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28 MAYO 2020
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La crítica de la derecha religiosa en Augusto Del Noce

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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El 30 de diciembre de 1989 moría en Roma Augusto Del Noce, uno de los filósofos católicos más insignes de la posguerra italiana, pero el trigésimo aniversario de su muerte ha pasado casi desapercibido. Algún que otro encuentro sin publicidad y algún que otro artículo de prensa. Pero el nombre de Del Noce vuelve a emerger, de vez en cuando, la mayoría de las veces en obras de autores que recurren a su pensamiento para criticar el progresismo ideológico-religioso. Con el resultado de ofrecer, en general, una imagen conservadora, afín a la derecha político-religiosa. La misma que hoy ve en el papado al enemigo a batir, un punto de crisis en la tradición eclesial. De este modo, Del Noce, que tuvo una influencia decisiva en el pensamiento democrático de uno de los pensadores clave de América Latina, Alberto Methol Ferré, el filósofo amigo de Jorge Mario Bergoglio, se convierte en un autor utilizado para criticar a la Iglesia de Francisco. Se trata de una instrumentalización que no pueden hallar justificación alguna.

En 2011, bastante antes del papado actual, publiqué un libro titulado ‘Augusto Del Noce. La legitimación crítica de lo moderno’, donde la versión conservadora y tradicionalista del filósofo piamontés se ve refutada radicalmente. Después de aquello, la versión Del Noce de “derechas” perdió toda credibilidad. Su crítica al progresismo, dominante en los años 70-80 marcados por la hegemonía marxista a nivel mundial, debía completarse mediante su crítica a la reacción. “La ideología reaccionaria constituye el derrocamiento de la posición progresista, no su superación”. De ese modo, quien quiera dar razón del pensamiento de Del Noce debe dar cuenta de ambos aspectos que, en él, describen dos lados de un problema cuya solución representa la tarea del pensamiento católico contemporáneo. Un pensamiento todavía enredado en la dialéctica entre progreso y reacción, modernismo y antimodernismo. Con el resultado de faltar siempre a su cita con la historia y quedar sometido al poder o contrapoder de turno. Prueba evidente de ello es la actual crítica teológica al pontificado, caracterizada por una identificación perfecta con la derecha política. El papa Francisco se convierte así en chivo expiatorio de medio siglo de post-concilio. Todas las reservas del tradicionalismo eclesial se descargan sobre el pontífice con el secreto deseo de liquidar con él toda una etapa conciliar. Por otro lado, la reflexión delnociana, sobre todo la de los años 50-60, conserva toda su actualidad porque se mueve en la misma longitud de onda del Concilio Vaticano II: encontrar un punto de encuentro entre el humanismo cristiano y las libertades modernas, entre catolicismo y modernidad.

Como escribe en 1967: “La posición reaccionaria, […] es la negación radical del mundo moderno, tanto en su momento liberal como socialista. Para mí, en cambio, existe un valor esencial que se ha afirmado claramente solo en el mundo moderno y que el cristianismo puede asumir y elevar en su pureza, el momento liberal. […] Respondo que mi posición es extremadamente similar a la de Maritain, cuando esta sea interpretada correctamente”.

Se trata de una orientación de investigación que situaba al autor fuera del mundo de la neoescolástica, marcado por un rechazo conjunto del pensamiento moderno. El autor clave aquí es Jacques Maritain. Descubre su novedad en 1936, en la época de la invasión mussoliniana de Etiopía, el acontecimiento que despierta en él el inicio de la oposición moral al fascismo como imperio de la fuerza.

“Maritain era entonces, al menos entre los católicos, un autor de moda. Lo empecé a leer con sus Reflexiones sobre la Inteligencia, publicado en los primeros años veinte. Luego seguí toda su obra, desde los Tres Reformadores hasta el Antimoderno. Pero el libro del filósofo francés que más me impactó, hasta el punto de casi estudiarlo de memoria, fue Humanismo Integral; lo leí en 1936, nada más publicarse en Francia… Creo que fui uno de sus primerísimos lectores italianos”.

Desde este punto de vista, el estudio y la confrontación con la obra de Maritain asumen, en la biografía especulativa delnociana, un valor decisivo. Maestro que nunca renegó, incluso cuando a partir de los años sesenta sometió a crítica algunas de sus posiciones, Maritain fue para Del Noce el filósofo del antifascismo y, al mismo tiempo, aquel que con su Humanismo Integral reconciliaba el pensamiento cristiano con la democracia moderna. Como decía en 1982, la lección de Maritain consistía en la “liberación de la filosofía católica de la historia de la ‘utopía arqueológica’, que tomaba forma de la oposición de la sociedad medieval a la sociedad moderna, o del sueño romántico de la restauración del Sacrum Imperium”.

En 1936 esta lectura permitía cortar puentes, por parte católica, con cualquier actitud pro-fascista, rompiendo con la ilusión de que el fascismo fuera un posible aliado de la crítica y la superación del mundo moderno. “Extrañamente, el medievalismo católico sufría, a pesar de la oposición, elementos de la modernidad en su significado laico […]. Quiero decir que la esperanza de la restauración católica a través de las vías del fascismo –actitud que hoy resulta difícil de entender para los jóvenes pero para lo que bastaría releer algunos escritos y discursos del padre Gemelli– no podía no ir acompañada de un renacer de ese maquiavelismo ‘ad maiorem Dei gloriam’ que caracterizó la época barroca y que Maritain criticó, además de en su Humanismo Integral, en un texto de los años de la guerra sobre el fin del maquiavelismo. De ese profascismo católico, Humanismo Integral supone sin duda una crítica definitiva”.

Leído en este contexto, el libro de Maritain aclara a Del Noce el irreconciliable ideal entre catolicismo y totalitarismo. De hecho, eso liberaba a los católicos de la utopía “medievalista” antimoderna, que animaba a muchos de ellos a adherirse al fascismo, entendido erróneamente como una fuerza conservadora, una especie de valioso aliado en la lucha contra la modernidad. Maritain es quien, entre 1943 y 1945, libera a Del Noce del “complejo” de Benedetto Croce, según el cual los católicos, en cuanto católicos, no podían, a causa de su fe (integrista y autoritaria), ser liberales y antifascistas a la par que los laicos. Por el contrario, Maritain demostraba que solo la perspectiva religiosa podía salvaguardar la libertad y los derechos de la persona. Pero ese objetivo exigía distinguir entre cristianismo y cristiandad, entre la fe y sus realizaciones históricas, siempre contingentes. Incluyendo a la cristiandad medieval que tomaba como modelo a esos cristianos que miraban con desconfianza a todo el mundo moderno y contraponían verdad y libertad, y acababan desposándose con cualquier posible autoritarismo clerical. Para Maritain, seguido por Del Noce, la modernidad que viene después de las guerras de religión y la división de la Iglesia, no puede presuponer la fe “a priori”, como paradigma común ya prefijado y pacíficamente acogido. “El moderno es el tiempo en que la verdad puede y debe ser buscada y propuesta en libertad”.

Esta persuasión es el punto cardinal que está en el origen de la “legitimación crítica de lo  moderno” según Del Noce. Es el criterio que le lleva a hacer una revisión de todo el marco del pensamiento moderno, el codificado por Hegel y el idealismo, aceptado por el marxismo y compartido, tanto en la oposición como en la neoescolástica tomista. Por ello, el moderno sería el tiempo de la secularización (o del ateísmo), donde la emancipación y la libertad del hombre viajan en paralelo a su alejamiento de Dios y de la fe. Es el marco codificado por Cornelio Fabro en su ‘Introducción al ateísmo moderno’. Entre 1954 y 1958, Del Noce corrige y da un vuelco a esta perspectiva.

¿Cómo? Reconociendo que la modernidad no es una sino “doble”. De Descartes no solo parte el filón del racionalismo culminante en Hegel y Marx. De Descartes parte también un filón agustiniano, cristiano-moderno, que pasa a través de Pascal, Malebranche, Vico, y culmina en Antonio Rosmini, el pensador en el que catolicismo y libertad encuentran su síntesis. Es el filón personalista de lo moderno, que vincula la libertad del hombre a la existencia de Dios, contrapuesto al spinoziano-hegeliano, donde panteísmo y ateísmo culminan en el totalitarismo político. Se trata de un auténtico descubrimiento por el cual la postura reaccionaria se veía superada definitivamente y el encuentro entre cristianismo y democracia liberal y personalista podía obtener al fin su legitimación. Donde la pertinencia de lo que observa Buttiglione y, por tanto, “la ambición secreta de Del Noce consiste siempre en ofrece la vía de esa conciliación entre catolicismo y modernidad en la que el modernismo siempre había fracasado”.

Un objetivo que explica su decidida oposición al pensamiento reaccionario que, en todas sus formas, resulta ser subalterno del progresismo que pretende criticar. Empezando por el marco de la modernidad que, en vez de problematizar, acoge en su reconstrucción historiográfica realizada por Hegel y el racionalismo laico del XIX. De tal modo que no sorprende ver como el tradicionalismo católico acoge pasivamente la idea de una modernidad atea, totalmente irreligiosa y anticristiana. Una modernidad marcada totalmente por una secularización marcada por la idea joaquiniana de las tres eras del mundo.

“Sin duda no hay que maravillarse si el símbolo joaquiniano, en su forma laica, haya dominado la filosofía de la historia racionalista de Lessing en adelante, y condicionado la historia de la filosofía. Lo que sorprende es observar que en el fondo también ha permeado el pensamiento histórico católico. A excepción de Rosmini y su admirable crítica del perfeccionismo. La visión histórica del pensamiento reaccionario católico sufrió en cambio completamente la visión histórica laica, y aceptó de hecho, limitándose a invertir el signo de su valor, el esquema de tríada de la periodicidad histórica. De tal modo que cualquier interpretación católico-reaccionaria de la historia estaba abocada a caer (de Lamennais en adelante) en el modernismo”.

La derecha religiosa, reaccionaria, es en su crítica maniquea a la modernidad –una modernidad que encontraría su actuación supina en la Iglesia del Concilio Vaticano II– plenamente subalterna a la posición modernista que quiere combatir. Y eso no solo porque el reaccionario necesita al modernista para poder existir, igual que el modernista al reaccionario. Sino también, y sobre todo, porque el reaccionario depende de la perspectiva del moderno, que se ha viso confeccionada y producida por el pensamiento laico del XIX. Por eso, la defensa de la tradición no puede ser guiada por la “derecha”, porque la derecha acepta acríticamente el marco “progresista” de la Europa moderna sin intentar una deconstrucción. Así explica el porqué.

“La oposición a la sociedad del bienestar no puede ser guiada desde un punto de vista reaccionario, sencillamente porque la oposición de lo progresivo y reaccionario está dentro de su lenguaje. Reaccionario es quien se opone a lo progresivo, con la convicción, en el fondo, de haberlo perdido ya todo. Criticar realmente la sociedad del bienestar es ir más allá de la oposición de lo progresivo y lo reaccionario”.

El progresismo, el relativismo ético-religioso de la era de la globalización, no puede ser criticado por la derecha. Hace falta, tanto en la sede política como en la eclesial, una posición capaz de sacarnos de la dialéctica entre modernismo y reacción. En esto reside la lección delnociana y su actualidad en un contexto como el actual, gobernado aún por el maniqueísmo teológico-político.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3075 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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