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29 MAYO 2020
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>Cuestiones educativas para el tiempo que nos toca vivir (II)

La cuestión fundamental

Ferrán Riera | 0 comentarios valoración: 3  41 votos
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Poco a poco se van disipando los días grises del confinamiento. Pronto empezará no sólo la reconstrucción. También la organización de una nueva forma de vida. Al menos hasta que llegue la inmunización y aprendamos a vivir mejor preparados para el ataque de cualquier primo hermano del virus. Nos queda mirar el campo de los muertos. Los que nos han dejado en esta pandemia y que queremos despedir como se merecen y ese otro tipo de difuntos que ha dejado este encierro en un sus diversas formas: paro y pobreza, pero también miedo, vergüenza propia y extraña, distanciamiento, desconfianza, perplejidad….

Este virus ha venido a infectar a una sociedad que ya estaba enferma de soledad y de vacío. Primero vimos por la televisión los muros que se levantaban ante refugiados y parias de la tierra, después los muros entre nosotros paradigmáticamente expuestos en forma de incapacidad política para el diálogo y la comprensión mutua o, si se prefiere, alimentados por el egoísmo y los intereses partidistas que pocos han tenido la decencia de reprimir en estos días aciagos. Ahora ha llegado el tiempo de los muros en forma de inevitables mascarillas y guantes que tenemos que ponernos para protegernos los unos de los otros.

Estas semanas he visto matrimonios saltar por los aires, hombres y mujeres en equilibrio precario hacerse un ovillo esperando a que esto pase, gustándose menos a sí mismos porque han visto su peor versión en acción. El hombre no está hecho para vivir en soledad. Cuando le falta esa dimensión comunitaria, por pequeña que sea, hecha de salir a comprar, encontrarse en el café, discutir sobre el fútbol o criticar a la pareja con los amigos mientras tomas el vermouth, se apoca, se debilita y se afea. Si encima lo dejas en casa sin poder salir a construir en el trabajo, en el mundo, lo deprimes.

Está claro que hay excepciones a eso. Y no pocas. Las hemos leído en la prensa también estos días. Los hay que han redescubierto la relación con sus hijos y la vida familiar, están los hombres de estatura gigante que han dado tiempo, dinero, salud, horas de sueño a los demás, algunos incluso (y estos son los mejores) sin esperar nada a cambio o sin pedirlo, que no es lo mismo pero es igual.

¿Qué diferencia habrá entre unos y otros? ¿Acaso existen condiciones genéticas que marcan el carácter, la positividad, el temperamento jovial en una situación como esta? ¿Qué extraño arbitrio separa la mezquindad y el egoísmo de la generosidad y la entrega heroica en un hombre? ¿Se puede educar para ser hombre de un tipo o de otro?

Reconozco, no sin rubor, que yo me balanceo entre esos dos extremos y que, en una suerte de de reproducción vital del extraño caso del Doctor Jekyll y el señor Hyde, en un mismo día puedo recorrer varias veces el arco que va de una posición a la contraria. Si al final resulta que ambos personajes habitan en el hombre no voy a ser yo quien se escandalice por ello. Lo que me interesa es saber si existen condiciones que hagan posible que la bestia deje paso a la belleza interior que hay en las almas. Nos va en ello la vida buena en un mundo que se desmorona.

Empecé el confinamiento convencido de que debía tomar nota de las pequeñas cosas en las que poder encontrar la verdad. Y lo he hecho. He descubierto una belleza intensa, con esa promesa de eternidad que tienen las cosas que calan hondo, en el perdón silencioso que se da en la mesa después de una bronca; en la café preparado y ofrecido a media tarde, como quien no quiere la cosa, en un día que estaba siendo áspero e inhóspito; en el destello de luz de unos ojos que te miran sin tener en cuenta tu poquedad, en el deseo de vida que invade al hombre en los momentos más oscuros…

Pero he descubierto más cosas. Mis ojos no pueden, por sí solos, descubrir lo escondido en lo pequeño. Estos días ha sido tan sólo en la experiencia de ser amado cuando se ha revelado el misterio contenido en las cosas que me sucedían. Es algo que no es mío. Necesito ser amado y saberlo para poder ver la profundidad de la realidad que tengo ante mis ojos. Cuánta razón tenía santo Tomás de Aquino cuando fundamentaba la vida del hombre en “el afecto que principalmente la sostiene y en el que encuentra su mayor satisfacción” , y es que, como diría Guardini, “en la experiencia de un gran amor todo lo que sucede se convierte en acontecimiento dentro de su ámbito”.

En esto consiste la educación y por este motivo es tan decisiva: comunicar a quien tienes delante, en toda circunstancia, que es amado y esperado. La palabra, el gesto, la pasión por el conocimiento, la exigencia y la mirada están siempre al servicio de dar a conocer al educando el amor del que todo hombre es objeto para que de este modo, éste pueda vibrar con la verdad y la belleza escondida en lo que es pequeño y humilde, sorprendiéndose a su vez profunda y nuevamente amado en el mismo acto de conocerla.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3077 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 432 comentarios valoración: 2  4180 votos

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