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28 MAYO 2020
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Despertar lo humano

Mikel Azurmendi | 0 comentarios valoración: 3  27 votos
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Merece la pena darles una vuelta a ciertas “reticencias” del amigo Gregorio Luri ante la reciente propuesta de Julián Carrón (El despertar de lo humano) para estos vertiginosos tiempos de pandemia y reclusión social. Son reticencias que, sumadas a las del libro precedente ¿Dónde está Dios?, le producen cierto tufo de “emotivismo” doctrinal así como una sensación de “relegación de la ley” moral a favor de un “cristianismo de la experiencia”.

Mi reflexión me lleva a restablecer la pertinencia del texto de Carrón en haber fijado el encuentro como el despertador humano que le hace sonar la hora de su propia capacidad de Dios. Ésta se hace creíble únicamente “si vemos aquí y ahora a personas en las que se documente la victoria de Dios sobre el miedo y sobre la muerte, su presencia real y contemporánea, y por tanto un modo nuevo de afrontar las circunstancias, lleno de una esperanza y de una alegría normalmente desconocidas y, a la vez, orientado hacia una laboriosidad indómita. Más que cualquier discurso tranquilizador o receta moral, lo que necesitamos es toparnos con personas en las que podamos ver encarnada la experiencia de esta victoria, de un abrazo que permite estar ante la herida del sufrimiento, del dolor, en las que se testimonie la existencia de un significado proporcional a los desafíos de la vida” (pg.41). En virtud de ello una buena parte del texto de Carrón se dedica a referenciar testimonios de personas que en medio de la sorpresiva reclusión han despertado al Dios que llevaban dentro.

El propio Luri reconoce indirectamente que en él mismo el hecho del encuentro es más decisivo que su filosófica fe en la ley moral, pues termina su reflexión yendo más allá de todas esas sus reticencias “para reconocer, sin peros de ninguna clase, que ninguna vale nada frente a mi admiración incondicional por la entrega entusiasta e insistente de mis amigos de Comunión y Liberación a sus hermanos”. Reconoce con ello que más razonabilidad que en todo su argumentario la hay en su admiración a determinada gente por su entrega a los demás. Como no tengo presunción alguna de que exagera o miente, me tengo que preguntar por qué es así. No existe más que una respuesta: porque esa admiración de Gregorio Luri hacia ciertas personas “con las que se ha topado” nace de la autoridad que le merecen a causa de su existencia entregada.

La admiración, sí, he ahí la piedra de toque del encuentro. Spinoza la definió como la sorpresa ante un hecho que contradice nuestra experiencia pasada. Y daba a entender que el sorpresivo hecho es positivo, un bien. Una sorpresa, pues, generando asombro. Una emoción que remueve positivamente las neuronas-espejo y conduce al sentimiento de que aquello tan inesperadamente bueno es también bueno para mí. Jesús obró así, captó uno a uno a sus discípulos por su porte existencialmente admirable y no por un discurso moral o teológico, muchas veces incomprensible para ellos. Emoción a pie de calle también, pues las masas lo admiraban y le seguían. Otra cosa era cómo dar razón de todo ello, cómo estatuir que el amor era la regla de oro y que amar a Dios y al otro lo era todo, puesto que el resto de la ley “vendría por añadidura”.

La razonabilidad de la vida tan rara de aquellos primeros cristianos fue deíctica: “¡Mirad cómo se aman!”. Un señalar vidas ejemplares más que un mostrar qué clase de ley cumplían o los argumentos en que venían arropados. El método del cristianismo primitivo fue colocarse uno junto a los paganos, mezclado con ellos, uno como hombre cristiano junto al otro hombre, volver comparables sus vidas por si se percibiera lo admirable que era ser cristiano. Es el método que usamos los humanos para constantemente mejorar nuestras vidas y el que usan los inmigrantes para dejar sus tierras y venirse hacia nosotros. Ni qué decir que el argumento llamado ad hominem es una filfa de los ilustrados porque todos ellos, desde Descartes hasta Kant, bien que se hicieron con una buena provisión de estimables supuestos morales cristianos que consideraban intocables y superiores a los de la gente no civilizada (entiéndase “no cristiana”). Y aun confiriendo autoridad máxima a aquellas sus mores tradicionales, se pusieron a volverlas razonables creyendo que su razonabilidad dependía de la finura argumentativa que lograsen (no de su origen cristiano). He ahí el inicio del fracaso de la Ilustración: haber pasado por alto la autoridad de la fuente de moralidad a fin de establecerla al albur de las ocurrencias raciocinantes de gente muy aprendida y sabihonda.

Esto es lo que ha producido emotivismo, amigo Luri, ese repique de argumentarios cada cual más “auténtico” que el anterior, llevado a cabo incesantemente durante dos centurias. Nietzsche levantó acta de ese fracaso: que cada cual construya sus propios valores. Más allá de la comprensión positivista de Carnap/Ayer y más allá de la teoría de C.L. Stevenson, el emotivismo es ese estado líquido de pensamiento actual sobre la imposibilidad de validar las pretensiones éticas de objetividad e impersonalidad. De que no puede haber justificación racional alguna para postular la existencia de normas morales impersonales y objetivas. O sea, de que no hay tales normas. Pero jamás se puede atribuir esto a ninguno de los libros ni proclamas de Julián Carrón, un sacerdote que como Dios manda te confesará de tus pecados según los diez Mandamientos si te acercas a su confesionario. El emotivismo no lo produce jamás la emoción humana emanada por la admiración/imitación de Jesús-amor (en el Evangelio de este lunes 11 de mayo dice Juan 14, 21-26: “el que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama...”).

He subrayado encuentro. De la voz latina incontram (frente a frente) el encuentro establece un tú a tú existencial, un mirarse, hablar y escucharse mutuos. En el encuentro no existen reglas, sólo humanidad. Es la forma suprema del yo porque es entonces cuando se encarna uno como respuesta personal al otro. Ese es el banco de pruebas donde o bien lo trato al otro como un fin en sí mismo o bien como un medio. Al tratarlo como un medio, lo uso como un kleenex y luego lo tiro. Jesús dijo que Él era esa inter-posición entre yo y el otro. Llamó amor a ese espacio. Hasta el judío Spinoza lo presintió así, porque era relativa al amor/odio la esencia de toda emoción (affectus lo llamaba él). Otro filósofo judío que no pensaba como Spinoza y que nació sólo cien años antes que yo, en 1842, pensaba algo bastante próximo a lo que Gregorio Luri parece pensar acerca de la ley y de la religión, con la particularidad de que poco antes de morir comprendió que no era así como había que pensar. En efecto, H.Cohen presintió tras un encuentro con un humilde judío que Dios más tenía que ver con el espacio amor/odio de la inter-dividualidad que con una entidad de razón. Y en su libro póstumo escribía que “uno se pregunta si no será precisamente por prestar atención al sufrimiento del otro por lo que este otro deja de ser un Él y se transforma en un Tú”. O sea que, anticipándose al también judío E. Levinas, abrió una nueva vía ética del yo/tú atisbando que hasta el sufrimiento mismo existía por mor de la compasión, de la cercanía existencial entre él, un menesteroso, y yo, en tanto que posible buen-samaritano. En 1945 tras la destrucción de Nagasaki (y la aniquilación de su mujer) por la bomba atómica, el médico converso Takashi Nagai dirá exactamente lo mismo que Cohen, sólo que su insólita vía cristiana para haberlo captado había sido el shintô de interpretación budista.

Y así como Cohen también el filósofo español cortado a su patrón, García Morente, precisó de la sorpresa de un emotivo encuentro musical esta vez para llegar a Dios desde su Kant deísta. Y murió de sacerdote el año en que nací, pero yo he podido renacer como él, aunque de más mayor, merced al encuentro con esas mismas personas que Luri tanto estima y cuyo estilo de vida es más de corte existencial que “moral”.

Con Carrón comparto, pues, la presunción de que a las personas dañadas no las transforma una idea ni una obligación moral. La herida que nos producen las relaciones intempestivas como el actual encierro sólo nos la cura un encuentro personal, el cual siempre te pone al alcance de otra realidad diferente y tú puedes re-conocerte distinto de lo que antes eras. Surge en ti una verdad nueva al aparecer en ti otros afectos ignotos que relativizan los valores en los que estabas viviendo. Carrón ha dado unos ejemplos. Yo conozco varios más: Chules y Copito con sus bocateros metidos hasta el cuello entre los más necesitados; Nacho metido en una escafandra presente entre los enfermos de coronavirus en el hospital ofreciéndoles ánima y ánimo. Y podría seguir hablando de amigos que conozco pero pondré tres ejemplos cinematográficos que todo el mundo conoce: la relación entre Tony Lip y Don Shirley, en “Green Book” (de Peter Farrely); el encuentro entre la mimo japonesa Yu y el dañado Rudi, en “Cerezos en flor” (de Doris Dörrie); y el encuentro del Clint Eastwood más heroico con los muchachos amenazados en “El gran Torino”.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3075 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 431 comentarios valoración: 2  4178 votos

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