamos que proyectar, y con ello liquidar, la felicidad como el resultado de un proyecto nuestro o de un comportamiento, sino reconocer que ya está presente –aquí, ahora– como parte de nuestra vida, como motor y criterio de todos nuestros deseos. Como se preguntaba una vez Agustín: si es cierto que todos, sin excepción, también los tristes y desconfiados, quieren ser felices, ¿dónde han conocido la  noción misma de “felicidad” para poderla desear? Si no la conocieran de una cierta manera, ni siquiera podrían buscarla. Pero todos la hemos descubierto cuando nos hemos alegrado por algo, y eso ha generado un gaudium, un gozo de nuestro ser. Este gozo es la huella presente sin la cual no intentaríamos ser felices, ni siquiera no orientaríamos ni tenderíamos hacia el futuro.

Entonces, ¿todo resuelto? En absoluto. Más bien, todo vuelve a ponerse en juego. Porque así se plantea la pregunta más arriesgada sobre la felicidad: ¿existe algo o alguien que responda de verdad a esta búsqueda? No hay que tener miedo a no darse cuenta. Si la respuesta es verdadera, no puede hacer otra cosa que dar gozo al corazón y respiro a la razón. Agustín, con la agudeza de alguien que atravesó todo el desafío del nihilismo, aunque entonces no tenía ese nombre, lo identificó con tres sencillas palabras: gaudium de veritate (Confesiones, x.23.33).

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3354 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1574 comentarios valoración: 2  4459 votos

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